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1990: Fujimori presidente

Enviado el 27/09/2017

En las elecciones de 1990 el sociólogo Francisco Loayza, vinculado a la Dirección Naval de Inteligencia, se unió a la campaña de Fujimori apenas un mes antes de la Primera Vuelta.  Para ayudar al candidato a resolver denuncias de fraude fiscal, que hubieran afectado su participación en la Segunda Vuelta, Loayza llamó a Vladimiro Montesinos, un amigo abogado especializado en defender narcotraficantes, con contactos en el Servicio de Inteligencia (SIN) y en el Poder Judicial.  Además, y por órdenes del presidente Alan García, el general Edwin Díaz, jefe del SIN, prestó su apoyo al candidato.  Los sórdidos detalles de estas coordinaciones fueron presentados en el libro ‘El espía imperfecto: La telaraña siniestra de Vladimiro Montesinos’ (Lima: PEISA, 2003), de las periodistas de investigación británicas Sally Bowen y Jane Holligan.  De allí provienen los siguientes párrafos.

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“Mientras tanto [se resolvían los problemas de fraude tributario de la familia Fujimori], se afirma, Montesinos realizaba sus propios esfuerzos secretos para asegurarse de que Fujimori ganara.  Cierta tarde, poco después de su primera reunión con Fujimori, llamó a su amigo Pablo Escobar.  Tenía noticias que entusiasmaron al barón de la droga colombiana: había hecho gran amistad con el hombre que podría llegar a ser el próximo presidente del Perú, un ingeniero de origen japonés.  Según su hermano Roberto (apodado Osito), Escobar tomó en serio la evaluación, ya que consideraba a Montesinos «un tipo visionario con mentalidad futurista».  «Ese tipo piensa en todo y va un paso más adelante que nosotros», dijo.  Escobar y Montesinos concordaron en que llegar hasta el nuevo presidente no sólo otorgaría garantías a su negocio actual, sino que abriría nuevos horizontes para el futuro.

“La creciente participación de Montesinos en la política significaba que tenía menos tiempo para dedicarlo al negocio de la cocaína.  Escobar entendió esta situación y la aprobó.  Un día, sin embargo, recibió una llamada del Perú.  Era Montesinos, quien le explicó que su amigo Alberto Fujimori necesitaba dinero para la campaña.  «Pégame una colaborada», pidió.  No hay problema, respondió Escobar.  El monto solicitado fue de un millón de dólares en efectivo” (p. 114).

“De modo que, para no levantar sospechas, la transferencia del dinero no se hizo a través de Miami o Panamá.  Más bien, se prefirió seguir el procedimiento empleado para el acopio de la droga.  Escobar empaquetó el efectivo en varias cajas grandes de cartón que previamente habían contenido televisores (un millón de dólares, explicaría posteriormente Osito, ocupa mucho espacio) y la envió por avión desde Medellín.  En el norte del Perú, Montesinos recogió personalmente el dinero y, unos días después, el propio Fujimori telefoneó a Escobar para agradecerle, cuenta Osito.  Por su parte, Pablo Escobar estaba inusualmente amable y trató de «mi querido presidente» a Fujimori.  Hablaron unos 10 minutos sobre política y Escobar (según su hermano) le explicó a Fujimori que él también era un «liberal de pura cepa» dispuesto a erradicar la pobreza y la injusticia social.  Un día «seré presidente de Colombia y entonces nos encontraremos», se cuenta que le dijo.  Mientras tanto, prometió Escobar, sus aviones, dinero y contactos en Colombia estaban a disposición de Fujimori.  No fue ésa la única vez que Escobar y Fujimori hablaron, según Osito.  Sostuvieron dos o tres conversaciones más.  Escobar estaba fascinado con Montesinos por haber logrado establecer un contacto que consideraba sería de mucha importancia” (pp. 114-115).

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“No está claro si el regalo del millón de dólares de Escobar fue depositado, todo o en parte, en las cuentas de campaña de Fujimori, y tampoco se sabe en qué se gastó.  Pero la improvisada maquinaria electoral pronto cobró un gran dinamismo.  La actuación de Fujimori en la primera vuelta había generado una inusual esperanza en la mayoría de los peruanos comunes y corrientes, quienes no querían resignarse a que los gobernase Mario Vargas Llosa y su círculo (en opinión de muchos) de blancos ultraeducados y partidarios de la economía de libre mercado.  Con las demás alternativas fuera de carrera, los marginados del Perú apoyaron masivamente al inmigrante «marginal» con quien se podían identificar más fácilmente” (pp. 115-116).

“Por necesidad, Fujimori mantuvo imprecisos sus planes políticos futuros.  Evitó todo intento de comprometerlo, incluso dándole a su esposa Susana Higuchi el famoso encargo de que lo disculpase en la conferencia de prensa en donde debía presentar su plan económico: el candidato presidencial sufría de una intoxicación, tuvo que decir ella a la prensa.  Al mismo tiempo, los consejeros de Fujimori se habían embarcado en una serie de tácticas dilatorias con el objetivo de evitar el programado debate por televisión entre los dos candidatos presidenciales.

“El apoyo que Montesinos y Loayza brindaban a su candidato se extendió hasta los mínimos detalles, incluso su forma de vestir.  «Hay que recomendarle a Fujimori que vaya al debate con terno oscuro y medias oscuras», le dijo Montesinos a Loayza antes del crucial evento con Vargas Llosa.  «El Chino es capaz de ir con su terno celeste y medias blancas.  Es muy huachafo para vestirse»” (p. 116).

“Montesinos compartía la opinión general de que el escritor Vargas Llosa ganaría cualquier debate con Fujimori por knock-out.  «Al Chino le va a hacer pomada Vargas Llosa […] habla pésimo, se traba en todo», le dijo desdeñosamente a Loayza.  Sin embargo, el SIN trabajaba muy duro para preparar el discurso de Fujimori.  Montesinos hurgó en los archivos buscando cualquier información que pudiese usar contra Vargas Llosa.  El entusiasmo por el «dictador» Velasco y el revolucionario Fidel Castro que había tenido el novelista cuando era joven, la confesión de que había fumado marihuana en su juventud y los pasajes más candentes de su novela semierótica Elogio de la madrastra podrían emplearse para desacreditarlo.  Ejemplos de este último aspecto alimentaron casi a diario a la prensa.  Mientras tanto, la contracampaña del FREDEMO se concentraba en la falta de equipo y de programa de Fujimori.  El equipo de Vargas Llosa confiaba en que su candidato ganaría, indiscutiblemente, un eventual debate” (pp. 116-117).

“Pero el SIN tenía artimañas en reserva.  Montesinos hizo los arreglos para que los agentes del Servicio de Inteligencia se infiltraran en los mítines de Vargas Llosa, interrumpieran al orador y encabezaran las demás voces opositoras.  El gobernante partido aprista y la izquierda (cuyos candidatos habían sido derrotados en la primera vuelta) de buen grado se sumaron al coro en esos estridentes encuentros públicos.  En caso de que el debate público fuese inevitable, el SIN tenía un plan de contingencia: podía volar el control maestro y producir un apagón general en la capital.  Los apagones no eran infrecuentes, y éste podría haber sido causado por la voladura de otra torre de alta tensión por los subversivos, argumentaría el SIN.

“Alan García rechazó un pedido de Díaz, jefe del SIN, para que autorizara el apagón (se dice que comentó: «¡Si el Chino quiere ser presidente del Perú, tiene que tener pelotas!»).  El debate se realizó.  A pesar de todo, las otras técnicas dieron resultado.  Tal como se le aconsejó, Fujimori se dirigió a su oponente simplemente como «señor Vargas», en vez de usar el más habitual y sonoro título de «doctor Vargas Llosa».  Los argumentos realistas del Chino pronto impacientaron al novelista, quien fue percibido por la audiencia como petulante.  Después del encuentro, las encuestas de opinión hallaron poca diferencia en la evaluación popular de los dos candidatos; es decir, el debate había sido un triunfo relativo para Fujimori” (p. 117).

“A partir del debate, Fujimori se volvió imparable.  Las encuestas a boca de urna adelantaron con precisión el resultado de la elección.  Con el 57% del voto popular, frente al 33,5% de Vargas Llosa, el Chino era el nuevo presidente del Perú.  Cuando se presentó en el balcón del Hotel Crillón, en el centro de Lima, flanqueado por sus hermanos, Fujimori parecía tan modesto y todavía tan encantado con los resultados, que pocos peruanos fuera de las tiendas de Vargas Llosa le escatimaron el triunfo” (pp. 117-118).

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“Esa misma noche, Montesinos llamó a los hermanos Escobar a Colombia para darles la noticia.  A través del hilo telefónico, se le escuchaba algo bebido, recuerda Osito.  Montesinos explicó que estaban celebrando.  «Ganamos, somos presidentes», dijo, usando el plural.

“Montesinos no pudo asistir a la cena de celebración en el Lung Fung, el chifa favorito de Fujimori.  Después de todo, se suponía que era un colaborador clandestino.  Pero hizo sentir su ausencia de una manera desagradable.  Envió un mensaje urgente a Fujimori advirtiéndole de que no comiese o bebiese nada.  El SIN tenía información secreta, le dijo, de que el cocinero del chifa intentaba envenenarlo.  Efectivamente, según lo confirman otros invitados, Fujimori se abstuvo de tocar nada durante la comida.  Entretanto, Montesinos, carcajeándose, le contaba a su amigo Loayza el ardid que había usado.

“Era una técnica rentable.  Fujimori, ya presidente electo, se encontraba nervioso por su seguridad personal, y no sin razón.  Montesinos aumentó sus temores a niveles paranoicos, abrumándolo con rumores de conspiración e incluso complots de asesinato” (p. 118).

“En su condición de principal canal de la información que provenía del SIN, Montesinos pronto «puenteó» las reuniones del trío original e iba directamente donde Fujimori.  Cuando Loayza y Díaz vieron cómo crecía el papel de Montesinos, solicitaron otra reunión en el Lung Fung.  Ahí acordaron formalmente con Fujimori que Montesinos sería el hombre de enlace entre el SIN y el presidente electo, pero que seguiría subordinado a Díaz” (pp. 118-119).

“Pronto, sin embargo, Loayza fue desembarcado” (p. 119).  “Hacia fines de 1990, los despachos de la embajada de Estados Unidos en Lima informaban que Montesinos se había convertido en el «filtro» entre Fujimori y los militares.  Al igual que los civiles, que tenían que someterse al examen de Santiago Fujimori antes de obtener una audiencia con el presidente, el alto mando militar tenía que negociar su acceso con Montesinos” (p. 122).

Y esta sórdida y vergonzosa alianza entre Fujimori y Montesinos siguió a lo largo de toda la década de 1990-2000.

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