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¿Y si cambiamos el discurso sobre la informalidad?

Enviado el 31/08/2016

Si bien durante la campaña presidencial la informalidad no fue un tema central de los candidatos, quienes se limitaron a hablar generalidades al respecto, el discurso del ministro Zavala en el Congreso este pasado 18 de agosto presentó algunas de las medidas que implementará el nuevo gobierno para atacar este problema social y lograr seguir creciendo económicamente (a 5% anual). No es sólo por un tema de recaudación de impuestos, sino porque la informalidad afecta la productividad laboral y pone en riesgo la integridad de millones de personas que no tienen acceso a derechos laborales, ni tendrán una pensión digna en el futuro.

En el Perú, cerca del 75% de empleos son informales, tanto en el sector formal como en el informal. De acuerdo con Rentería y Román (2014), la economía informal está compuesta por el sector informal (unidades de producción no registradas en la SUNAT) y el empleo informal (trabajadores no registrados en SUNAT que no reciben ningún tipo de derecho laboral). Esta división analítica permite comprender, por ejemplo, que es posible tener trabajadores informales en empresas que están registradas formalmente.

El segmento más grande de estos empleos informales está conformado por trabajadores por cuenta propia (42% según cifras del INEI para el 2014), el otro 58% está distribuido entre trabajadores asalariados (37%), patronos o empleadores (5%) y trabajadores auxiliares (16%). Esto quiere decir que, lejos de la idea del informal como el microempresario que decide no registrarse porque la SUNAT le pone muchas trabas, gran parte de nuestros informales son personas que trabajan de forma independiente, como vendedores ambulantes, agricultores, pescadores, entre otros.

Si bien es usual que se haga referencia a “los informales” como una masa indiferenciada, estos no conforman un grupo homogéneo. Estos trabajadores pueden laborar en empresas formales o informales y, al mismo tiempo, ser dueños de negocios, ser trabajadores asalariados o independientes, o trabajadores familiares no remunerados. Dada su heterogeneidad, las razones por las que se mantienen en la economía informal son también diversas.

En un estudio que realizamos en el 2014 con mi colega economista, José María Rentería, encontramos que el 44% de los independientes del sector informal inició su actividad por necesidad económica. Asimismo, 1 de cada 4 no se registra en la SUNAT porque considera que su empleo es temporal, e incluso, 1 de cada 5 ni siquiera sabe si debería registrarse. Es decir, cerca de la mitad de los informales independientes lo son porque el mercado laboral es precario y no les permite salir del “modo de producción” informal.

Además, la informalidad no es solo un problema económico, sino que también afecta el bienestar de los trabajadores. Son los trabajadores informales los más insatisfechos con su vida y trabajo. Los trabajadores limeños consideran que la salud y las relaciones interpersonales son aspectos fundamentales para su bienestar; sin embargo, solo el 30.3% de los trabajadores encuestados señaló que su salud era buena. Esta situación es más crítica para los trabajadores asalariados e independientes del sector informal, quienes presentan menores niveles de satisfacción con su vida y empleo. La brecha entre lo que aspiran los trabajadores y su situación real, nos permite entender que tenemos un problema que escapa a la economía.

Los resultados de la encuesta aplicada en el estudio demuestran que lo importante del empleo no es solo ganar dinero, sino que trabajar está relacionado con otros beneficios, como las condiciones propias del trabajo y los beneficios o derechos adquiridos gracias a este. Por esta razón, las políticas públicas orientadas a enfrentar este problema deben considerar que la informalidad es, en realidad, un sistema de informalidades, cuyos sectores más precarios (los trabajadores asalariados e independientes) no se benefician de medidas orientadas a abaratar los costos de la formalidad, tal como se intentó hacer con la ya derogada “Ley Pulpín”.

La economía informal se reducirá en la medida en que se logre homogeneizar las productividades de los distintos sectores, en particular de aquellos más intensivos en empleo, que paradójicamente son los que tienen las productividades más pobres. Igual de vital es mejorar la calidad y uniformizar el capital humano de los trabajadores a través de programas educativos efectivos y de coordinación con el sector privado.

Como todo problema estructural, sólo será posible resolverlo con un trabajo continuo de largo plazo. Por esta razón, es importante que el ministro Zavala haya planteado en su discurso medidas que, parece, entienden la multidimensionalidad de este problema. No obstante, es importante cambiar el discurso y hacer entender al sector público, privado y a la población en general que las medidas para reducir la informalidad deberán corresponder a las realidades, necesidades y condiciones de los distintos trabajadores informales.

Andrea Roman Alfaro pertenece a la Plataforma Comadres, espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.

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