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Nomadismo arguediano

Enviado el 25/01/2017

La obra de José María Arguedas está habitada de tensiones, las cuales son entradas para comprender las multiplicidades que habitan un modo de pensar siempre en flujo. En La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú (1950) Arguedas planteaba que su lucha con el lenguaje había concluido con la opción de una escritura donde el castellano predominaría (si bien se trataba de un castellano andino). En tal sentido esta escritura (que corresponde a la novela Los ríos profundos) ha sido considerada como un lenguaje artificial que armoniza las contradicciones entre el castellano y el quechua (Escobar, Rowe). Por su parte, en No soy un aculturado (1969), encontramos la siguiente cita: “yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”. Arguedas indica aquí una armonía que permite hablar el castellano y el quechua a la vez, regulando los conflictos de adquisición o pronunciación, y que remite a un sistema cultural mestizo que, finalmente, es una síntesis estable.

Estas lecturas del propio Arguedas invisibilizan los movimientos más radicales y arriesgados de su obra, que se expresan notoriamente en dos textos de 1962: el cuento “La agonía de Rasu Niti” y el poema “Tupac Amaru Kamac Taytanchisman”. Para conocer las potencias de ambas obras hay que dirigirse a los márgenes, a los aspectos aún poco estudiados (la música, la escritura en lengua indígena, la relación entre agentes humanos y no-humanos) y confrontarlos con los tópicos consensuados. Esto me lleva a establecer un sistema relacional entre dos Arguedas: uno cercano a la armonía, a la síntesis y al mestizaje, que se mueve en un espacio hegemónico (verbigracia la ciudad letrada). En este espacio los intentos radicales de transformación son constantemente cristalizados o estabilizados (la represión militar ante la protesta de las chicheras en Los ríos profundos, las coerciones del multiculturalismo en el Chimbote de El zorro de arriba y el zorro de abajo).

El otro Arguedas, más bien alejado de esas tendencias totalizantes, se caracteriza por lo que Gilles Deleuze y Félix Guattari denominaron nomadismo. A partir de la meseta 12, entiendo por nomadismo un modo de existencia que es exterior, y que además rechaza, las divisiones y estratificaciones del aparato de Estado. En este sentido La agonía de Rasu Ñiti y Tupac Amaru Kamac Taytanchisman contienen claves para entender los aspectos de la obra arguediana que no se condicen con una idea de nación peruana de corte eurocéntrico, sino que más bien se desbordan de esta idea al llevarnos fuera de totalidades y homogenizaciones. Esto se debe a que su composición, basada en epistemologías y ontologías indígenas, nos introduce en una política de la tierra. Es decir, en una serie de códigos que expresan protocolos, diplomacias, interacciones entre humanos y no-humanos.

En ambos textos esta relación es captada a través de la figura del diplomático cosmopolítico. Por diplomático cosmopolítico entiendo al actante que posee una potencia para negociar concretamente con espíritus, animales, plantas o cerros. En este sentido en La agonía... tenemos a la figura del danzak que interactúa con el wamani, experimentado un devenir-montaña, mientras que en Tupac Amaru… observamos al ofrendante u orador que se dirige a la divinidad creadora (que yo traduzco del quechua como “Dios artesano”) y establece una alianza con ella, configurando con su llamado una red de conexiones entre las existencias que componen el mundo (el río, el viento, el ichu, el águila, la calandria, etc.). Asimismo, en ambos casos el Dios Montaña y el Dios Serpiente no son entidades supraterrenales sino sensibles que intervienen en la vida social humana, viabilizando una defensa política de lo local en la esfera pública

Mi intención no es excluir un Arguedas del otro como si fueran discursos separados. Más bien lo que tratamos es de evaluar cómo una obra traza su propia cartografía de relaciones a partir de sus diferencias, las que no implican una dicotomía sino una gradualidad de tensiones afectivas, estéticas y políticas. Por ejemplo, si a partir de una idea de nación, el Arguedas de la síntesis podía afirmar que la victoria del indigenismo sería lograr en la sociedad una fraternidad humana: “que hará posible la grandeza no solamente del Perú sino de la humanidad”, tenemos que el nomadismo arguediamo propone –con todas sus implicancias socio-culturales – una tensa fraternidad humana y no humana. Las direcciones de uno se cruzan con el otro, abigarrándose (como en la portada de la primera edición de Katatay). Y solo así pueden trazarse nuevas líneas de fuga o transformación. Arguedas se mueve entre ambos modelos: su pensamiento, circunscrito dentro de la ciudad letrada, inauguró las alternativas del afuera, es decir, de todo aquello que desborda un campo letrado estatal. Así las cosas, el trasfondo de una agenda política arguediana exige no solo reconocer o estilizar diferencias culturales sino mantenerlas y potenciarlas en su radicalidad.

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