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Al pie del Censo: una visita fugaz a la clase media surcana

Enviado el 25/10/2017

Madrugué a las cinco de la mañana, listo para el gran día. Alcancé a tomar desayuno y me reuní con mi sección de empadronadores (cuatro de la tercera edad, dos medianos y una joven) en un parque donde pululaban veinteañeros whatsappeando. Como el reparto de los materiales demoraba nos fuimos a reconocer el terreno: dos manzanas de una urbanización de Surco con muchas casas y pocos edificios. A mí me asignaron catorce viviendas que debía censar hasta las cinco de la tarde. Por si sólo me recibían en la puerta, estaba preparado con el tablero que me había prestado mi hija.

Empecé con buen pie, pese a la hora de tardanza: una señora, aún en pijama, me franqueó la puerta de su casa, llamó a voces a su familia y me preguntó si quería tomar desayuno. Me negué, agradeciendo, y sentado a la mesa del comedor disparé mis preguntas. Lo que me llamó la atención es que una de las hijas de la dueña de casa, ciudadana americana (masticaba el castellano, como PPK) con pasaporte gringo pero sin DNI, terminó autoidentificándose como “latina”, a diferencia de sus familiares que se identificaron como “blancos”. Seguí por tres casas más a las que, muy cortésmente, me hicieron pasar. En la siguiente descubrí un sticker de “vivienda censada”. ¿Cómo? ¿Alguien, metió su coche y me atrasó? Volví a mirar y descubrí la causa: era un hogar de reposo de ancianos y había sido previamente censado.

Sólo usé mi tablero una vez, cuando un octogenario me recibió en su puerta, y con toda razón: un malandrín podría haberlo asaltado adentro, pues, respondiendo a las preguntas, me enteré que sólo estaba su esposa enferma y en cama. El señor padecía sordera pero tenía muy buena memoria: me dictó los números de su DNI de corrido.

A la una y media estaba ya en el edificio de ocho departamentos y quise parar para tomar mi refrigerio, aprovechando que la gente podría estar almorzando, pero seguí de largo porque todos me recibían y me ofrecían refrescos. Tan corteses fueron, que un par de veces me atreví a pedir prestado el baño para desaguar tanto líquido.

En tres hogares había niños y fueron los más interesantes porque ellos me transmitieron su expectativa. Creo no haberlos defraudado pues les hice una serie de preguntas. Es más, Valeria, de tres años, con toda confianza tocó las púas de mi bigote, para enrojecimiento de su mamá, una mulata guapa y divorciada, lo que me hizo imaginarla en otras circunstancias, hasta que una frase de mi madre resonó en mi cabeza: “Dios nos libre de una simpatía”.

La pregunta de cuántos somos se convirtió, para muchos, en quiénes somos? ¿En qué se diferencian los Maldini de los González? En que las casas de la clase media tienen todos los artefactos eléctricos y más de un baño y las de los pobres, no. ¿Y en qué se igualan? En que todos tienen teléfonos celulares y que en ninguna casa hay libros, por lo menos a la vista. Recuerdo la casa de una amiga judía de Miraflores que visité hace décadas: la sala impresionaba no sólo por la cantidad de muebles finos y adornos de países y desconocidas culturas para mí, sino por un gran estante con libros y discos. Su padre, jubilado, me dijo, con orgullo mal disimulado, que como culminación de su vida estaba escribiendo un libro.

Pobres y ricos se igualan también en la religiosidad. Todos pasaron de largo frente a la pregunta, como diciendo “es ociosa”, pero agradecieron a Dios por no tener personas con alguna discapacidad. Todos se declararon católicos, excepto la americana, que se declaró cristiana y con deseos evangelizadores –que ignoré- y la hija veinteañera de una pareja que se resistió a sus reconvenciones y al final me hizo apuntar “sólo cree en Dios” (pero en ninguna de sus múltiples iglesias). Otro caso curioso fue el de un jubilado nacido en la selva, que dijo que en ese campo se declaraba un “escéptico”. “¿Usted entiende lo que quiero decir?”, inquirió. Le dije que sí y le pregunté si deseaba que escribiera eso. Dudó, me contó que en su viudez se consolaba con una señora más joven a la que acompañaba a la misa dominical, pero que no creía en varios dogmas de la Iglesia. Al final concedió: “ponga católico, nomás”.

En relación a la famosa pregunta 25 sobre la que se suscitó un debate académico que recogieron los medios, puedo decir que censé a más mestizos que blancos, pero también a una iquiteña que se sentía “nativa de la selva, por la comida, la música y la naturaleza”. Y cuando indagué si se refería a un pueblo amazónico en particular, me contestó “sólo ponga Iquitos”. Tres mujeres se identificaron como quechuas, aunque no hablaban el idioma y una de ellas era blancona y de ojos claros. También censé a una señora que se identificó como negra, sobrina de una estrella de nuestro fútbol de antaño. Añado una anotación económica: tres familias del edificio vivieron un lustro antes en Villa El Salvador, Los Olivos y Ate, lo que demuestra que el boom de los precios de los metales chorreó su poco más allá del sector minero.

En mi niñez provinciana la frontera entre los miserables y los pobres estaba en quién tenía  zapatos y la diferencia entre éstos y los de clase media era que los niños de clase media portaban relojes de pulsera. Pero todos nos igualábamos jugando fútbol. La revolución tecnológica achicó el mundo y achicó los precios: uno puede no tener ingresos monetarios pero calza zapatillas chinas; los relojes ya no son necesarios; los cruceros por el Caribe están al alcance de un crédito y la única diferencia está en la generación de Smartphone que usas. Sin embargo, hoy por hoy, en el Perú y en el mundo, como escribió una vez Vargas Llosa, la diferencia entre la miseria y una vida decente y prolongada está en beber agua potable y tener un baño conectado a una red de desagüe. Por eso tal vez, a PPK, un gringo peruano que ha caminado por el mundo, se le ocurrió aquello de la “revolución silenciosa” si su gobierno logra poner agua y desagüe y luz eléctrica en todas las casas de los pobres del Perú.

No sé si el Censo fue una oportunidad perdida, aunque ya sabemos que desde los tiempos del emperador César Augusto, un Censo puede marcar un hito histórico. Este tuvo sus cosas positivas, como la movilización de centenares de miles de voluntarios en la última quincena para cubrir la cantidad de empadronadores que se necesitaba o el mismo hecho que generara el debate sobre sus preguntas, cosa que no sucedió en el pasado. Si logramos paralizar a toda la nación debió aprovecharse para hacer más preguntas, no? Cuáles son las enfermedades que padecemos, cuáles son las carreras que se estudian, qué lecturas se prefieren. Un gerente me dijo: por qué no preguntan por la profesión, porque ni el INEI ni la SUNEDU saben cuántos administradores hay en el Perú. A mí, viendo que les dan a sus hijos colegios donde la pensión cuesta no menos de dos remuneraciones mínimas vitales, me dieron ganas de preguntarles cuánto gastan en gasolina cada semana en sus camionetones y si no habían pensado en ahorrar para enviar a sus hijos a estudiar a alguna universidad europea. No hay caso, la diferencia entre una sociedad desarrollada y la nuestra seguirá estando en cuántos leen y cuánto (no) leemos.

Terminé pasadas las cinco agotado por haber estado prestando atención durante horas y me fui al parque cercano a comer el pan con huevo frito de mi refrigerio. Con dos de mis compañeros me pasé la hora siguiente rellenando los ovalitos de las respuestas que sólo había marcado con una raya horizontal, porque nos dijeron que “la máquina” no la captaría. En medio de nuestra labor complementaria alguien dijo: “sólo falta que venga la prensa amarilla, nos filme y diga que estamos alterando los resultados”. Creo que no estuve muy descaminado.

Comentarios (5)

Querido Alfredo: ¡Qué

Querido Alfredo:
¡Qué difererente puede ser la realidad (y la organización) entre una esquina y otra! Mis hijos fueron voluntarios en Surco, antes de las 7am llegaron al colegio Jorge Chávez; a las 9am se les dijo a muchos que ya había bastantes voluntarios y devolvieron a muchos; a las 12mm se dieron cuenta de que faltaban, a las 2pm no llegaba el material y decidieron fotocopiarlo (encontrarán muchas fichas que no tienen el color oficial). Sólo a las 2.30pm los muchachos empezaron a censar en su zona, con material incompleto (faltaban polos, gorras, credenciales, stickers). No había habido "manzaneo" previo del INEI y se dieron con que el catastro de la municipalidad no servía para nada (los condominios siguen figurando como terrenos). A las 10pm los chicos acabaron su tarea y a las 11pm un abatido coordinador recibió por debajo de la puerta las fichas en el colegio.
Si eso no se llama desorganización no se que palabra lo define.
!!Feliciatciones por tu esfuerzo!!

Lejos de los comentarios

Lejos de los comentarios apocalípticos y de posiciones interesadas e irreductibles; Alfredo Quintanilla nos ofrece una mirada tan sensible y simpática como profunda y bien escrita.

Señor Quintanilla, Raras

Señor Quintanilla, Raras veces me doy con una nota tan observadora, reflexiva, simpática, y bien expresada como esta. Gracias, y ojalá usted siga contribuyendo a esta página.

Agradable artículo...

Agradable artículo... entretenida lectura... buen escritor...
En el Perú la gran mayoría son genta buena, amable y sobre todo gentil, este censo nos ha mostrado lo bueno que podemos ser cuando se trata de realizar una labor sin esperar nada a cambio, miles de voluntarios lo han demostrado, conozco a muchos de ellos que podían haberse quedado en casa disfrutando su domingo en familia, pero lo dedicaron ese tiempo para nuestro Perú, es cierto que hay cosas que han fallado en esta actividad muy grande, pero se debe de aprender de los errores.
...buen peruano.

Tuve el privilegio de que el

Tuve el privilegio de que el autor de está crónica me haya empadronado. Felicitaciones! además de haber realizado un buen trabajo como empadronador, escribe muy bien.

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