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Terror teológico

Enviado el 25/01/2017

A Joan Flores

Se debate sobre el Currículo Nacional de la Educación Básica y su propuesta de igualdad de género. Numerosas iglesias protestantes han movilizado a miles detrás de la consigna “Con mis hijos no te metas”. El cardenal Cipriani se ha impuesto y la Conferencia Episcopal lamenta que en aquél se introduzcan nociones de la llamada “ideología de género”. El Ministerio Público libera de polvo y paja de acusaciones de violación a menores al fundador del Sodalicio, que antes –internamente- había sido condenado por esa misma poderosa organización. Una jueza ordena que el RENIEC inscriba al primer matrimonio homosexual. Todo esto genera confusión y desconcierto entre padres y madres de familia, entre maestros y adolescentes. Hay prejuicios, odios y temores que tratan de ser manipulados por algunos con exageraciones, amenazas, condenas o mentiras. Como siempre, detrás de discusiones acaloradas hay una lucha por alcanzar más poder o influencia. Cipriani es el pescador más atento en este río revuelto.

El Currículo Nacional toma en cuenta los derechos de niños y adolescentes consagrados en el Código del Niño y del Adolescente que, desgraciadamente, muchos padres ignoran. Quiere crear una conciencia de derechos y deberes que transforme positivamente la situación que hoy se vive en la mayoría de hogares peruanos. ¿No sería más sano basar la relación de padres e hijos en la confianza? La represión de los hijos adolescentes es el pan de cada día: reprimen el enamoramiento y llegan al extremo de aprobar o desaprobarles la pareja escogida por ellos. Invaden su vida privada, revisan sus teléfonos, sus cajones, sus lecturas, sus películas. El resultado que se obtiene es más miedo, menos libertad, más ignorancia, pero también más rebeldía, más promiscuidad, más enfermedades venéreas, más embarazo adolescente. Es obvio que quienes se oponen a las novedades del Currículo quieren dejar las cosas como están.

¿Cuál es el fondo de la cuestión? ¿Por qué el apasionamiento? Porque se está tocando abiertamente y echando mano de argumentos de un tema que era tabú hasta hace poco en nuestra sociedad, un asunto intocable: qué hacer frente a los homosexuales. Porque, en el fondo, se tiene miedo. ¿Debemos reprimirlos, acallarlos, expulsarlos, perseguirlos, o simplemente ignorarlos, confiando en que las autoridades resuelvan los problemas por nosotros con sus leyes? Pero los homosexuales existen y reclaman sus derechos como personas. Desde la televisión, desde rutilantes estrados, desde la aldea global y desde nuestras calles. Y existen también, (oh vergüenza!, increíble, señores obispos!) los homosexuales cristianos y católicos (como lo fueron artistas de la estatura de Pier Paolo Pasolini o Martín Adán, entre nosotros) que con sincero corazón siguen a Cristo y tratan de sobrellevar su difícil condición, al margen de una Iglesia que, históricamente los ha condenado.

El argumento central para la condena es que el homosexualismo va contra la naturaleza, como si fuera artificial invento, creado a voluntad por un par de mentes perversas. Pero cuando, a duras penas, se reconoce que el homosexualismo existió desde la prehistoria y en todas las culturas (y en las precolombinas de América), incluyendo su exaltación en la greco-romana, cuna de la civilización occidental; el argumento cambia y se dice que es una patología que ha ido transmitiéndose de generación en generación. Una enfermedad mental, asociada a conductas criminales como la violación y la pederastia y que, por tanto, debe evitarse aislando o destruyendo a los portadores o, en el mejor de los casos, que debe ser “tratada” para recuperar a sus víctimas. Una plaga que, como el sida, generaba y genera miedo porque puede corromper - en particular a nuestros niños y púberes- y destruir las relaciones sociales normales. Esta es la explicación más convincente que fue asumida por la Psicología y la Psiquiatría desde que nacieron como ciencias, hasta los años 70 del siglo pasado. Convicción asumida, dicho sea de paso, por conservadores y liberales religiosos, al igual que por masones y comunistas ateos.

Pero, he aquí que en 1973 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) decidió eliminar la homosexualidad del “Manual de Diagnóstico de los trastornos mentales” y a partir de ese hito, la comunidad científica internacional poco a poco fue asumiendo ese giro, hasta culminar en la declaración de 1990 de la Organización Mundial de la Salud en el mismo sentido. Ayudaron a llegar a esa convicción las investigaciones del doctor Alfred Kinsey sobre las prácticas sexuales de los norteamericanos quien descubrió: “Puesto que en la vida adulta sólo el 50 % de la población es exclusivamente heterosexual y, puesto que sólo el 4 % es exclusivamente homosexual, aparece que casi la mitad (46 %) de la población practica actividades heterosexuales y homosexuales a la vez, o reacciona psíquicamente respecto a personas de los dos sexos”.[1] Digamos, entonces, que las estadísticas no ayudan a establecer qué es lo “normal” y qué lo “anormal”, porque, como afirma Hocquenghem, la gran mayoría de homosexuales ni siquiera es consciente de serlo.

Pero más que los argumentos científicos, a mí, como heterosexual, padre de familia, católico sin parroquia, me interesa reflexionar desde mi fe y buscar en ella las luces para seguir tanteando en estos tiempos de oscuridad.

El debate teológico sobre la homosexualidad semeja, por momentos, a los que siglos atrás hubo acerca de la naturaleza humana de los indios de América y de los negros africanos, para justificar éticamente la esclavitud. Los tiempos han cambiado, pero vuelven debates fundamentales en la teología.

Los cuestionadores religiosos de la propuesta pedagógica del fomento de la igualdad de géneros (que significa igualdad de trato y de oportunidades y no uniformización, se sobreentiende) y del respeto al diferente, incluyendo a los homosexuales, insisten en que la explicación de que los roles de género se construyen socialmente (es decir, se aprenden y se enseñan en la familia y el entorno social de los niños, como se aprende la expresión de las emociones o los fundamentos de una cultura, tal las enseñanzas de la Psicología y la Antropología), es una ideología (entendida como floreo vacuo contrario a la verdad), puesto que los roles vienen definidos por el sexo con el que todos nacemos; y que, plantear el respeto a los homosexuales (y a sus comportamientos “desviados”, “perversos”, cuando no “pecaminosos” y “contrarios a la naturaleza humana”) es fomentar la confusión y el caos moral y hasta la promoción de dichas conductas. Por supuesto, no han probado con textos u orientaciones metodológicas en mano, cómo así el Currículo promocionaría o incentivaría conductas homosexuales. 

Los mismos religiosos evangélicos y católicos insisten en que la homosexualidad no es un estado sino una conducta, no es una identidad, no se nace así, sino que se tienen tendencias no reprimidas que se convierten en comportamientos despreciables, es decir, dependientes de la libre voluntad del individuo. Pero, entonces, aquí surge un tremendo problema teológico, digo yo: Si quedara demostrado científica y filosóficamente que los homosexuales nacen y no se hacen, ¿quedaría demostrado que Dios no existe porque Dios no puede haber cometido un error en su creación? Como se ve, la homosexualidad genera, también, un terror teológico en algunos, cuya fe está cimentada en arena, pues, además, ni siquiera se preguntan por las consecuencias de creer en el Dios de Abraham, de Jacob y de Jesús y su dimensión tripersonal y asexuada.

Es verdad que el Antiguo Testamento condena, sin más ni más, las prácticas y a los homosexuales de sexo masculino, que llega a castigarlos con la muerte (Levítico, 20), el mismo castigo aplicable para quienes cometieran adulterio, bestialismo o se acostaren con una mujer durante su período de menstruación (sic). Salvo un espíritu profundamente fariseo y dogmático, nadie en su sano juicio aplicarían hoy las penas del Levítico. Eso queda reservado para algunas sectas fundamentalistas cristianas o musulmanas como los del Estado Islámico, que leen el Corán como un código penal vigente.

No hay que obviar las enseñanzas de San Pablo que, como fariseo militante, seguía lo aprendido en sus lecturas del Levítico y cuya esforzada predicación entraba en confrontación con la cultura grecorromana y sus extendidas prácticas homosexuales. Particularmente, si uno lee con atención sus Cartas a los Corintios, se da cuenta que los primeros cristianos de esa ciudad cosmopolita griega no eran unos angelitos, sino tremendos pecadores en el área que nos interesa. Sin embargo, cuando en 1 Corintios 6: 9-10, excluye del Reino a idólatras, adúlteros, afeminados y homosexuales, el teólogo Alexandre Awi interpreta que se está refiriendo a los arsenokoítai o prostitutos de los cultos paganos de Corinto y no a todos los homosexuales de todos los tiempos y culturas.

Más importante es señalar que en los Evangelios, Jesús condena violentamente a los pederastas (Lucas 17), aunque no se puede encontrar pasaje alguno en que condene a los homosexuales. Este silencio, según el teólogo Bernardino Leers, significa que Jesús pone en un segundo plano los problemas sexuales específicos, puesto que el núcleo del mensaje del Reino de Dios es el llamado a construir un fraternidad universal sin excluidos, en respuesta al amor del Dios-Padre.

Es en esa latitud de pensamiento que se ubican las expresiones del Papa Francisco respecto de los homosexuales, que, por otro lado, es la posición oficial de la Iglesia pues está recogida en el Catecismo: la necesidad de respetarlos, de acogerlos, de acompañarlos, inclusive de pedirles disculpas por la conducta represiva de la Iglesia. Pero, ojo, ya no les pide que se arrepientan y dejen de ser lo que son. Expresiones que, al no ir acompañadas de gestos concretos para sancionar a los curas pederastas, suenan tibias y hasta poseras.

El sacerdote jesuita Jorge Costadoat va más allá en este asunto y plantea con claridad una posición que suscribo plenamente:“Dios es el responsable de la sexualidad humana en todas sus versiones y, si nos cuesta entender cómo, debemos esforzarnos otra vez por entrar en el misterio del amor de Dios. La homosexualidad es obra de Dios. No es creación humana. Las personas homosexuales son criaturas de Dios, de su amor y, por tanto, lo único que pudiera frustrar su existencia es que no amen a su prójimo como Dios las ama a ellas”[2] No hay, pues, errores de Dios en su creación diversa y multiforme. No podemos tener un Dios a la medida de nuestros miedos y nuestros prejuicios. Más bien debemos dejar que el misterio de su amor nos libere y nos haga más humanos, más fraternos, más dignos y más libres.




[1]
                      Informe Kinsey citado por Hocquenghem Guy, El deseo homosexual. Editorial Melusina. Barcelona 2009, p. 24

[2]                     Jorge Costadoat SJ “Hacia un concepto teológico de la homosexualidad” en www.elmostrador.cl03-02-2016

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