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Perú: un nombre insensible

Enviado el 28/06/2017

"El Nombre del Perú" (Lapix Editores, 2016) de Raúl Porras Barrenechea hace un recorrido en busca de una precisión histórica, parte de la necesidad de lograr una precisión: registrar el momento exacto en que se usa la palabra Perú. Asimismo, busca despejar dudas a partir de su origen, a nivel etimológico. Ambas búsquedas, si bien loables van perfilando las limitaciones de un nombre y, sobre todo, las limitaciones de entender el valor simbólico y las complejidades sociales que ese nombre encierra.

“Perú”, desde el enfoque de Porras, es un término de disquisición erudita, de corrección gramatical, pero no una invitación a mirar políticamente el país. Es así notable ese contraste entre el contenido del texto y la portada de esta nueva edición. Y es que ese “Perú” por el que Porras se interroga no es el Perú indígena. Lejos de una preocupación por una realidad andina, Porras focaliza el pasado, no la actualidad, y más específicamente un pasado ensalzado por la leyenda, el mestizaje, el archivo, pero que ignora el espesor de problemas nacionales.

Porras advierte, siguiendo al Inca Garcilaso, que Perú se convirtió en una herramienta que cohesionaba las diferencias étnicas, marcadas por el territorio. De este modo, el nombre impuesto pasó a anular las diferencias. Nombre como estrategia de invisibilización. Un nombre mestizo, que busca, por lo tanto, la continuidad del mestizaje como una negación de alteridades identitarias en nombre de un crisol cultural, de una limitada inclusión multiculturalista.

El nombre es también esa mirada de maravillas, ese artificio de país, a partir de lo cual se acuñó una frase como “¡Vale un Perú!”. Porras concluye así que el nombre del Perú “es anuncio de leyenda y de riqueza, es fruto mestizo brotado de la tierra y de la aventura (…) Es la síntesis de todas las leyendas de la riqueza austral”. Esta concepción del nombre reproduce la idea de un país moderno, y por lo tanto es ideado o enunciado por un poder hegemónico, letrado que configura su propio espacio. Es el país de “esas gentes llamadas egregias o dirigentes [que] ignoraron y desdeñaron al Perú”, como diría Basadre en 1931.

Pero hay modos de existencia en el Perú que no se dicen con su nombre impuesto, otros nombres que no encajan con esa maravilla medieval (hoy diríamos con “Marca Perú”). Deleuze nos dice que “un individuo adquiere un auténtico nombre propio al término del más grave proceso de despersonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan enteramente, a las intensidades que le recorren”. Eso falta en este nombrar del país, nombrar de carencias, de ausencias, tan “yo” y tan patria, rótulo o figurita nacionalista. Hay como una sordera para escuchar esas voces que enuncian nombres de multiplicidades, intensidades. Es decir, aquello que no encaja con la historia de este nombre oficial.

Perú, unas letras que niegan realidades, posibilidades, cuestionamientos y cuerpos desde las naciones cercadas, los espacios racializados. Hay un nombre “Perú” para un sector, un color y una clase. En los entornos, las heterogeneidades hablan en un ejercicio que des-nombra aquel nombre imaginario. Perú, como diría Basadre, puede ser un registro de una historia en común, un nombre en común, pero en las grietas de esa historia hegemónica y consensuada, las singularidades exigen nombrarse a sí mismas. 

Perú es el nombre de un Estado, no de un pueblo. Estado, una herencia eurocéntrica.  Nietzsche comenta: “Estado, de los monstruos fríos, así se llama el más frío. Y es asimismo con frialdad que miente, al salir de su boca esta mentira: “Yo el Estado soy el pueblo.” Esta es la mentira”. Y el Estado crea la ficción de una familia, la historia, el nombre en común. Entonces pasa a nombrarse Patria, lugar de los padres y los hijos, perpetuidad de las ramificaciones de un árbol genealógico que no deja ver los interiores de las realidades. Perú-Estado-Patria, nombres para una organización espacial, afectiva, política, que configuran una identidad de nación colonial. Ser peruanos. La peruanidad.

En este sentido, el contra-nombre se enuncia desde el pueblo, con sus intervenciones del espacio (paros o huelgas), con sus muertes, con sus ejecuciones, que van diluyendo el gran nombre histórico “Perú”.  De este modo es posible des-nombrarnos. Y des-nombrar es salir de esas fronteras puristas de un decir castizo, esto es, de una racionalidad colonial. Al respecto, es importante mencionar esa discusión bizantina en la que cae Harry Belevan en el prólogo de esta edición. Para Belevan es incorrecto decir “Perú” y no “el Perú”. A través de ese margen se puede ver la vigencia de un pensamiento que divide entre lo erudito y “esa habla cotidiana tan atrozmente distorsionada en estos tiempos”, según este autor. Y esta habla cotidiana que pronuncia este “Perú” desborda lo gramatical; se enuncia desde la resistencia y vuelve al gran nombre, ese nombre insensible, un nombre concreto y político

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