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La hora final: ¿Amor a ciegas?

Enviado el 27/09/2017

El estreno de la película “La Hora Final” de Eduardo Mendoza, ha coincidido con la declaratoria de héroes a los policías del Grupo Especial de Inteligencia que capturó al cabecilla senderista y la excarcelación  de Maritza Garrido Lecca, lo que ha suscitado un debate más centrado en evaluaciones políticas y morales del uso de la inteligencia como arma más eficiente que la represión indiscriminada en la derrota del senderismo y de las responsabilidades de los actores políticos centrales, cuando la prensa de derecha presiona a fondo por el indulto a AFF.

Por su parte, la crítica  cinematográfica ha examinado las técnicas narrativas y sus efectos en el producto final. Al respecto, Isaac León Frías, magister de la crítica cinematográfica en nuestro medio, se ha sentido decepcionado por “una linealidad simplemente acumulativa (se pasa de una escena a otra de manera algo mecánica), sin que se vaya creando una tensión emocional y una auténtica expectativa”. El que la historia real sea ya conocida no impide –es más, exige- que una recreación artística deba tener recursos para crear un suspenso en la historia o historias de manera que revivir emocionalmente los hechos fije determinada interpretación de su significado. De la misma manera, el que la película haya gustado al suscrito no impide que trate de hacer una evaluación más racional de sus virtudes y falencias.

Justamente el reto de Mendoza estuvo en desarrollar, sobre ese fondo histórico conocido, no un thriller –como supone Sebastián Pimentel- sino un drama verosímil y hasta épico de algo que probablemente fue más bien una cotidianeidad prosaica, frustrante, chata y hasta rutinaria del GEIN y que ha permanecido oculta porque el instante final de la captura recibió todos los flashes y todos los honores de la victoria. Un reto similar enfrentó García Márquez al narrar la anécdota de “Crónica de una Muerte Anunciada”, cuando desde la primera línea reveló el final. Su maestría estuvo en llevar al lector sin respirar durante 150 páginas hasta el final que ya conocía. ¿Logró Mendoza atrapar al espectador con las historias de Gabriela y Zambrano, más allá del interés de la platea en identificar a qué persona real corresponde cada personaje cinematográfico?

La película acierta al presentar con trazos gruesos la situación que vivía Lima a comienzos de los años 90 con el avance del senderismo “revolucionario” que mataba pobres, la pobreza multiplicada por la hiperinflación, la incertidumbre y el miedo que corroían a las familias, una prensa que machacaba las desgracias y los callejones sin salida a los que enfrentan los protagonistas. Sobre ese telón de fondo Mendoza intenta insertar los pequeños dramas que viven los policías Gabriela y Zambrano en ese infierno social. LHF me hizo recordar a esa magistral película de Bergman “El Huevo de la Serpiente” como visión totalizadora de un momento histórico en una sociedad determinada. Y aunque el Perú de comienzos de los 90 se parecía a la República de Weimar del 23, la distancia entre Mendoza y Bergman es evidente.

Para muchos, la historia de la policía ayacuchana con hermano terrorista puede parecer traída de los cabellos, cuando la realidad siempre agarra a puñetazos a la ficción, como que Sendero reclutó  inicialmente a jóvenes de familias huamanguinas contrarias a una ideología violentista, que continuaron sus vidas y hoy, si acaso lamentan sus muertes o encarcelamientos, lo hacen en medio de un pétreo silencio.  Esa ambigüedad emocional de Gabriela frente a su hermano y frente a la policía –esa reserva, esa parquedad y frialdad duplicada en la del hermano que Pimentel se equivoca al ver acartonamiento-  es un buen punto de partida del drama pero hay que admitir también que su desenlace dejó sin punto ciego a la historia. Punto ciego que es la fórmula del éxito de las obras maestras, al decir de Javier Cercas, y que en este caso la ambigüedad encubre y podría formularse de la siguiente manera ¿era Gabriela una policía sincera o más bien una infiltrada del senderismo?

Dada la tensión política que vivimos, la controversia suscitada, alinea a las partes a favor o en contra de la película in toto, siguiendo la dualidad blanco-negro que vivimos desde 1980, sin avanzar en descubrir las zonas grises de la historia de lo que ya sabíamos sobre el episodio de la captura de Guzmán que permitió el retorno de la paz, aunque no el arribo de la justicia social, que será algún día la base de la reconciliación entre peruanos. Una reconciliación que probablemente se suscite en medio de la oscuridad y por el impulso primario de la sobrevivencia, como la escena erótica entre Gabriela y Zambrano, tan antihollywood e innovativa, o la letra de la canción “Bandera” de Chicha Morais oída al final, que bien merecen una mención honrosa más allá de la diminuta estrella que le asigna León Frías.

Comentarios (1)

Excelente crítica! Muy buena

Excelente crítica!
Muy buena película, gran cierre con Bandera de Chicha Morais "..La patria no es el himno cantado en un estadio, ni esa cumbia peruana que hoy te pasan en la radio. La patria no es un pisco, ni un plato de comida, es esa herida en cada vida, es esa historia que todo el mundo olvida..."

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