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Ser mujer hoy en el Perú. Acerca de la “basurización simbólica” y la crueldad

Enviado el 25/11/2017

¿Qué tiene que pasar en la mente y en el cuerpo de alguien para despreciar tanto a otro cuerpo, a otra vida, que no sea la suya? ¿Qué ha tenido que suceder para que el cuerpo, es decir, la materialidad y la integridad de alguien pueda ser tratada con el desprecio y la violencia con la que se trataría a un objeto despreciable, sucio, contaminante y por ello, asqueroso? ¿Cómo se han construido esas emociones, y cómo se han manifestado concretamente en nuestro país y en nuestra historia? Rocío Silva propone en su libro El factor asco. Basurización simbólica y discursos autoritarios en el Perú contemporáneo (2008) las diferencias, las relaciones, y la forma de representar a este Otro, a través, justamente de la figura de lo abyecto, es decir, de aquello despreciable, que se rechaza pero que al mismo tiempo se desea en tanto constituye a quien lo rechaza. Silva analiza cuatro discursos[1] que demuestran que ese otro, -llamémoslo, mujer, y sobre todo, mujer peruana-, acaban siendo basurizadas simbólicamente. Es decir, acaban siendo convertidas y tratadas, como eso: basura.

Este es el corazón del libro, el de desplegar en 6 capítulos la deconstrucción de diversos discursos que justifican, autorizan, y hasta celebran y lucran con la violencia con la que se mira, se piensa y se trata a la mujer, más si es pobre, y si es andina[2], como lo ha demostrado ya –cualquier estudio serio sobre– la guerra interna peruana. En esta línea, las preguntas que se plantean en el Factor asco, parten de la indignación, de la rabia, y al mismo tiempo, de una profunda lucidez por explicar, por pensar, y en ello, por exponer el cuerpo enfermo de nuestra sociedad. Pero en esta línea también, estas preguntas fueron las que sentí cuando amigas cercanas, ex alumnas, familiares, me contaron que fueron abusadas sexualmente, o golpeadas, por supuestos amigos, o por profesores e investigadores a los que yo admiré alguna vez. Estas preguntas fueron las que yo sentí cuando viví la violencia de ser mujer y andar sola un día temprano en verano, cuando varios chicos mayores que yo se juntaron para acorralarme contra una esquina para tocarme y decirme cosas que retumbarían hasta ahora, que tengo 35.

¿Cuál es ese odio, tan distinto de ese asco, culturalmente construido, que impulsa a que te traten como una basura? ¿Cuál es ese asco, tan profundo, que existe contra las mujeres? Sobre todo, contra las que no pueden defenderse. ¿Cómo hablar de esto con quienes se niegan a escucharlo? ¿Cómo decirle a los policías de la comisaría de Salamanca, que quedaba a dos cuadras de esa maldita esquina, que hagan algo? ¿Y las pruebas? ¿Y quiénes eran? Y si ¿“yo los había provocado”? ¿Era posible pensar en una “verdad dudosa” en un contexto así? Ser mujer y adolescente, de quince años en el Perú, perdónenme todos, pero es una mierda.

Una mierda, un objeto concreto, asqueroso a la vista de cualquiera. Una sustancia que no se quiere ni pisar cuando se camina. Pero que, al mismo tiempo, se busca, y se destruye, como le pasó a Georgina Gamboa, violada tantas veces, basurizada tantas veces. Embarazada de la violencia. Y luego, capaz de analizar esa situación y de proponer un empoderamiento y resignificación de su dolor. Jean Franco, la académica y pensadora británica, que retoma el caso de Gamboa a partir de su lectura del Factor asco y de otros estudios relevantes como los de Theidon, Vich, Pool y Requine, elabora en Cruel modernity (2013)[o Modernidad cruel (2016)] una extensa reflexión y acopio de casos, y de intentos por teorizar, por pensar más allá, este fenómeno complejo que es la violencia. Sobre este tema, su pregunta también recae en el cuerpo, sobre todo, en el femenino. Sobre estos, que son llakis, o cuerpos que recuerdan, Franco se pregunta ¿por qué esta necesidad de castigar los cuerpos, de mutilarlos en toda forma posible? (137). ¿Por qué violar, torturar, a ancianas, a bebés, a niñas, por qué destruir de todas formas, sobre todo, la simbólica, la feminidad? Los casos de Abusarawanku son estremecedores y nos sitúan en la incómoda pregunta de pensar qué ha pasado desde los 80s, y 90s, hasta ahora, que ya no son ni militares ni los terroristas, sino los padres, hermanos, amigos, novios, los que violan y masacran a tantas mujeres, estén ellas vivas o muertas. ¿Qué pasó desde entonces hasta hoy para que un miembro de la iglesia culpe e indique que son las víctimas las que se exponen “como en un escaparate, provocando”?[3] ¿Qué ha pasado desde entonces hasta hoy para que un “Padre de la patria”, señale como justificando que “la violación callejera se produce en mujeres que pueden no ser fértiles”[4]. ¿Qué ha pasado desde que se ha propuesto instituir un lugar de la memoria, para que solo en ese año, 2017 y solo hasta octubre, hayan 1420 niños violados en nuestro país[5]? ¿Se ha aprendido algo desde los 80? ¿Han dolido las muertes? ¿Recordamos aún todas las violaciones que sus propias víctimas nos han contado?  ¿Qué trastorno estamos viviendo para disociar el antes con el ahora y no entender que 65, 989[6]casos de violación en nuestro país (de los que más del 90% de casos ocurrieron contra niñas y adolescentes mujeres) son una e-mer-gen-cia?

Este 25 de noviembre se repetirá la marcha del año pasado, la misma, pidiendo, otra vez, que no se repita la violencia –en cualquiera de sus formas– contra las mujeres peruanas. Toca ir a ladrar, a gritar, a re-tomar, a resignificar ese gran espacio público, con sus calles, con sus rincones, para dejarles de tener miedo, y sobre todo, para ver si es que esta vez, nos escuchan.




[1]
Uno es el discurso de la guerra sucia y la justificación de los excesos, otro es el de la moral criolla y la ambigüedad ética en la red de corrupción de Vladimiro Montesinos. El tercero es el discurso misógino que justificó los crímenes contra las mujeres en el contexto de la guerra interna, y finalmente, el discurso del “feminismo sucio” de Laura Bozzo y la invención del “tele pobre”.

[2] 75% de las mujeres violadas en el Perú durante la guerra interna, eran indígenas, quechuahablantes. CVR  “Violencia sexual contra la mujer”, Informe final…vol. 6 secc 1.5. p. 276.

[6] Idem

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