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Con tus hijos no me meto, con ustedes sí

Enviado el 25/10/2017

Durante los últimos años, pero con mucha mayor fuerza y decisión durante los últimos meses, hemos sido testigos -a veces atónitos- de un gran activismo ideológico y político por parte de una alianza entre diversos movimientos e iglesias que reclaman para sí el calificativo de evangélicos y sectores conservadores de la jerarquía de la iglesia católica que encabezan corrientes al interior de la misma como el Opus Dei, el Sodalicio de Vida Cristiana y otros. A esta alianza entre grupos religiosos de orientación conservadora, y en muchos casos oscurantista, se suma el apoyo político del partido Fuerza Popular y de la dirigencia del partido aprista.

Se trata de marchas multitudinarias muy bien planificadas, organizadas y con gran despliegue de recursos, que inmediatamente tienen eco en los medios de prensa, contra los aspectos del currículo educativo referidos a la educación sexual de niños, niñas y adolescentes. No se cuestiona, por ejemplo, el currículo referido a la historia, a la geografía, a la matemática o la química, sino solo el referido a un aspecto tan importante y decisivo en la vida de las personas como es la sexualidad, la propia sexualidad.

Se habla de una supuesta “ideología de género”, que nunca saben explicar en qué consiste, cuáles son sus elementos o componentes y cómo ella está incluida en el currículo de la educación primaria y secundaria. Es cierto que tampoco los voceros oficiales (y/u oficiosos) del ministerio de Educación, que dieron la batalla en total aislamiento y orfandad política, supieron desenmarañar la red de confusiones que con tanto artilugio se tejía alrededor de ellos y, peor aún, sobre las mentes de padres y madres de familia atizando sus temores.

Tampoco los maestros, sea a través de la organización sindical o a través del Colegio de Profesores, intervinieron ni dijeron nada y parecía que, más bien, preferían mirar a otro lado o, como antaño se decía, hacerse el sueco.

Se decían y repetían cosas tan absurdas como que a través del currículo se corría el riesgo -por decir lo menos- de “homosexualizar a niños, niñas y adolescentes”. Se lanzaban discursos encendidos, frases exageradas como si el currículo educativo a través de este punto fuera a construir una especie de sodoma y gomorra en las escuelas y colegios del país.  

Sabido es que para cierta moral católica, de los diez mandamientos sólo existen dos: el sexto y el nono. Olvidan, ellos sí suecos que escuchan y leen sólo lo que les conviene, el relato de Mateo (capítulo 22, versículo 40) que aquí se lo copio para ahorrarles el trabajo de buscarlo: “… los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas». Nótese que el evangelista dice que de esos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas.

Lo mismo repite el apóstol Pablo en su carta a los romanos en la que dice (capítulo 13, versículos del 8 al 10): “Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor. Pues el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”. Principio y orientación fundamental que reitera en su carta a los Gálatas (5,14): “Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Entonces uno les pregunta y se pregunta por qué no se preocupan de la anemia infantil, del trabajo esclavo o en durísimas condiciones de niños, niñas y adolescentes y, si gustan también, de la prostitución y trata de estos preferidos de Dios. ¿Acaso violar a un niño, una niña o adolescentes, sexualmente o de cualquier otro modo, por ejemplo, condenándolos a la anemia o a ser víctimas de esas guerras infames, uno de cuyos galardones más obscenos es la muerte de cientos de miles de niños, niñas y adolescentes, no constituyen actos del mayor desprecio y odio que se pueda sentir y tener hacia una persona? Pero no, con esos hijos no se meten.

No se preocupan porque esta batalla no es moral, tiene apariencia de moralidad, pero en realidad es una batalla cultural y política. Es una batalla por el control y el sometimiento de las personas, de su intimidad, de su corporalidad, de su identidad. Les aterra la libertad de las personas, de sus mentes y sus cuerpos, es la lucha por el control de las formas de vida de cada quien, lo que quieren demostrar con estas exhibiciones de fuerza desmesurada es que ellos tienen el poder de decidir sobre el conocimiento y la comprensión de uno mismo y de su propio cuerpo y sexualidad.

 

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