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Campesinos vs minería

Enviado el 27/05/2015

 

En estos días hemos visto un conflicto más, declarado en los medios, y también, claramente, cuál es la posición del presidente de la República. Cada uno de nosotros sacamos nuestras conclusiones, según la información y formación que tenemos. Para algunos, el problema es que el señor presidente no tiene pantalones para imponer el principio de autoridad y, por lo tanto, no dejarse doblegar por intereses de campesinos que no saben y que están manipulados por dirigentes corruptos etc. Para otros, claramente los campesinos tienen una posición antiminera, pensando en su futuro y lo que han visto suceder en otras zonas del país con problemas similares a los que ellos ahora sufren. Otros miran el televisor y cambian de canal, como si se tratara, en pocas palabras, de “un problema de negros”, que no les interesa más que lo suyo.

Como sabemos, el tema del conflicto entre agricultura y minería es largo y complejo en nuestro país, solo que en los últimos años el tema se ha vuelto más agudo y también complejo por varios motivos, entre los cuales están el agua, la contaminación inmensa que provoca, el reparto de los beneficios que trae, y los efectos que los relaves y minerales que se usan o da como resultado tienen en la salud. Me parece que también está en juego el tema de los derechos de los campesinos, en cuyos territorios están ubicados, en la mayoría de los casos, los minerales; y otro tema importantísimo es el derecho que tienen las poblaciones a las consultas previas, frente a la toma de las decisiones sobre política, tiempos y modalidades de explotación, etc. 

En una ocasión, el desaparecido cineasta cusqueño Lucho Figueroa me comentaba lo importante que es el tema para el Perú y los derechos de los campesinos andinos, ya que en sus comunidades están las minas, el agua y la mano de obra. Sin embargo, qué poca capacidad de organización tienen precisamente estas comunidades para entrar de igual a igual con los promotores de las minas, que son también peruanos que sirven de mediadores de las grandes empresas que quieren explotar estos recursos. En estos conflictos, el Estado aparece como el garante de los inversionistas, cumpliendo, en la mayoría de los casos, el papel de lo que llamamos ”unos vende patrias”, ya que pareciera que no son peruanos, al ofrecer precisamente todo el apoyo a los mineros, sin considerar suficientemente los derechos de los campesinos andinos. Esa es la imagen final y el sentimiento generalizado del pueblo peruano. ¿Cómo no verlo así? La razón fundamental de esta posición es la de un Estado que necesita dinero para gobernar y responder a las expectativas de la población cueste lo que cueste. Así de simple es la cosa. El gobierno recibe más dinero por la actividad minera que por la producción agrícola o ganadera.  Pero el precio de la mina es muy alto y sin futuro, ya que las minas se acaban y dejan indefectiblemente un pasivo de contaminación sin solución. El momento es revelador de qué clase de Estado tenemos y qué tipo de proyecto de país impulsa.

Casi lo mismo pasa ahora en Piura, donde se está poniendo en riesgo el futuro de una de las zonas con mejores condiciones para la agricultura, al seguir dejando que se impulse la minería  formal e informal para extraer oro, petróleo, gas o fosfatos. “Inversión sí, pero no así”. Las minas son recursos, pero no pueden ser trabajadas cuando ponen en riesgo el futuro y la independencia alimentaria de los peruanos. Inversión sí, pero sin la corrupción que termina doblándose y lamiendo los pies de las grandes transnacionales que solo buscan sus intereses.

Los diálogos parecen no ser suficientes, ya que las partes no son capaces de oírse mutuamente y menos de encontrar puntos comunes como para ir construyendo una posición que termine favoreciendo a todos. Para lograr dialogar se tendrá que ir transitando por los distintos niveles que tiene el intercambio de ideas; es decir, hablar con la verdad, saberse escuchar, tener correcta y real información técnica y científica sobre lo que se está debatiendo y, finalmente, capacidad de asumir compromisos de manera responsable y duradera. Mientras no haya bastante de estos componentes, el problema se estancará o crecerá y afectará a otros niveles de la sociedad. 

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