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La Gran Guerra (1914-2014)

Enviado el 27/08/2014

Cuando Gavrilo Princip apretó el gatillo que terminaría provocando la muerte del archiduque Francisco Ferdinand y su esposa, no tenía la menor idea del cataclismo que estaba a punto de provocar, y menos que sus efectos durarían hasta el día de hoy, cien años después. La narrativa que hemos elaborado sobre la fractura más grande del siglo XX, la Primera Guerra Mundial, ha sido tan quirúrgicamente organizada, con sus antecedentes, inicio, desarrollo y final, que apenas nos permite entender la complejidad de este acontecimiento y los intentos por procesarlo de parte de quienes tuvieron que vivirlo y sobrevivieron al mismo.

“La Gran Guerra”, como se le conoció en ese entonces y en los años siguientes, estuvo lejos de ser un proceso lineal y fácil de comprender. Antes que tener una secuencia ordenada,  fue más bien un gran abanico que encerró en su interior diversos conflictos, algunos de ellos provocados directamente por lo ocurrido en Sarajevo, mientras que exacerbó otros, como la Revolución Rusa. “La Gran Guerra” se pareció más a una bola de billar que disparó diversos y variados escenarios, a la manera de círculos concéntricos, afectando a diversas áreas del globo de maneras tan variadas, que alteraría significativamente su posición en el tablero internacional y en la recuperación luego de firmada la paz.

Más que la violencia, fue el Nuevo Orden que dejó tras de sí “la Gran Guerra” lo que trastocó los parámetros hasta entonces conocidos y que tenían su origen en el periodo posterior a las guerras napoleónicas de 1814. Ya no era solo que Europa había dejado de ser el centro del poder mundial, sino que ahora debía compartirlo con una advenediza ex-colonia, como Estados Unidos, que había sabido cómo posicionar sus fichas; Alemania conocía la derrota luego de cuarenta años de expansión y crecimiento imparable;  y se creaba un súper-organismo, como la Sociedad de Naciones, para vigilar posibles factores de inestabilidad, entre otros. El choque también fue devastador a nivel de la fe en la tecnología y el crecimiento como garantes de un orden que debía traer solo paz y prosperidad.

Pero uno de los legados más importantes fue el desmantelamiento de los imperios y su pérdida de legitimidad, en particular de cuatro de ellos: el alemán, el ruso (luego convertido  soviético), el otomano y el austrohúngaro. Sin estos dinosaurios, hacia 1919 el mapa mundial era irreconocible respecto de tan solo un quinquenio atrás. Estas grandes estructuras que se desparramaban sobre el mapa ahora habían dejado expuestos a una serie de grupos étnicos antes aglutinados bajo la figura de un zar, un emperador o un sultán. No es que esos sistemas evoquen nostalgia para desearles una permanencia después de 1914, pero lo cierto es que se creó un vacío institucional que se extendió a las colonias y a los imperios que quedaron, los cuales no durarían muchas décadas más. Asimismo, el principio de auto-determinación impulsado por la Sociedad de Naciones pronto fue convertido en un dogma para unir los nacientes militarismos con un nacionalismo fanático, caldo de cultivo de la próxima guerra.

En cierta manera, Occidente aprendió la lección: en los últimas décadas, especialmente después de 1945, hemos tratado de evitar todo aquello que pudiera desencadenar o parecerse a una guerra mundial. Lo hemos logrado, pero a costa de un abstencionismo en situaciones en las que una intervención más efectiva hubiese sido necesaria, o pasando por alto conflictos regionales que han causado una gran secuela de muerte y destrucción. Estoy convencido de que en el complicado escenario mundial actual, donde los conflictos se extienden desde Estados Unidos a Asia, es más que urgente conversar sobre la Primera Guerra Mundial y los choques que se desarrollaron a partir de ella, de tal manera que comprendamos que no es necesario esperar a que estalle una conflagración como la de 1914 –lo cual es poco probable– y que podemos prestar más atención a los escenarios regionales.

Comentarios (1)

Artículo original y novedoso,

Artículo original y novedoso, muy propio del intelecto de su autor

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E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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