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Lo que Las Malvinas nos dejó

Enviado el 26/07/2017

Lo que sucedió en Las Malvinas hace tan solo unas semanas, y que parece desvanecerse en el frágil registro de nuestra memoria colectiva, es una evidencia más del trabajo que nos falta realizar para comprender la informalidad en nuestro país. Y es que el trágico incendio del 22 de junio, que cobró la vida de dos jóvenes, ha abierto una puerta para plantear una discusión que vaya más allá de la lógica economicista.

Por esta razón, para que la discusión sea provechosa, hay que complejizar cuatro argumentos que usualmente utilizamos para entender y explicar la informalidad:

1)    La economía formal es muy diferente a la economía informal

Ya Durand (2007) había planteado el vínculo entre tres diferentes zonas que conforman el espacio en el que se llevan a cabo las relaciones sociales (y por ende también económicas y políticas) en el Perú: el sector formal, el sector informal y el sector ilegal. Los peruanos transitamos entre estas zonas constantemente -haciendo uso de las herramientas y facilidades que cada una nos brinda- de acuerdo a nuestra conveniencia. Es así que hemos visto películas, leído libros y escuchado música que nunca hubiéramos podido consumir si hubiéramos tenido que pagar el precio “legal” por ella.

Es eso lo que hacía el señor Coico, dueño de la empresa donde trabajaban Jovi Herrera y Jorge Luis Huamán, que pagaba impuestos a la SUNAT e importaba fluorescentes de China, a la vez que contrataba a trabajadores informales para que cambien la marca de los focos y le coloquen otra para venderlos a mejor precio. En efecto, una empresa formal contrataba trabajadores de manera informal para realizar labores ilegales.

La formalidad e informalidad no son tan diferentes y se benefician mutuamente una de la otra en nuestro país. En el Perú contemporáneo, estas actividades aparecen entrelazadas, cumpliendo roles funcionales, antes que de formas paralelas o excluyentes entre sí. De acuerdo con cifras del Ministerio de Trabajo y Promoción del Empleo (MTPE), alrededor del 20% de la población económicamente activa (PEA) labora en empleos informales ofrecidos por empresas que están registradas en la SUNAT, y el Estado peruano no está exento de estos casos. Tal como afirmó Ubilluz (2006), “la informalidad es así lo que no anda bien con el país formal y que, sin embargo, permite que este ´ande bien´.”

2)    La informalidad es el mundo de los emprendedores

Con el auge del “emprendedurismo” y de sus selectivos casos de éxito, hemos terminado creyendo que los emprendedores son los informales. Son personas que inician negocios y que deciden no pagar impuestos porque las múltiples reglas del Estado los desaniman de registrarse en la SUNAT.

No obstante, y tal como indican las cifras, la gran parte de los informales en el Perú son trabajadores independientes que no tienen capital, ni cuentan con empresas (INEI 2014). Solo 9% de los informales son “emprendedores”. Es decir, el rostro del trabajador informal común es más parecido a Jovi y Jorge Luis que a los casos de éxito que nos muestran algunos reportajes dominicales.

3)    Los informales son informales porque quieren

Otra idea que suele aparecer al hablar sobre informalidad, y que está vinculada con el punto 2, es que los informales optan por ser informales porque tienen una lógica empresarial y emprendedora que los lleva a escapar de los complicados trámites del Estado. Esta puede ser la realidad para los dueños de empresas informales, tal como afirmó De Soto (1986). Sin embargo, esto no es lo que sucede con los trabajadores informales independientes. Aunque existe una indudable “decisión” por una u otra actividad, esta está muy limitada tanto por las posibilidades de formalizarse como por la propia reproducción de un mercado marcadamente informal.

De acuerdo con una encuesta que hicimos junto a José María Rentería, el 44% de los trabajadores informales independientes de Lima Metropolitana lo son por necesidad económica y 15% porque no encontró trabajo asalariado. Asimismo, el 26% de estos trabajadores afirma que no se registra en la SUNAT porque su trabajo es temporal. Como concluimos en el trabajo, la mayoría de “informales” los son por razones estructurales que responden a cómo está organizado el mercado laboral, así como a procesos de exclusión social que trascienden al mero crecimiento de la economía.

Los testimonios de los familiares de Jovi Herrera y Jorge Luis Huamán que explican por qué ambos jóvenes trabajaban en estas condiciones, nos permiten entender las dinámicas antes mencionadas. Eran empleos transitorios que les iban a permitir a ambos jóvenes realizar otras actividades, como estudiar y empezar su carrera laboral. Nadie quiere ser “informal”, cuando podría optar por mejores opciones.

4)    La flexibilización laboral es la solución

Finalmente, en el Perú, el problema de la informalidad ha sido netamente un tema tratado por el Ministerio de Trabajo y el Ministerio de Economía, dado su efecto en el futuro económico del país. No obstante, la experiencia nos ha enseñado que la informalidad trasciende sectores. La polémica Ley Pulpín, que buscó incorporar a jóvenes al mercado laboral formal abaratando los costos de la contratación mediante la reducción de sus derechos laborales, nos enseñó que el trabajo por el solo hecho de trabajar en algo formal no tiene ningún sentido.

Según los resultados del mismo estudio, lo que importa del trabajo formal son los derechos y comodidades que este asegura. Los trabajadores limeños valoran la salud, el desarrollo personal y el tiempo que pasan con su familia para evaluar la satisfacción con su vida, que son, coincidentemente, los rubros que están protegidos por los derechos laborales (seguro de salud, CTS y vacaciones pagadas). Creer que quitarles esos derechos es la solución pretende desconocer la razón misma de porqué las personas trabajan.

La pregunta que debemos plantear con respecto a la flexibilidad laboral (que ya se ha comprobado que no es una solución en otros países) es por qué seguimos planteando una solución con contenido meramente económico a un problema que, al menos en el Perú, es un importante problema social con matices que aún no terminamos de descubrir. En un país donde la informalidad (económica y normativa) y la formalidad no tienen límites claros y son, de alguna manera, complementarias y funcionales -tal como sostiene Danilo Martuccelli en Lima y sus arenas-, las soluciones que planteemos necesitan ser más comprehensivas y deben contribuir a mejorar las relaciones entre el Estado y los ciudadanos.

Andrea Roman Alfaro pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

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