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La desconfianza es un arma de doble filo

Enviado el 25/07/2012

José Luis López Follegatti

El activismo de los partidos de izquierda y los movimientos ambientalistas ha contribuido para que los cambios que requiere la minería en el país sean visibles y necesarios además de ofrecer salidas a los conflictos desatados. Su intervención no ha sido para crear la protesta social pues en su mayoría, ésta tiene razones estructurales que le dan origen, y más bien aquellos juegan un rol promotor, orientador y acompañan el movimiento con un discurso y un liderazgo.

Sucede que fuerzas violentistas y del senderismo, reaparecen y han comenzado a aprovecharse y a alimentarse de las movilizaciones impulsadas por estos actores, de la polarización desatada y de un Estado debilitado.

Dicho de otra manera no es que existan razonables motivos -malos gobiernos y egoístas grupos de poder económico- que han provocado que las clases populares desconfíen y tiendan a la confrontación social, pero en nuestro país la historia también ha sido escrita de otra manera, igualmente cierta: Cuando se vivió la era de la violencia terrorista, la izquierda se mantuvo callada, desubicada y finalmente agredida.

Los partidos de izquierda y los movimientos ambientalistas no desean que Movadef y jóvenes anarquistas se aprovechen o desvirtúen sus movilizaciones sociales, por eso los expulsan de mítines y los critican si realizan actos como pintarrajear monumentos.

Sin embargo, sería interesante que evalúen si la manera cómo han configurado y otorgado vigor a estos movimientos no los está llevando a un callejón sin salida, de trabajar sin querer para que el violentismo y senderismo resurja, se expanda y cobre cuentas con sus eventuales “mentores”.

En ese sentido, planteamos algunos temas para la reflexión.

1.    Se  sobredimensiona la amenaza para unir a la población, pero luego el acuerdo se hace difícil.

Muchos dirigentes saben, que frente a determinados proyectos de inversión, no es fácil generar interés o reacciones masivas de respaldo ante una acción que se le oponga. Entonces, se decide introducir temores en la gente por la existencia de una amenaza concreta que afectará sus vidas. Cómo resultado, aparecen los motivos para una preocupación y lucha masiva.

En otros términos, no es que existan razonablemente riesgos ambientales o sociales en una inversión frente a los que hay que estar alertas. Pero por lo general estos no aparecen de manera directa o evidente, por tanto muchas veces se les “agranda” para llamar la atención a una audiencia inicialmente desmovilizada. “Agrandar” no significa mentir burdamente sobre cifras o efectos (aunque sí hay casos) sino ubicar la percepción de los riesgos como realidades sólidas.

El problema es que una vez desatada la acción “indignada” por la posible afectación ambiental o social denunciada, surgen momentos en que debido al intercambio civilizado de opiniones, el agotamiento de la lucha, o las evaluaciones técnicas, el sentido común y la responsabilidad política sugieren un acuerdo, una negociación y un límite. Sin embargo, al contemplar los ojos llenos de indignación de cientos o miles de pobladores y estar atrapados por la creencia de que si la masa se desmoviliza ya no volverá a la situación deseada, los dirigentes deciden no retroceder ni negociar a pesar de que ello sea razonable, conveniente, ventajoso y preservador de la fuerza acumulada para ocasiones posteriores.

2.    Si te basas en la desconfianza, luego te tocará a ti

En medio del fragor de la lucha para despertar el interés ciudadano, se agranda la amenaza pero también se cultiva la desconfianza, es decir nada de lo que diga el otro, ya sea Presidente de la República, ministro, congresista, empresa, consultor, alcalde, presidente regional o dirigente social, es creíble si va en la dirección contraria de aquello que ya se instaló en la mente como amenaza.

Cabe aclarar que hay mucha evidencia histórica y actual para desconfiar. Incluso, nuestra sociedad tiene una actitud natural de desconfianza, ¿si tantas veces ha sido engañada por qué confiar ahora?, puede ser la frase hecha canción y sentido común.

Pero cuando la desconfianza es subrayada con tanta insistencia y desdén, cuando es usada como arma de debate y descalificación, el descreimiento se expande y se expresa hasta en las mínimas evidencias técnicas o pronunciamientos institucionales. En este caso, 2 más 2 no es 4, sencillamente porque lo dice el enemigo, y ocurre que tarde o temprano esta desconfianza caerá sobre el dirigente social que ha considerado una salida política negociada a su movimiento.

El hecho más notorio es que ni siquiera el dirigente puede conversar a solas con el oponente pues será calificado de traidor. Toma entonces la absurda decisión que temas técnicos, políticos o sociales que forman parte de sus demandas tengan que ser debatidos ante cientos o miles de personas. Las mesas de diálogo corrigen este desatino, pero las mismas siempre tienen al dirigente desplazado que está corriendo la voz entre la población que aquél que está en la mesa de diálogo, será comprado en algún momento.

3.    Cuando el oponente es descalificado, cualquier acercamiento se convierte en traición.

Cuando el conflicto se polariza, erosiona la relación. Se afirma que la amenaza quiere ser ejecutada de todas maneras y no se cree en quienes dicen que no hay tal amenaza. Las cosas se complican cuando la confrontación se personaliza, es decir, se comienza a afirmar que el opositor no es una persona equivocada, o que representa a una institución que quiere tomar decisiones erradas, sino alguien que quiere hacer daño intencionalmente: o está comprado y es un traidor, o tiene intereses propios con la inversión, o tiene una personalidad violenta o autoritaria.

Así, la población indignada comienza a albergar sentimientos de rencor y rabia con la persona o personas que se oponen a sus demandas. De esta manera ya no sólo me interesa defenderme de la amenaza sino derrotar o desaparecer a ese “malvado” que hará daño a todo quién se le oponga.

En estas circunstancias, el dirigente que no cree en la violencia sino en la justicia de sus reclamos, se sentirá atrapado por el odio y el rencor que se ha creado en los corazones de los pobladores honestos y buenos cargados de emociones negativas. ¿Qué responsabilidad tengo en ello? Esa es la pregunta que hay que formularse.

4.    ¿Quiénes pueden aprovecharse de todo esto y para quién estamos trabajando?

Esta es la reflexión profunda que sugerimos: Amenazas que aparecen como realidades que destruirán poblaciones, generando desconfianza total hacia las instituciones y, por tanto, a la propia democracia, alentando el odio y la repulsa personal a las autoridades, son el caldo de cultivo para que crezca el violentismo y neo-senderismo.

La explicación es obvia, no es por el justo derecho a reclamar que resurge el violentismo, sino que al extremar los límites de la situación conflictiva, se genera un campo energético o de polarización. Sucede que dentro o fuera de las poblaciones, surgirán dirigentes nuevos o escondidos que ofrecerán detener la amenaza a través de la violencia, que extenderán la desconfianza a todo el sistema y la democracia misma, y que podrán convencer de que se trata de prepararse para destruir a estas personas que representan un modelo, un sistema y una forma de existencia cruel y monstruosa: el imperialismo genocida.

No nos dejemos engañar, ello está ocurriendo y conviene evaluar su existencia. Sobre todo porque el violentismo y el neo-senderismo no se han autocriticado en lo más mínimo sobre su actuación pasada. Sólo han cambiado de estrategia, ya que en lo político demandan ampliación de libertades y amnistía para recuperar la fuerza perdida captando un nuevo contingente de jóvenes sin memoria.

No es extraño que el otro extremo conservador y dominante del autoritarismo expresado por Villa Stein termine con la rebaja de penas del Grupo Colina ofreciéndole motivos legales para que los terroristas también puedan salir libres. Esto no es reconciliación, es sencillamente el movimiento de los extremos para enseñorearse nuevamente en la escena nacional. Caminan  ambos con su sentido del orden, intolerancia y modelos dictatoriales. Es como si viejos enemigos del mal, nuevamente, reingresan al campo de batalla.

Como lo explica magistralmente Gonzalo Portocarrero, el odio y el resentimiento es un poderoso estimulo para la organización y la acción. Cuando este se canaliza y cuenta con referentes de carne y hueso validados, muchísima más gente de lo que nos imaginamos, se suma y le da sentido a sus vidas. Entonces los que luchan por la justicia y los derechos, ya no sabrán cómo detener este fenómeno social en crecimiento. Por ello, este debe ser el dilema que tal vez le quite el sueño a líderes claramente no violentistas como Marco Arana. ¿Cómo evitar que sus poderosos mensajes no sean aprovechados por otros? Aquellos que crecen en la rabia y el descreimiento para enfrentar aquellas amenazas que él mismo, me permito decir, se abocó en agrandar.

En este sentido, cuando se habla del diálogo como estrategia y fin, es algo más profundo de lo que se cree. Es bregar por el dominio de una energía de paz, aceptación y cooperación que enfrente, frene y quiebre a las poderosas energías alimentadas de emociones negativas, que cualquier humano en una determinada circunstancia puede tener, pero que cuando se convierte en organización, las consecuencias pueden ser un sufrimiento muy hondo. El diálogo es un acto de valor porque uno se enfrenta a sí mismo y a los que creen en uno, entonces sucede que tu sacrificio es su salvación.

 

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Muy claro Jefrey, lo lamentable es que amplios sectores de la sociedad ayacuchana no muestra organizacion alguna, cosa que si hacen los que se benefician de la corrupcion. Entonces "a robar que el mundo se va a acabar" parece ser el modelo de la conducta social actual y futura Leer más >>
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