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Los dos cuerpos del Presidente

Enviado el 30/04/2014

José Ragas

Para ser un país presidencialista como el nuestro, llama la atención el tan bajo perfil del actual mandatario Ollanta Humala. Se trata de una característica que ha sido tomada no siempre de manera positiva en estos años de su gobierno, especialmente por quienes le han reclamado una mayor presencia como Jefe de Estado en asuntos particularmente delicados con los que ha tenido que lidiar. ¿Qué tan particular es la actitud de Humala respecto de los demás ocupantes de Palacio de Gobierno? ¿Qué implicancias puede tener su bajo perfil en el manejo de los asuntos públicos y la legitimidad del Gobierno?

Existe una línea muy delgada entre un perfil presidencial moderado –que uno siempre agradece– y el quitar cuerpo a las tareas propias de un mandatario, entre las cuales se encuentra el representar al país y al Gobierno. No siempre es una línea clara, y esta ha ido cambiando de acuerdo a diversas circunstancias en estos doscientos años de vida republicana. En realidad, la imagen del presidente ha sido uno de los elementos articuladores de la expansión del Estado en el país y de la construcción de una legitimidad cívica entre ciudadanos e instituciones. El Presidente, pero sobre todo su imagen, ha cumplido la función de materializar conceptos a veces tan abstractos como la nación y a la vez de representar el alcance del Estado, en un país donde este ha sido tan esquivo para ciertos sectores de la población.

Para poder extender la legitimidad del Estado-nación que se ha ido construyendo en estas décadas se hacía necesario, entonces, multiplicar los símbolos del Estado y, principalmente, al Presidente. Un sello, el escudo patrio o cualquier indicador de los íconos de la nueva república en una hoja de papel cualquiera podían significar la diferencia entre un documento oficial o un simple papel. Lo mismo ocurrió con la imagen presidencial: se hacía imperativo que el Presidente estuviese en las oficinas del Estado, y que la población lo conociera. Un temprano indicio sugiere que esta tarea comenzó a mediados del siglo XIX, cuando se entregó un retrato del Presidente Castilla a un grupo de pobladores de tribus amazónicas que llegaron a Lima a solicitar protección contra tribus enemigas.

Si bien la imagen presidencial circuló profusamente, especialmente en el siglo XX, ¿qué podemos decir sobre su presencia física en el país? Aunque no tenemos data que permita medir sus viajes al interior (como sí por ejemplo al extranjero), mi percepción es que esta presencia se ha ido diluyendo en estas últimas décadas. Es probable que los ciudadanos hayan podido tenido más opciones de ver al Presidente cuando este no era aún Presidente; es decir, en las campañas electorales. Estas posibilidades podían incrementarse de manera siniestra si dicha localidad sufría algún desastre natural. Esta fue una práctica que se inició en el siglo XIX, cuando con motivo del terremoto ocurrido en Arequipa en 1868, el Presidente se desplazó a dicha ciudad a evaluar los daños. Un viaje similar, aunque más complicado, fue realizado por el Presidente Manuel Prado Ugarteche cuando ocurrió un aluvión en la Cordillera Blanca.

Lo cierto es que esta imagen presidencial se ha ido construyendo y adoptando diversas formas en estos dos siglos. Desde los retratos presidenciales que adornan los muros de las oficinas públicas hasta usos menos oficiales, como las caricaturas, las piñatas, los muñecos que se queman en protestas o festividades o los que se exhiben en ambientes más íntimos cuando algún miembro de la familia se tomó una foto con algún presidente o ex-presidente. Todo esto forma parte de nuestra cultura política y de cómo incorporamos al mandatario de turno en la cultura popular. Un análisis más detallado de esta imagen puede explicar ciertos problemas de larga duración, que vayan más allá de la coyuntura electoral, como el pacto entre población y Estado, así como la legitimidad de Palacio de Gobierno como mediador efectivo en caso de situaciones de riesgo. Si bien Humala no ha llegado al nivel de la incontinencia mediática de su predecesor García, o de tenernos al borde del infarto cada vez que aparecía Toledo (al punto que se le pidió dar un paso al costado), a veces me da la sensación de que Palacio es una extensión de la Casa Matusita, o que él mismo Humala ha puesto el piloto automático y espera el fin de su periodo, como quien espera la hora de salida del trabajo.
 

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E INDUDABLE QUE MENDOZA NUNCA HA APORTADO NADA AL SISTEMA DE ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA, NADIE ENTENDIO PORQUE EL CNM LO NOMBRO SI NO TENIA NI APTITUD ACADEMICA NI CAPACIDAD SOLVENTE PARA SER MAGISTRADO, SIN EMBARGO SE LE NOMBRÓ MAGISTRADO SUPREMO Y NUNCA A PODIDO REALIZAR UNA GESTION IMPERECEDERA, ES UN LASTRE QUE SE LE HAYA DESIGNADO MINISTRO DE JUSTICIA Leer más >>
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