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Recordemos el año 1990: Primera vuelta

Enviado el 23/08/2017

El reciente incidente en el LUM, a cuyo director se le pidió renunciar por haber autorizado una “incómoda” muestra artística referida al “Fujigolpe” de 1992, vuelve a poner en primer plano el tema de “las memorias”, en plural, y de “la historia”, en singular.  Las primeras son testimonios individuales y variables, fruto de la experiencia personal, y se caracterizan por su multiplicidad y subjetividad.  La segunda es social, y aspira a narrar y explicar --de la manera más coherente y con la mayor objetividad posible-- la experiencia grupal de una comunidad humana.  Se podría decir que “las memorias” son uno de los varios insumos con los que se elabora “la historia”.

En este caso, los intereses políticos del presente buscan ocultar el oscuro pasado del que esos mismos intereses políticos surgieron.  La relativa cercanía temporal de aquellos turbios eventos ha mantenido a distancia a los historiadores profesionales.  Por lo mismo, las primeras versiones de esos sucesos han sido elaboradas por periodistas de investigación, como las británicas Sally Bowen y Jane Holligan, autoras de ‘El espía imperfecto: La telaraña siniestra de Vladimiro Montesinos’ (Lima: PEISA, 2003).  De allí provienen los siguientes párrafos.

*          *          *

“A fines de la década [de 1980], daba la impresión de que el Perú iba a colapsar antes de que las elecciones de abril de 1990 pusieran oficialmente punto final al caótico gobierno de Alan García.  Golpeado por una hiperinflación que batía récords mundiales y por la escalada de ataques terroristas perpetrados por dos violentas organizaciones subversivas [Sendero Luminoso, el MRTA], el Perú era un marginado internacional, rechazado por las instituciones financieras, organizaciones multilaterales e inversionistas foráneos.  Aquellos que pudieron hacerlo, habían abandonado el país en masa después de haber enviado, hacía tiempo, sus ahorros a Miami con el fin de protegerlos.

“Conforme 1989 se acercaba a su fin, parecía que sólo existía un posible salvador.  Casi dos años antes, el novelista de renombre internacional Mario Vargas Llosa había lanzado su candidatura a la presidencia y prometido estabilizar la tambaleante economía, eliminar los subsidios que la distorsionaban y aplicar mano dura al aparato estatal, a la vez que garantizaba la democracia, la libertad de expresión y los derechos humanos.  Para la mayoría de los peruanos, cualquier cosa, al parecer, era mejor que la desastrosa administración de entonces” (p. 105).

“Pronto los peruanos se aburrieron del novelista, durante mucho tiempo el candidato imbatible.  También se ponían  cada vez más nerviosos con su promesa de aplicar un paquete de medidas económicas, un shock que eliminaría los subsidios, contendría la hiperinflación y corregiría la grave distorsión de los precios.  No obstante que los empresarios peruanos aplaudían, la masa del electorado preveía dolorosos recortes en su ya alicaído poder adquisitivo.  Una agresiva campaña publicitaria, desatada tanto por las huestes de Vargas Llosa como por el saliente gobierno aprista, avivó aún más las hostilidades entre las principales fuerzas políticas.  Una atmosfera de desesperación se cirnió sobre la campana y, prácticamente de la noche a la mañana, las encuestas de opinión comenzaron a mencionar a un candidato casi desconocido que se abría paso desde la categoría de “perdedores de antemano” (pp. 106-107).

“La sorpresa de la carrera electoral de 1990 fue Alberto Fujimori Fujimori, el hijo de nacionalidad peruana de unos humildes inmigrantes japoneses.  Fujimori se había abierto camino por sí mismo.  Una beca después de concluir su educación estatal gratuita le había permitido seguir estudios de posgrado en los Estados Unidos y retornar a dictar una cátedra en la respetada Universidad Agraria La Molina, de Lima.  Con el tiempo, llegó a ser rector de La Molina y, finalmente, casi al concluir la década de los 80, fue elegido presidente de la Asamblea Nacional de Rectores.  Según estándares objetivos, el austero e introvertido Fujimori ya había ido más allá de lo que podría considerarse razonable.  Nadie, excepto tal vez él mismo, había tomado en serio su candidatura a la presidencia de la República” (p. 107).

“Al mejor estilo de los corredores encubiertos, Fujimori despuntó del pelotón solamente en la recta final y arremetió hasta la meta.  Su ascenso fue tan repentino, que las encuestas de opinión pública no lo habían registrado.  Un viejo amigo de Montesinos, sin embargo, el sociólogo Francisco Loayza, en aquel momento profesor de geopolítica en la Dirección Naval de Inteligencia, tenía acceso a mejor información.  Estaba enterado de las encuestas internas que llevaban a cabo varios servicios de inteligencia peruanos, sin lugar a dudas, más completas y precisas que las encuestas públicas disponibles” (pp. 107-108).

“En marzo de 1990, al estudiar detenidamente las encuestas de Inteligencia Naval que aún otorgaban el primer lugar a Vargas Llosa, Loayza descubrió una movida intrigante.  El oscuro Fujimori había abandonado, debido a la preferencia de los votantes, la categoría “otros” y por primera vez se encontraba solo con un 4% de respaldo.  De inmediato, Loayza se puso en contacto con el organizador de la campaña de Fujimori y éste, con su fascinación matemática por las cifras, solicitó una entrevista con Loayza.

“La información y las estadísticas que Loayza podía ofrecer eran útiles.  Rápidamente se ganó la confianza del candidato y se convirtió en parte del pequeño y novato equipo de planificación.  Mientras monitoreaba el constante ascenso de su candidato en las encuestas, Loayza discutía el fenómeno con el jefe del SIN, Edwin Díaz.  Poco después, el saliente presidente Alan García también observaba la aún inexplicable manera en que el “Chino”, como le decían popularmente a Fujimori, incrementaba su porcentaje en la intención de voto.  A pesar de sus limitados recursos, Fujimori desarrolló una campaña económica y brillantemente efectiva.  Apoderándose de la imaginación popular y estableciendo una inesperada sintonía con los sectores de menores recursos y los marginados --el grueso del electorado--, logró ocupar el segundo lugar, después de Vargas Llosa, en el proceso electoral.  Ello le dio una ventaja para la segunda vuelta que se llevaría a cabo semanas después” (p. 108).

“La actuación de Fujimori, comparada a un “tsunami” u ola gigante, generó una especie de pánico entre los partidarios de Vargas Llosa.  La embajada de Estados Unidos en Lima quedó muy mal parada y, en un primer momento, trató de ignorar aquello que muchos analistas ya pronosticaban: que Fujimori le daría una paliza en la segunda vuelta electoral al ahora vacilante Vargas Llosa.  Los funcionarios de la embajada se apresuraron a averiguar lo que pudiesen sobre el relativamente oscuro rector universitario.  Resultó que USAID, con quien había realizado algunas actividades, tenía mucho mejores contactos con Fujimori que la sección política de la embajada.  Pero aquello que los funcionarios pudieron descubrir no fue, en general, halagador: durante su permanencia en la Universidad Agraria, Fujimori se había mostrado reservado, manipulador y autoritario.  Pocos de sus colegas tenían una buena opinión de él” (pp. 108-109).

“Catapultado a una inesperada figuración por los caprichos de la política peruana y un electorado impredecible, Fujimori se encontró prácticamente solo.  Necesitaba con urgencia conformar un equipo y elaborar un boceto de programa que le sirviese para la segunda vuelta electoral.  Le quedaban menos de ocho semanas para hacerlo.  La noche de su triunfo inicial, el 12 de abril, se reunió con un puñado de confidentes, el cual, además de su hermana Rosa, su hermano Santiago y un par de miembros de confianza del partido, se limitaba a una pareja de economistas académicos.  Con cierto alivio, delegó todos los temas concernientes a los contactos políticos.

“Loayza comprendió la enormidad de la labor: el desorganizado equipo de Fujimori tenía que enfrentar a una maquinaria política con experiencia y relativamente eficaz.  Además, sus contactos en el Servicio de Inteligencia le habían advertido de las sucias tretas de campaña que venía preparado el entorno íntimo de Vargas Llosa en un intento desesperado por hundir al advenedizo Fujimori.  Sin pensarlo dos veces, llamó a su amigo Vladimiro Montesinos y comprometió su apoyo” (p. 109).

Esta historia continuará...

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E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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