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Trump y el Nuevo Orden en Medio Oriente

Enviado el 25/01/2017

Han pasado 5 días del cambio de gobierno de Estados Unidos y las acciones de Trump hasta este momento, nos dan algunas pautas sobre cómo se diferenciará su política en Medio Oriente respecto de la administración de Obama. Aquí un recuento breve de lo que puede significar Trump respecto a tres temas cruciales en la región: Irán y su proliferación nuclear, el problema Israel-Palestina y Siria.

Irán

Las primeras negociaciones sobre la proliferación nuclear de Irán se iniciaron en el 2006 pero no fue hasta el 2013, con Rouhani y Obama en las presidencias de Irán y Estados Unidos, que se acordarían las líneas de acción del plan que hoy se está implementando. Tras extenuantes rondas de negociaciones y compromisos de todas las partes, se firmó un acuerdo final en julio del 2015, bajo el cual Irán se somete a mayor escrutinio e inspecciones e importantes restricciones en su programa.

Trump prometió en campaña anular el acuerdo y aunque varios de sus allegados han sido críticos reacios del mismo, la anulación parece poco probable. James Mattis, su flamante Secretario de Defensa, ha declarado que sería contraproducente pues sentaría un pobre precedente respecto a la posición de Estados Unidos en la arena internacional si es que con un cambio de presidencia simplemente se desconoce un acuerdo que llevó años de negociaciones entre varios países. Cabe resaltar que en las negociaciones participaron los 5+1 (los países del Consejo de Seguridad, entre los que Rusia jugó un importante papel, Alemania y la UE) y podría afectar la relación de Estados Unidos con todos ellos. Y aunque a Trump no parece importarle mucho lo que opinen sus aliados al otro lado del Atlántico, sí podría estar interesado en seguir cultivando su amistad con Putin.

Israel

La política exterior de Obama con Israel no fue radicalmente distinta a la sus predecesores demócratas, se comprometió con una solución de dos estados pero, como señala Walt[1], su estrategia fue la de un proceso de paz ya intentado anteriormente y el resultado el mismo. Ante un Netanyahu cada vez más radical, el pasado diciembre, Obama se abstuvo de vetar una votación del Consejo de Seguridad denunciando los asentamientos de Israel en terreno palestino ocupado, incluyendo el este de Jerusalén, aunque solo fuera al final de su mandato.

Trump, quien desde campaña había apoyado la posición del actual gobierno israelí en esta cuestión, trató, sin éxito, de ejercer presión para que Estados Unidos ejerciera su poder de veto en la votación. Aunque no logró su cometido, en declaraciones vía Twitter (aparente medio oficial para las declaraciones del nuevo presidente de Estados Unidos) manifestó su molestia con la resolución y prometió que las cosas cambiarían en Naciones Unidas tras su toma de mando. Asimismo, en un claro desafío a Palestina (y se podría decir que a la solución de dos estados), ha planteado mudar la embajada de Estados Unidos a Jerusalén (que significa reconocer de facto la anexión del este de esta ciudad) y, por si su posición no fuera lo suficientemente clara, ha nombrado a un embajador, David Friedman, que apoya los asentamientos. Netanyahu, ni lento ni perezoso, reinició el pasado domingo, ni 48 horas tras la asunción de Trump, los asentamientos en territorios ocupados. La nueva administración estadounidense no se ha pronunciado al respecto hasta este momento.

Aunque Trump dice que buscará un proceso de paz en la región, sus acciones hasta el momento parecen indicar lo contrario. En este caso, los compromisos asumidos y la presión de la comunidad internacional no parece que jugarán a favor de una moderación en su estrategia. Israel es considerado un aliado estratégico y fundamental de Estados Unidos y del grupo cercano a Trump, por lo que cualquier confrontación con el mismo ocurrirá solo en situaciones extremas, y la causa palestina no parece clasificar como una. Asimismo, la amistad con Putin no jugaría un rol mayor en este caso, pues aunque Rusia sí votó a favor de la resolución que denuncia los asentamientos israelíes, no hará cuestión de estado por el asunto considerando su posición sobre el derecho internacional y la ocupación de territorio ajeno. Putin, además, mantiene una relación bastante cordial con Netanyahu quien apoya la posición de Rusia en el tema sirio.

Siria

La primavera árabe y la guerra en Siria en particular serán probablemente lo que Obama considere la peor parte de su legado en la región. El problema era casi imposible, apoyar a un régimen dictatorial como el de al-Assad comprometía el discurso y posición de Obama; la intervención militar, incluso sin tropas en el suelo, ya había probado ser fatal en Libia, y la complejidad de dirigir correctamente el apoyo entre grupos rebeldes tan diversos y muchos con vínculos peligrosos siempre estuvo sujeta a críticas en todos los flancos.

La posición de Trump respecto de Siria es básicamente derrotar al Estado Islámico y considera que Al-Assad y su ejército (difícilmente se los puede seguir denominando gobierno), está peleando contra ISIS. Como parte de esta estrategia se apoyarían las acciones de Rusia en el territorio, que defiende lo que queda del régimen de al-Assad. Dejando de lado la discusión sobre las consecuencias de reinstaurar el gobierno de al-Assad, lo cierto es que los ataques de Rusia no han sido en su mayoría dirigidos a blancos terroristas. La recaptura de Aleppo tuvo como principales víctimas a civiles y a rebeldes no yihadistas, lo que parece mostrar que el principal objetivo de Rusia es reinstaurar a al-Assad, no derrotar a ISIS. Continuar con esta estrategia puede ser contraproducente por distintas razones, por un lado, pues al-Assad nunca fue un aliado en la lucha contra el terrorismo, pero sobre todo porque alimenta la narrativa terrorista, según la cual Occidente no apoya al pueblo sino a gobiernos autoritarios y corruptos. A medida que los ataques a civiles y facciones moderadas de rebeldes continúen, a ISIS y a otros derivados de Al Qaeda les será más fácil encontrar reclutas dispuestos. La promesa de Trump, que se implementaría hoy a través de una orden ejecutiva, de impedir la entrada de refugiados sirios a Estados Unidos probablemente alimentará esa narrativa, quizás no por convicción pero sí por desesperación de quienes no encuentran otra salida.

Durante la campaña muchas de las promesas de Trump se desestimaron como artificios comunicacionales destinados a hacerle ganar la elección que o serían demasiado difíciles de implementar o simplemente no se harían una vez que éste asumiera la presidencia. Las órdenes ejecutivas de los últimos días parecen demostrar lo contrario. Si su política en Medio Oriente es lo que prometió en campaña, y existen distintos indicios que parecen indicar que así será, nos esperan cuatro años de mayor convulsión en la zona.

 

Gabriela Camacho Garland pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

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