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La república en llamas

Enviado el 28/06/2017

La ceniza es el humo que se deja tocar,

el fuego ya de luto por sí mismo.

José Emilio Pacheco, Ciudad de la memoria 

 

Hay tragedias que nos interpelan como sociedad. Lo ocurrido en Las Malvinas es una de ellas. 2 jóvenes han encontrado la muerte, de manera cruel, en un incendio. Víctimas de una práctica laboral esclavista y la corrupción que allana la informalidad más rampante.

Hoy miércoles 28, en que ya no hay más “desaparecidos”, sino cuerpos de víctimas, habría que preguntarse: ¿así nomás, pasamos la página? ¿No nos toca un sentimiento de luto?¿No merecen un minuto de silencio, un alto de sus/nuestros representantes?

¿O seguimos sin terminar de ser un “nosotros”? Frente a esas muertes, ninguna autoridad se ha acercado a sus familias para prometer justicia; ninguna ha llamado a la ciudadanía, como colectivo, a un gesto de reflexión y apoyo solidario…. Algunas personas se han organizado, espontáneamente, para asistir a los bomberos. Pero el Estado es un fantasma que deambula, casi tratando de eludir la penosa labor de aparecer, de liderar en la adversidad. Parálisis por falta de reacción, en unos casos, por sospechosos intereses, en otros.

Frente a los gestos débiles de las autoridades, la indignación se torna en desconcierto, en una vaga sensación de desolación. De desprotección.

El gobierno, debilitado, no parece haber tenido, frente a estos hechos, la reacción más importante y necesaria, la humanitaria. Esa que tuvo frente al Niño Costero. Apenas ha aparecido un ministro de Trabajo que, con exceso de formalidad, trata de “infracciones”. Lo ocurrido es un crimen, que primero y antes que nada, debe llevarnos a la más profunda indignación. Segundo, no hay que ser súper especialistas para saber dónde se encuentran casos parecidos. ¿Y si hacemos inspección ya mismo, por ejemplo, a las empresas agro exportadoras, donde hay denuncias de condiciones laborales de semi esclavitud? Pero, además de hacer -no prometer- más inspecciones serias, el Estado puede hacer más, con voluntad y creatividad. El abogado laboralista Ricardo Herrera, por ejemplo, proponía una iniciativa: que el Estado compre sólo a proveedores con un ISO Laboral. Aunque sea un poco más caro, simplemente no comprar a quienes no demuestren estándares suficientes de formalidad y derechos laborales asegurados. Si el propio Estado se despreocupa de quiénes se benefician con sus millonarias compras, ¿por qué habrían de hacerlo los privados?

Más comprometida aún es la actuación del alcalde de Lima, frente a la cual buena parte de la ciudadanía ya ha asumido como una suerte de fatalismo, como un poder extrañamente intocable. Así nos lo presenta la mayoría de medios de comunicación, los mismos que por mucho menos, ya hubieran linchado mediáticamente a su antecesora. La actuación de los inspectores municipales deja una sombra de serias sospechas. Sospechas que se suman a las que recaen en obras de esta gestión, como el Puente Talavera, el que “no se cayó, se desplomó”, o el By Pass de28 de Julio, que “no tiene grietas, sino rajaduras”.

También el Congreso deja dudas sobre su actuación. Frente al alcalde, al que han terminado citando, los representantes de la bancada mayoritaria pierden su a veces incontenida agresividad. Es más, a pesar de los trágicos sucesos, termina uno de sus representantes, Bienvenido Ramírez, animando al alcalde “a que siga trabajando (…) lo felicito por su gestión”. O sea, nos avisa que no pasará nada.

Ese mismo congresista Ramírez, el mismo día de la tragedia, acusaba al ministro Basombrío de “amante de la apología al terrorismo”, pues a su entender otra cosa no podía ser alguien que había escrito un libro sobre el “Movimiento obrero peruano”.  ¿No debería la bancada de Fuerza Popular dar unas disculpas a los trabajadores del país? Lo sorprendente es que nadie se haya adelantado a hacerlo. Que parezca normal.

Tampoco los empresarios parecen dar señales de cerrar filas contra esas prácticas criminales. Esa versión chicha del “emprendurismo”, que lo equipara con “desregulación” y rienda suelta a la “libertad creativa” del mercado, produce estos monstruos.

De nuevo nos topamos con la realidad de nuestra frágil institucionalidad. Con una nueva y dura evidencia de que la bonanza económica no es suficiente, por sí misma, para alcanzar mejores niveles de desarrollo, un desarrollo para todos. Para evitar una nueva “prosperidad falaz” las instituciones (políticas, sociales, económicas) importan. Y se encuentran debilitadas por la corrupción, la ineficiencia o la simple inacción por falta de decisión política. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Y se torna cenizas,  evidencia de aquel deterioro. 

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