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Terremoto limeño

Enviado el 27/09/2017

Dicen que Santa Rosa nos dejó una profecía, que un gran terremoto acabaría con Lima, y los barcos llegarían hasta la Plaza de Armas. Cierto o no, o si es una profecía copiada de las Alumbradas, nunca lo sabremos; pero, lo que es real son los movimientos sísmicos, y el último de gran intensidad sucedió en el año 1746, 129 años después de la muerte de Santa Rosa. Fueron casi 10 grados que acabaron con la vida de más de 6 mil personas, sólo en Lima; y donde el mar, se tragó al Callao.

271 años después, Lima vive su propio terremoto de informalidad, caos, y corrupción. Casonas antiguas y en mal estado, balcones a punto del colapso, edificios que rompen todas las normas técnicas de construcción, quintas clandestinas con pasadizos del ancho de una puerta, cerros y riveras de ríos abarrotadas de viviendas, puentes que se desploman, hazañas municipales inacabadas (bypass de 28 de Julio), vendedores ambulantes que acaparan todas las veredas y partes de la pista, y alcaldes que prefieren estirar la mano para no ver, y callar.

Caminar por el Centro de Lima y La Victoria debería ser considerado un deporte extremo: desde esquivar vehículos que no respetan las señales de tránsito, y encontrarse con centros comerciales que son monumentos a la imprudencia y a una muerte segura. Ir, por ejemplo, al centro comercial Polvos Azules, es toparse con basura acumulada, todo el día, en la avenida José Galvez; es, encontrarse con sillas y mesas en las veredas que impiden el paso libre, y vendedores ambulantes que ocupan toda la angosta vereda de Paseo de la República, y correr el riesgo de ser empujado o atropellado. ¿Por dónde evacúan las personas de los alrededores en caso de sismo?

El distrito de La Victoria, pese a no estar dentro de la lista negra de distritos peligrosos por el tipo de suelo; sí debería estarlo porque ahí, quien dirige el distrito, son el caos y la corrupción. Este distrito es el que más ingresos genera, pero del que los vecinos no obtienen ningún beneficio. A pocas cuadras de la Municipalidad de La Victoria, edificios construidos al antojo propio y sin seguridad, terminales terrestres en calles tan pequeñas que, si pasa el bus, mejor no salir de casa; y basura, basura, y más basura. ¿Qué hace el alcalde? ¿Qué plan de educación, anual, tiene para los victorianos? ¿Cuál es el plan de prevención en caso de sismo? ¿Qué plan tiene luego de ocurrido este? ¿Existe un alcalde en ese distrito?

Tantas preguntas sin respuestas, para tantos distritos y sus alcaldes. Y a esto sumarle la dejadez e irresponsabilidad, y el “hacer todo a último momento”, de todos nosotros, los limeños.  

Crecí en una familia católica, y todo el tiempo escuché la frase “Dios dice ayúdate, que yo te ayudaré”. Y después del último sismo ocurrido en México, tengo esa frase rondando en mi cabeza; y es que, qué hacemos los limeños para ayudarnos, si ni si quiera participamos de los simulacros. Una mochila no será suficiente, rezar no será suficiente, vestir de morado y aferrarse a un rosario no será suficiente. No necesitamos de profecías para saber que nuestras malas costumbres acabarán con esta ciudad.

Ayudémonos a ser mejores, y ayudémonos a sobrevivir. 

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