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Recordemos el año 1990: primera vuelta (2da parte)

Enviado el 30/08/2017

El candidato derrotado en las reñidas elecciones de 1990, el escritor Mario Vargas Llosa, compuso un libro de memorias sobre esta campaña política, que terminó de escribir en febrero de 1993.  Es su evaluación sobre esa intensa experiencia.  El libro tiene la ventaja de haber sido escrito al poco tiempo de los sucesos que narra, cuando aún no se conocían a cabalidad los detalles ocultos detrás de varios de los participantes en esa contienda electoral.  El novelista nos ofrece, por tanto, una perspectiva “vivencial” del proceso histórico experimentado.  De particular interés es la forma como Vargas Llosa recordaba haberse enterado, 10 días antes de la elección, de quién sería su principal contendor.  De estas memorias, tituladas ‘El pez en el agua’ (Lima: Santillana, 2010), provienen los siguientes párrafos.

*          *          *

“Me preparaba para salir a aquel mitin [en el Cuzco] cuando me llamó [mi hijo] Álvaro, desde Lima.  Lo noté muy agitado.  Estaba en la oficina del Comando de Campaña, con Mark Malloch Brown, Jorge Salmón, Luis Llosa, Pablo Bustamante y los analistas de las encuestas.  Acababan de recibir la última y se habían llevado una mayúscula sorpresa: en los barrios marginales y pueblos jóvenes de Lima --el 60 por ciento de la capital-- el candidato Alberto Fujimori había despegado en los últimos días de manera vertiginosa, desplazando en las intenciones de voto al APRA y a la izquierda, y las indicaciones eran que su popularidad crecía «como la espuma, minuto a minuto».  Según los analistas, se trataba de un fenómeno circunscrito a los barrios más pobres de Lima y a los sectores C y D; en los demás, y en el resto del Perú, se mantenía la correlación de fuerzas.  Mark consideraba el peligro muy serio y me aconsejaba suspender la gira, incluido el mitin del Cusco, y regresar a Lima en el acto, para, desde hoy y hasta las elecciones, concentrar todos los esfuerzos en los distritos y barrios periféricos de la capital a fin de atajar aquel fenómeno” (pp. 483-484).

“Le contesté a Álvaro que estaban locos si creían que iba a dejar plantados a los cusqueños y que volvería a Lima al día siguiente” (p. 484).

“En la noche, a la hora de la cena, en el Hotel de Turistas, pregunté quién era y de dónde venía este Alberto Fujimori que solo a diez días de las elecciones parecía comenzar a existir como candidato.  Hasta entonces no creo haber pensado una sola vez en él, ni haber oído a nadie mencionarlo en los análisis sobre el proceso electoral que hacíamos en el Frente y en el Movimiento Libertad.  Había visto alguna vez, al paso, los ralos carteles del fantasmal organismo que inscribió su candidatura, cuyo nombre, Cambio 90, parasitaba un lema nuestro --El gran cambio en libertad-- y fotos pintorescas del personaje cuya estrategia de campaña consistía en pasearse en un tractor, a veces con un chullo indígena sobre su cara oriental, repitiendo un eslogan --Honradez, Tecnología y Trabajo-- que contenía toda su propuesta de gobierno.  Pero ni siquiera como excentricidad folclórica este ingeniero de cincuenta y dos años, hijo de japoneses, de apellido duplicado --Fujimori Fujimori-- se llevaba el cetro entre los diez candidatos a la presidencia registrados por el Jurado Nacional de Elecciones, pues en este dominio lo derrotaba el señor Ataucusi Gamonal o profeta Ezequiel” (p. 485).

“Al regresar a Lima, en la tarde del 30 de marzo, me encontré con una noticia curiosa.  Nuestro equipo de seguridad había detectado una orden dada la víspera por el presidente Alan García a todas las Corporaciones Regionales de Desarrollo de que, a partir de este momento, reorientasen su apoyo logístico --transportes, comunicaciones y publicidad-- de la candidatura aprista de Alva Castro a la de Cambio 90.  Al mismo tiempo, desde ese día todos los medios de comunicación dependientes del gobierno y afines a García --sobre todo el Canal 5, Radioprogramas, La República, Página Libre y La Crónica-- comenzaron a levantar de manera sistemática una candidatura que, hasta entonces, apenas mencionaban. […] ¿Era el candidato del chullo y el tractor un epifenómeno de Alan García?  En todo caso, Mark Malloch Brown estaba inquieto.  Las encuestas flash --hacíamos una diaria, en Lima-- confirmaban que en los pueblos jóvenes el «chinito» crecía a un ritmo veloz” (pp. 486-487).

 “¿Quién era?  ¿De dónde salía?  Había sido profesor de matemáticas y rector de la Universidad Agraria, y, como tal, presidió en una época la Asamblea Nacional de Rectores.  Pero su candidatura no podía ser más endeble.  Ni siquiera había conseguido llenar los cupos de senadores y diputados en su lista.  Entre sus candidatos había muchos pastores de iglesias evangélicas, y eran todos, sin excepción, desconocidos.  Después descubrimos que había incluido entre ellos a su propio jardinero y a una adivinadora y quiromántica, embarrada en un proceso de drogas, Madame Carmelí.  Pero la mejor prueba de la poca seriedad de la candidatura era que el propio Fujimori figuraba, también, como candidato a una senaduría.  La Constitución peruana [de 1979] permite esta duplicación, de lo cual se aprovechan muchos aspirantes parlamentarios que, para conseguir mayor publicidad, se inscriben a la vez como candidatos a la presidencia.  Nadie con posibilidades reales de ser presidente postula al mismo tiempo a senador, pues ambos cargos son incompatibles, según la Constitución” (pp. 487-488).

 “Aunque no anulé todo el resto de las giras programadas para los últimos días --Huancayo, Jauja, Trujillo, Huaraz, Chimbote, Cajamarca, Tumbes, Piura y Callao--, hice, casi todas las mañanas, antes de partir a provincias, recorridos por los pueblos jóvenes de Lima donde Fujimori parecía más asentado, y una serie de spots televisivos, conversando con gentes de los sectores C y D, que me interrogaban sobre los puntos de mi programa más atacados.  Con el flamante apoyo de los aviones y camionetas del gobierno, Fujimori comenzó una serie de recorridos por provincias, y las informaciones mostraban, en todos sus mítines, una gran asistencia de peruanos humildes a los que el «chinito» del poncho, el chullo y el tractor que atacaba en sus discursos a todos los políticos parecía, de la noche a la mañana, haber hechizado” (p. 488).

“El viernes 30 de marzo, el nuevo alcalde de Lima, Ricardo Belmont, endosó mi candidatura.  Lo hizo desde mi casa de Barranco, luego de una conversación que fue para mí muy instructiva.  El despegue de Fujimori lo había puesto muy inquieto, porque aquel no solo repetía todo lo que Belmont había dicho en su campaña municipal --«no soy un político», «todos los políticos han fracasado», «ha llegado la hora de los independientes»--, sino que los comités de su propia organización, OBRAS, en los barrios marginales de Lima, habían comenzado a ser fagocitados por Cambio 90.  Sus locales cambiaban de banderas y los carteles con su cara eran reemplazados por otros, con la del «chinito».  Para Belmont no había la menor duda: Fujimori era una creación del APRA.  Y me contó que el ex alcalde aprista de Lima, Jorge del Castillo, había tratado de que incluyese a Fujimori en su lista de regidores, algo que él no hizo por ser aquel un ilustre desconocido.  Seis meses atrás [en noviembre de 1989], el postulante presidencial de Cambio 90 solo aspiraba a ser concejal de un municipio” (pp. 488-489).

“El día 3 de abril hubo […] [una] buena nueva [que] fueron los resultados de la última encuesta nacional que Mark y sus analistas Paul, Ed y Bill, me trajeron a la casa en la tarde de ese miércoles: me mantenía en un promedio de un 40 por ciento de las intenciones de voto y la arremetida de Fujimori, que abarcaba no solo Lima, también el resto del Perú --con la sola excepción de la Amazonía--, le quitaba votos sobre todo al APRA y a la Izquierda Unida, las que pasaban al tercero y cuarto lugares, respectivamente, en casi todos los departamentos.  El avance de Fujimori en los barrios marginales de la capital parecía contenido; y en distritos como San Juan de Lurigancho y Comas yo había recuperado algunos puntos” (pp. 489-490).

“La ley electoral no permite publicar encuestas los quince días anteriores a las elecciones, pero en el extranjero los diarios ya habían dado noticias de la sorprendente aparición en el último minuto de las elecciones peruanas de un dark horse de origen nipón” (p. 490).

“Yo no me sentía alarmado, como lo había estado los días de la proliferación publicitaria de nuestros candidatos parlamentarios --la que, en estas dos últimas semanas, se redujo a dimensiones menos estrepitosas--, aunque no podía dejar de pensar que entre ella y el fenómeno Fujimori había una relación de vasos comunicantes.  Este espectáculo de inmodestia económica había caído al pelo a alguien que se presentaba ante los peruanos pobres como otro pobre, asqueado de una clase política que nunca había resuelto los problemas del país.  Sin embargo, pensaba que el voto por Fujimori --el voto de castigo a nosotros-- no podría llegar a más de un 10 por ciento del electorado, el sector más desinformado e inculto.  ¿Quiénes, si no, podían votar por un desconocido, sin programa, sin equipo de gobierno, sin la menor credencial política, que casi no había hecho campaña fuera de Lima, improvisado de la noche a la mañana como candidato?  Dijeran lo que dijeran las encuestas, no se me pasaba por la cabeza que una candidatura tan huérfana de ideas y personas pudiera pasar frente al monumental esfuerzo desarrollado por nosotros a lo largo de casi tres años de trabajo.  Y, en secreto, sin decírselo ni siquiera a [mi esposa] Patricia, todavía albergaba la esperanza de que los peruanos me dieran ese domingo [8 de abril de 1990] el mandato para el «gran cambio en libertad»” (pp. 490-491).

Esta historia continuará.

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Hace poco estuve por Cajamarca luego de algunos años. Nunca habia visto a la ciudad tan fea. Un crecimiento desordenado e improvisado. Cero planificación o si la hubo fue muy mal ejecutado. Ni siquiera el centro histórico se salva ya de esa barbarie. Los patios de las casonas prácticamente han desaparecido. Construcciones de ladrillo sin tarrajear se han apoderado de ellos , tal como es el caso de las casas que rodeaban la plazuela de Belén. Las azoteas han remplazado los techos de teja y ... Leer más >>
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