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¿Cuánta memoria, cuánto olvido?

Enviado el 31/05/2017

Paseo que se transforma en fuga,

escape que se convierte en cita…

Rubén Blades, Ojos de perro azul

 

No hay duda de los enormes impactos que ocasionan las graves violaciones de derechos humanos sobre las personas que las sufren. De igual modo, cuando estos hechos son masivos, se daña a la sociedad entera. La violencia y sus efectos dejan una huella en la memoria individual y también en la colectiva. La forma que cobra dicha memoria (sus narraciones, imágenes, discursos) se construye con determinados contenidos, ocultando otros bajo el manto del olvido.

No resulta sencillo encontrar un equilibrio entre memoria y olvido. Juristas y especialistas abogan por la necesidad de una memoria histórica plena. El ciudadano común y algunos actores políticos a menudo optan por “pasar la página”, que es una manera de afirmar la necesidad de insistir en el recuerdo de hechos dolorosos.

¿Cuánta memoria debe mantener una víctima de la violencia? Vivir solo en el recuerdo trae consigo el riesgo de congelarse en la repetición del pasado; por ello, una determinada dosis de olvido es necesaria para retomar la vida cotidiana después de una experiencia traumática y rehacer el curso de la vida. Pero ¿cuánto olvido es admisible en las personas? ¿Cuánto olvido requiere una sociedad para superar la experiencia del horror?

Siempre he pensado que la mejor manera de orientarse en el complejo campo de la memoria consiste en dejarse guiar por lo que proponen las propias víctimas. Muchas voces en el país nos ilustran el derrotero. Esta vez quiero ilustrar este punto recurriendo a la novela Patria, de Fernando Aramburú, que ha recibido muchos elogios de la crítica especializada.

Esta novela sigue la historia de dos familias en un pequeño pueblo vasco, cuya estrecha amistad inicial se ve resquebrajada por la presión que los partidarios de ETA ejercen sobre el Txato, empresario acusado de explotador y traidor a la causa nacionalista. Su asesinato, a manos de un comando de aniquilamiento etarra, solo termina de consolidar el distanciamiento con la familia amiga y con el pueblo entero. Obligada a vivir en una ciudad distinta por años, el cambio producido mucho tiempo después, más aún luego del anuncio unilateral de cese al fuego por parte de la organización terrorista, motiva a la viuda, Bittori, a regresar al pueblo, y en ese movimiento, retornar a una historia que quedó suspendida con el asesinato cruel de su esposo.

La presencia de esta víctima y de su afán de memoria resulta incómoda en un pueblo que quisiera olvidar su antiguo colaboracionismo con la causa etarra. El cura del pueblo, don Serapio, encarna la voz de aquellos que quieren, a toda costa, evitar que se remuevan los hechos del pasado. La visita y, en nombre de una indeterminada voz colectiva, le conmina a alejarse nuevamente del pueblo: “Durante una temporada, hasta que las aguas vuelvan a su cauce y haya paz. Dios es misericordioso. Lo que has sufrido aquí te lo compensará en el más allá. No dejes que el rencor se adueñe de tu alma”.

La dignidad de Bittori, la memoria de su amado esposo asesinado, le impide aceptar los términos que le quieren imponer. Y reacciona describiendo su sensación de este modo: “Ya lo ves, las víctimas estorban. Nos quieren empujar con la escoba debajo de la alfombra. Que no se nos vea y, si desaparecemos de la vida pública y ellos consiguen sacar a sus presos de la cárcel, pues eso es la paz y todos tan contentos, aquí no ha pasado nada”.

Xabier y Nerea, hijos de Bittori y el Txato, intentaron reconstruir su vida tratando de alejarse de la tragedia familiar, poniendo (o imponiendo) distancia y silencio sobre el asesinato de su padre. Sin embargo, con el paso del tiempo llegaron a la misma constatación que su madre:

“- Algún día no muy lejano pocos recordarán lo que pasó.

- No te hagas mala sangre hermano. Es ley de vida. Al final, siempre gana el olvido.

- Pero nosotros no tenemos por qué ser sus cómplices.

- No lo somos. Nuestra memoria no se borra con agua a presión. Y ya verás cómo nos echan en cara a las víctimas que nos negamos a mirar hacia el futuro. Dirán que buscamos venganza. Algunos ya han empezado a decirlo.

- Molestamos.

- No te puedes figurar cuánto”.

Frente a estas demandas de olvido, de intentos de “pasar la página” frente al horror, se alza la enérgica respuesta de Bittori, cuya voz responde al impertinente pedido de silencio:

“- Escucha Serapio. Quien no me quiera ver en el pueblo, que me pegue cuatro tiros como al Txato, porque pienso seguir viniendo tantas veces como me dé la gana. Total, lo único que podría perder, la vida, ya me la rompieron hace muchos años. No espero que nadie me pida perdón, aunque, la verdad, ahora que lo pienso, me parecería un gesto bastante humano. Y termino porque se me está pasando la hora de comer. Dile a la persona que te ha mandado visitarme que no pararé hasta conocer todos los detalles relativos al asesinato de mi marido.

- Bittori, por el amor de Dios, ¿para qué hurgas en esa herida?

Y entonces le respondí:

- Para sacarle todo el pus que aún lleva dentro. Si no, nunca se cerrará”.

A veces, como en este caso, la literatura nos ayuda a redescubrir que siempre hay que volver a las víctimas, a sus propuestas de memoria y de olvido, para responder preguntas complejas sobre lo que debemos hacer con un pasado de tragedia como el vivido por nuestro país.

 

 

Twitter: @RivasJairo 

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