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Tu sangre ya está en la mía

Enviado el 24/05/2017

Cuando Arguedas y Hugo Blanco se encuentran

“Lo que escribes (…) Ablanda el corazón de nuestro propio pueblo. Lo despierta”, le escribirá Hugo Blanco a José María Arguedas en una carta enviada desde El Frontón el 25 de noviembre de 1969. La referencia acentúa el reconocimiento que hace Blanco de la dimensión política de Arguedas. En este punto Blanco advierte que este factor no ha sido identificado por la crítica literaria, por lo cual la obra arguediana queda relegada a un mero campo letrado. Los encuentros entre uno y otro se ven así marcados por una política indígena a un nivel de afectos y a un nivel de negociaciones.

Si bien Blanco basa sus apreciaciones a partir de las novelas de Arguedas, lo cierto es que ese eje político puede identificarse en la poesía arguediana, principalmente en “A nuestro padre creador Túpac Amaru”. Este poema escrito en 1961 y publicado en 1962 se ubica en un contexto de resistencias indígenas. Son los años en que Blanco funda el FIR y apuntala el diseño de la primera reforma agraria en Lares. El 15 de agosto de 1962, en carta a John Murra, Arguedas mostrara su preocupación por la recepción de este poema. Teme que este texto pueda ser “interpretado como un llamado a la rebelión”. Es a partir de este punto, de la respuesta indígena ante el poder de las haciendas, que Blanco y Arguedas convergen en una misma búsqueda.

El camino de Blanco es una gradualidad de perspectivas sobre la agencia indígena en la lucha por la tierra. Si leemos las páginas de Tierra o muerte se advierte un lente socialista que encuadra su comprensión de los levantamientos campesinos. En el contexto del 60, es importante distinguir entre lo que él considera la burocracia del Partido Comunista, alejado de un contexto de violencia material y corporal, y la línea troskista del Partido Obrero Revolucionario, que va a enfatizar la necesidad de paros, huelgas, mítines como vía de defensa y resistencia campesina. Aun así, el objetivo sigue siendo el logro de la revolución, como agenda dominante que invisibiliza el desarrollo de políticas locales.

En Nosotros los indios, Blanco va a señalar los límites de las relaciones entre socialismo y movimientos indígenas. Así leemos: “Lo que no vi en esa oportunidad es que habíamos resucitado el ayllu, a la comunidad indígena; nosotros, europeizados, continuábamos llamándolo sindicato”. La mención del ayllu va a introducir otro modo de sociabilidad, específicamente quechua, que, si bien puede buscar alianzas con el socialismo, no deja de tener su propia autonomía. Blanco va a subrayar que los indios poseen su propia lógica de organización, más allá de cualquier esquema o dogma revolucionario.

La actividad de Blanco resulta capital para entender la elaboración de una gramática de la tierra. Además de su posición ante la mediación socialista y sobre la diferencia indígena, tenemos sus críticas a la Reforma Agraria de Velasco. Para Blanco esta medida estatal tuvo dos objetivos: “Uno, frenar la rebelión campesina como había sucedido en La Convención y Lares. El otro, introducir al mercado al campesinado, como comprador y vendedor, lo que fortalecería al capitalismo industrial peruano”. Advierte además que “El modo de hacer la Reforma Agraria fue decidido arriba, sin ninguna consulta al campesinado”. Al respecto, queda pendiente analizar sus vínculos y diferencias con otros líderes indígenas también interconectados con el socialismo y la Reforma Agraria, tales como Lino Quintanilla (Andahuaylas), Manuel Llamojha Mitma (Ayacucho) o Mariano Turpo (Cusco).

Tanto Blanco como Arguedas plantean la posibilidad de un auto-representación y autodeterminación indígena. Entre el socialismo, el indigenismo y las retoricas estatales, ambos van a apuntar la importancia de un modo indio de sentir en la configuración de esta agencia india. En “A nuestro padre creador Túpac Amaru” uno de los versos dice: “No hay sino fuego, no hay sino odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos”. Esta resonancia del afecto como herramienta política, se aprecia también cuando Hugo Blanco le expresa a Arguedas: “Cuanta alegría habrías tenido al vernos bajar de todas las punas y entrar al Cusco, sin agacharnos, sin humillarnos, y gritando calle por calle: ‘Que mueran todos los gamonales!’”.

 

Estos afectos los unen en una lucha por la reivindicación de aquellos indios “escupidos”, asesinados, desalojados. Arguedas y Blanco conectan el corazón (del odio, de la tristeza, de la rabia) con la política. Arguedas le recuerda a Blanco, “Tu sangre ya está en la mía”. Blanco enfatiza: “Cuán lejos estemos, somos el mismo corazón”. El corazón, la sangre, indican la fuerza, la coherencia, el compromiso en la construcción de una autonomía política indígena, de un propio modo de ser y sentir. Ambos han tratado de captar otra figura del indio desde una política de los afectos, activa, estratégica, donde el uso de la violencia como poder no tiene otra finalidad que liquidar las políticas coloniales, gamonalistas o mineros. 

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