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Mali, una guerra sin victoria

Enviado el 27/03/2013

Jose Calvente

Orígenes, desarrollo y futuro de una guerra. Hacia la guerrilla en Mali.

Ayer se cumplió un año desde el golpe de estado protagonizado por el capitán Sanogo en Bamako contra el antiguo presidente A. T. Touré y el sábado de madrugada tuve la suerte de compartir un taxi con uno de los oficiales que le acompañaron en esta aventura, quien completamente borracho no paraba de contarme orgulloso sus andanzas. Desde el coup d’etat, el capitán Sanogo permanece como el jefe en la sombra de un gobierno secuestrado que tiene ante sí numerosos desafíos.

El primero de ellos, la reconquista del norte del país, parece estar cerca de producirse con la llegada de las tropas franco-malienses y de países de la región a la frontera con Argelia donde las bajas de este matrimonio de conveniencia comienzan a ser considerables (‘curiosamente’ la mayoría de nacionalidad chadiana, dando una pista sobre quién se juega realmente el tipo entre los laberintos de la cadena montañosa usada como guarida por los grupos terroristas desde hace décadas) y hacen recomendable una pronta retirada francesa (el Elíseo ha marcado ya en rojo el final de abril para comenzar la retirada) para evitar la huella neocolonial y para que el nuevo escenario no provoque más bajas galas, lo que haría de este paseo militar una guerra menos victoriosa para “Papa Hollande” (apodo que le ha dado la población local) Además, Hollande sabe que esta es una guerra sin posibilidad de victoria por el presumible zumbido de los ataques de guerrilla que marcarán el futuro cercano.

El capitán Sanogo, pese a la pérdida de protagonismo por la intervención francesa, continúa  en Kati al frente del  Comité para la reforma del ejército, cerca de Bamako y lejos del frente, al abrigo  pero perdiendo popularidad, sobre todo tras la publicación de su sueldo (unos seis mil euros al mes en un país cuyo salario base es de 53 euros mensuales). Las primeras heridas del salvador patrio las han provocado los medios de comunicación y no la batalla. La respuesta, inmediata: detención del director de la publicación Matin, Sambi Touré, a manos de la seguridad del estado y del periodista de Le republican Boukary Dao, tras una carta abierta en la que denunciaba el poder en la sombra y los privilegios de Sanogo. Su control sobre el gobierno es tal que nadie cree en la autonomía del presidente interino de la Republica, Dioncounda Traoré tras el golpe de salón que forzó la dimisión del primer ministro Cheick Modibo Diarra el pasado 11 de diciembre. El escenario de las  elecciones previstas para julio de 2013 aparece como un asesino difuso en el contexto maliense ¿Son posibles elecciones democráticas con este tipo de tutelajes y en un territorio aún no seguro, con más de trescientos mil desplazados? Pero no hagamos preguntas incómodas. Nos podría llevar  a un debate oscuro sobre las posibilidades reales de la  democracia en África.

El sainete continúa en Bamako a espaldas de una  guerra que ha girado hacia un escenario menos predecible. La ruptura del frente por la dispersión de las milicias yihadistas que se han refugiado en el laberinto del macizo de las Ifhogas, en la frontera con Argelia, convive con una guerra de guerrillas, de alta intensidad en Gao. En esta ciudad, enfrentamientos el pasado fin de semana tras un nuevo ataque suicida han dejado siete víctimas mortales.

Mohomodou Houssouba, un docente universitario oriundo de Gao señalaba a Le Monde Diplomatique las relaciones entre Ansar Dine y el Islam wahabita, la vertiente radical del islam que predomina en Arabia Saudí. "El  wahabismo llegó a Mali hacia 1930 –escribe el profesor-. La región de Gao, continúa Hossouba, fue desestabilizada por el regreso (entre 1960 y 1970) de ciudadanos convertidos al wahabismo y que regresaban al país tras realizar estudios coránicos en Níger, Nigeria, Sudán y Arabia Saudí. Según el docente maliense, este desarrollo del wahabismo chocó con otra vertiente del islam que predominaba en Mali, caracterizada por la presencia de confraternidades sufíes y ritos influenciados por las religiones tradicionales. Aquí radica el núcleo del problema, la lucha entre las dos visiones del espejismo. Esta es la situación en Gao.

Estos grupos armados activos en Mali han operado en un escenario transformado en los últimos  años por capitales provenientes de Arabia Saudí que a mediados de los años setenta "produjeron un cambio decisivo a su política exterior, transformando el África Subsahariana en un espacio vital para la expansión del islam de cuño wahabí". De ese modo se creó un terreno fértil para el desarrollo de grupos como Ansar Dine. Los vectores principales de esta penetración saudí fueron la Organización de la Conferencia Islámica y, sobre todo, el Fondo Saudí para el Desarrollo, caballos de Troya que en las últimas dos décadas se han ido imponiendo –ante el colapso económico de casi todos los estados postcoloniales– como uno de los principales donantes para el África negra.

El apoyo popular en las aldeas aledañas a Gao hace más difícil la limpieza de las zonas urbanas y periurbanas que pretenden hacer los franceses antes de ceder el relevo a una fuerza de cascos azules o bajo mando de la CEDEAO (aún por decidir). Las incursiones constantes de comandos yihadistas desde estas aldeas cercanas (alcanzan Gao con solo cruzar al otro lado del río Níger), donde los simpatizantes de la lucha radical se hallan perfectamente mezclados con la población, dificulta la seguridad de esta zona. De hecho, los ataques suicidas (como el primero registrado en Tombuctú el pasado miércoles) han inaugurado un nuevo escenario desconocido en Mali.

En el conflicto maliense, ha sido fácil expulsar a los grupos radicales que controlaban las tres regiones del norte, sobre todo gracias al trabajo de la fuerza aérea, pero no será tan fácil dispersar las células de estos grupos ocultas entre la población o refugiadas en el macizo de las Ifoghas. Ahí radica la dificultad de dar fin a esta guerra, la imposibilidad de la victoria ¿Les suena el escenario? ¿Recuerdan lo que paso en Afganistán? Te cuentan cómo estos grupos pasan el día ocultos en las islas del rio Níger cercanas a Gao, caminando en grupos de dos o tres como máximo, con un aspecto tranquilo y respetuoso, mientras las armas se hallan ocultas entre las dunas a la espera del próximo asalto a la ciudad.

La intervención francesa ha conseguido en tiempo record y sin necesidad de batirse en el cuerpo a cuerpo por la retirada yihadista, conquistar el territorio extirpado al control de Bamako desde la rebelión tuareg iniciada en enero de 2012. Cuando toda esta crisis saltó al escenario mediático con el avance hacia el sur de las tropas yihadistas que fue detenido por la rápida intervención francesa a finales de enero, ya era algo tarde para enterarse de ciertos detalles de la que parecía iba a ser otra guerra sin luz ni taquígrafos en África. Una guerra que ha provocado en apenas un mes la liberación de todo el territorio ocupado, pero que aún parece estar lejos de resolverse.

En la costura entre Malí y sus vecinos se libra una de esas guerras que aparece fugazmente en los telediarios fácilmente sepultadas bajo las miles de horas de estéril debate político y corrupción galopante. La crisis de Malí es una guerra con imágenes de guerra, con muertos de guerra y con desplazados por la guerra. Pero también es una enorme debacle del estado a la africana junto a otra crisis alimentaria en el Sahel que deja imágenes de hambre y niños de viento. Imágenes reales. Salgan o no por la tele.

Y, sin embargo, la guerra de Malí empezó dos años antes mucho más al este, en otro de los amables estados cercanos. La guerra de Malí se gestó en Libia. Antes de que las tres regiones fueran arrancadas al control de Bamako, vimos en la tele el cruel asesinato de Gadafi sacado de la ratonera en la que se escondía. De eso sí te acuerdas, lo viste por la tele. Lo real aparece sólo por la tele.

Entonces Ag Najim, tuareg cincuentón que había llegado a coronel en la legión verde de Gadafi, donde servía desde los años ochenta, decidió que era momento de escapar (regresar) a Malí. En marzo de 2011, el MNLA, Movimiento Nacional de Liberación de la Azawad  –patria mítica de los tuaregs construida sobre rutas de paso como si la frontera no fuera más que una carretera de arena -, no existe todavía y el último gran levantamiento de los hombres de azul data de 2006. Desde entonces apenas se ha oído hablar de los tuaregs. Apenas sabemos nada de ellos, no salen demasiado por la tele.

En febrero de 2011 la OTAN y la ONU, siempre graciosamente selectivas en sus intervenciones, toman partido para derrocar al díscolo amigo Gadafi que se paseaba poco tiempo antes con su jaima y su guardia de vírgenes por los palacios presidenciales europeos. Nos hacía gracia este Gadafi, después de todo inventó el secuestro de aviones. El petróleo parecía conseguir amigos fieles. Pero el control de los recursos naturales libios decide la intervención europea. Y Gadafi cae.

Ag Najim, de piel curtida y cimbreándose al caminar con el aire vaporoso de las telas de color añil, dirige esta nueva aventura de los hombres azules. Najim  supo, con la nueva traición de los amigos europeos, que el viento del desierto había cambiado. En el desierto todos saben que cuando el viento cambia hay que largarse rápidamente para que la tormenta no te lleve por delante. Nada es fijo, todo se modifica y cambia en este laberinto de arena. Con un desarrollado instinto para la supervivencia sabe que la solución viene de Malí. Ag Najim realiza entonces una ordenada repatriación de los tuaregs al servicio de Libia. Sabe que es necesario llegar a Malí con el máximo de hombres, el mínimo de ruido y todas las armas que quepan en las pick-ups. No encuentran ningún obstáculo para cruzar el norte de Níger rumbo a Malí. Los costosos satélites americanos no permiten detenerlos. El camello siempre fue el mejor compañero en el desierto.

Los tuaregs creen entonces que es el momento preciso para crear el MNLA y volver a retomar unas reivindicaciones que no solo afectan a Mali y que son recurrentes desde la independencia de las antiguas colonias. Tan sólo 2.500 hombres consiguen en dos meses hacerse con dos tercios del territorio maliense y hacen retroceder al ejército. La reacción popular de un país descolocado provoca las primeras manifestaciones ante la Presidencia en Bamako de las  madres y esposas de los soldados que recriminan al gobierno la falta de medios del ejército cuyos miembros caen como muñecos frente al sofisticado armamento de los rebeldes. Parece mentira, pero ni para armas hay dinero en Malí. En abril de 2012 las banderas negras de los salafistas llegan a Tombuctú. Ansar Dine y AQMI no tardan en unirse a la fiesta, imponiendo el pasado como regulador del presente.

La ofensiva ha dejado atrás el mediático marco de la guerra de frentes fácilmente abordable para un telediario y Mali ha dejado de aparecer en los medios, ofreciendo a las fauces mediáticas ‘hechos menores’ espaciados en el tiempo, hostilidades de baja intensidad y  un ambiente de calma tensa que inunda también Bamako. La guerra de Mali se ha convertido en un pariente incómodo con el que estamos obligados a convivir. Expulsar a todos y cada uno de estos ‘terroristas’ será imposible, haciendo siempre de esta guerra una victoria parcial. Papa Hollande lo sabe y quiere retirarse antes de que todo le salpique en la cara pero no antes de asegurarse ciertos derechos sobre la sombra del oro negro y de otras desgracias en forma de recursos naturales del país (la ‘pesadilla’ de los recursos naturales en África, en los que guerra e inestabilidad tienen relación directa con la riqueza en recursos naturales. Y si no, para muestra la República Democrática del Congo).

Por ello seamos poco ambiciosos y apostemos por un escenario modesto en el que Mali debe centrarse sobre  los asuntos que puede arreglar y hacerlo de una vez por todas. Es necesaria la retirada de la escena del coronel Sanogo, un proceso de reconciliación basado en la justicia  y el entendimiento y en unas elecciones que no chirríen demasiado. ¿Democráticas? Perdonen las molestias, pero la democracia, en un país con una pobreza vergonzante como este, es otro cantar.
 

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