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Condena arbitraria

Enviado el 24/11/2017

Seis de la mañana, y el inicio de un domingo diferente en el Perú (o tal vez, no tan diferente). Algunos, descansando o trabajando desde ya; y otros, aún, celebrando la tan esperada clasificación. Y mientras en algunos hospitales, la vida daba inicio ese domingo, en el hospital Casimiro Ulloa otra se acababa sin explicación.

Alessandra, de 16 años, era declarada muerta a las seis de la mañana; y horas después las especulaciones comenzaron, dando inicio a la novela más escandalosa y rentable de los últimos días.

Además de una novela, una guerra absurda comenzaba. Y todo mientras diferentes especulaciones y chismes, “lo que la amiga de la amiga dijo”, dramatizaban y dejaban servido el campo de batalla. Las feministas se peleaban, y se decían entre sí “falsas feministas”, “feministas machistas”, y sólo porque algunas de ellas, más imparciales, esperaban información oficial sobre el caso para poder opinar; mientras que otras, ya exigían la cabeza de alguien. Y mientras ellas discutían, los conservadores y moralistas avanzaban en el campo: “¿qué hace una niña en una discoteca y tomando?”, “oye, pero si ya está metida con hombres no es una niña pues”, “a los 16 años ya no eres una niña, eso le pasa por coqueta y por andar de borracha; ella se lo buscó”, “pero dónde están los padres de esta chica descarriada”, “¡dios mío!, yo a esa edad no hacía esas cosas; qué menor ni qué nada”. Y todo esto, mientras los y las representantes de la cultura machista vociferaban los reclamos más desatinados: “dejen a la selección en paz, a ellos nos los toquen”, “de todo nos culpan a los hombres”, “todo esto es culpa del feminismo que nos toma por asalto”, “si un hombre de 16 años mata a una persona lo quieren matar vivo, pero si es una mujer de 16 años, la llaman víctima y menor de edad (¿y qué tiene que ver una cosa con la otra?); qué doble moral en este país”.

Y en otro escenario, figuras públicas que sólo nos avergüenzan, aprovechaban sus espacios en radio, televisión, periódicos, y sus redes sociales para ¡vender, vender, y venderse!, y todo a costa de la muerte de un ser humano.

¿Alguien se puso un momento en el lugar de Alessandra? ¿Alguien se puso en el lugar de sus acompañantes? No. Todos condenaron a todos: a los amigos, a las chicas menores de edad, al futbolista, a los “derechos de la mujer” (pues dicen que tenemos privilegios y queremos acabar con los hombres), y a ¡una menor de edad muerta! Todos se condenaron entre todos y a todos; y una vez más, no nos escuchamos.

Yo no sé quién le dijo a los hombres del Perú que las mujeres tenemos una guerra contra ellos; no sé quién les hizo creer que queremos tener más derechos que ellos. Tampoco entiendo por qué algunas creen que feminismo es sinónimo de extremos: ¿por qué ante un delito cometido contra la mujer nos debemos olvidar de los principios procesales?, no pues, la injusticia no se combate con más injusticia y más parcialidad. Esta no es una guerra; es una lucha por una sociedad más justa; una sociedad en la que todos y todas podamos tener los mismos derechos y deberes, que podamos tener las mismas oportunidades, la misma libertad, el mismo acceso a una justicia eficaz. ¿Eso es tan terrible?

Y, además, qué importa si la víctima es mujer u hombre; qué importa si fue menor de edad o no; qué importa si tomó o no; qué importa si su reputación es buena o no; qué importa si es un futbolista o cualquier famoso, todos deben colaborar o ser procesados por igual. Nada de eso importaba. Lo único que importa es que era un ser humano, que merecía respeto, y que ahora su muerte también merece respeto; lo que importa es que merece una justa investigación, y que, si se cometió un delito, se castigue de acuerdo a ley; y que sus familiares, por fin, puedan encontrar paz tras la desolación de perder a un ser que amaban.

Dejemos  las condenas arbitrarias, aprendamos a escucharnos, y crezcamos juntos y juntas. 

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