Opinión

Citar a Marx sin usar su método

Por Sebastián Sarapura Rivas

Licenciado en Historia por la Universidad Federal de la Integración Latinoamericana y candidato a magíster en Historia Económica por la Universidad de São Paulo.

Citar a Marx sin usar su métodoFoto: Presidencia de la República

Crítica a una pésima caracterización del campo peruano y sus dirigentes

En dos columnas publicadas recientemente en Diario Uno, Juan Pablo Ballhorn se propuso la encomiable tarea de caracterizar el papel del ex presidente Pedro Castillo en clave marxista. No nos parece algo menor que en medio de la hegemonía ideológica neoliberal que caracteriza a nuestro país, un diario de circulación nacional admita publicar un escrito que se adscribe abiertamente a la corriente político-intelectual que más censura y marginalización ha sufrido por parte del establishment académico e intelectual peruano. Rescatar esta perspectiva, sin embargo, puede convertirse en un ejercicio inocuo —e incluso contraproducente a sus propios fines— si es que en vez de superar el método que caracteriza a las ideas de la clase dominante, se lo termina reproduciendo (¡eso sí!) con jerga marxista. Esto es lo que esencialmente define a los escritos de Ballhorn. Lo que en otras palabras equivale a citar a Marx sin usar su método.

El raciocinio del columnista del Diario Uno se caracteriza por establecer analogías y contrastes entre la experiencia histórica peruana reciente y procesos tan disímiles como el fenómeno bonapartista y las insurrecciones campesinas en Alemania estudiadas por Engels. Como se sabe, procesos de “apenas” algunas pocas centurias atrás en la historia. Mostrando un nulo interés en presentar datos concretos sobre la realidad peruana, el autor intenta explicar la vacilación política de Castillo, su ausencia de programa y los servicios prestados a lo que denomina “Gran Burguesía Financiera” (GBF) como un resultado inherente a sus orígenes “pequeño-burgueses” y “campesinos”. Esto va de la mano de forzadas comparaciones entre Castillo y Napoleón III o Thomas Münzer, que poco o nada sirven para entender la lucha de clases en el Perú y que no pasan de ser recursos retóricos.

Afirmar el carácter conservador de Castillo por sus “orígenes” de clase (y, nada más y nada menos, ¡de todo el campesinado peruano!) no pasa de una premisa sin mayor demostración. Lejos de reproducir lo concreto por la vía del pensamiento, de escudriñar las determinaciones del fenómeno y penetrar en su esencia; los textos de Ballhorn se limitan a forzar la realidad para encuadrarla en un marco teórico exterior a la misma; esto último, un procedimiento extendido en las ciencias sociales conservadoras, sometidas a la lógica formal y ajenas al método de investigación y exposición propuesto Marx.

Con su intervención, flaco favor le hace a quienes desde la izquierda intentan tomar un posicionamiento crítico frente a Castillo. No sorprende, por tanto, que, a causa de su endeblez, el texto de Ballhon termine siendo aprovechado por los partidarios del presidente depuesto para reivindicar la figura del caudillo, contribuyendo con esto a mantener la confusión entre quienes todavía no definen una posición al respecto de cuestiones como la restitución de Castillo en la presidencia. Como advertía Marx al referirse irónicamente a la conciencia fetichista del capitalista individual: el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Aunque podríamos remitirnos a múltiples eventos de la lucha de clases en nuestro país donde el “campesinado” tuvo un papel protagónico y nada conservador o, tal vez, referirnos a revolucionarios carentes de orígenes proletarios, creemos más esclarecedor ensayar una caracterización del lugar que hoy ocupa la población rural en la acumulación del capital a partir de una aproximación a la data disponible. A pesar de que el último censo agrario se realizó hace más de diez años, el mismo puede servir para el reconocimiento de algunas tendencias, en tanto la política agraria de los sucesivos gobiernos no se ha modificado en nada sustancial.

De acuerdo con los datos del último censo, el mayor número de trabajadores empleados en el sector agropecuario se encuentra en la sierra, con un total de 9 millones 197 mil 660 trabajadores. Lo que en términos porcentuales significa 45,7% del total. La sierra es seguida por la costa con 33, 0 % y la selva con 21,3%. En la sierra, 30 mil 804 son trabajadores permanentes, 5 millones 228 mil 472 son trabajadores eventuales, 2 millones 502 mil 726 aparecen como no remunerados y poco más de 1 millón 435 mil son catalogados como productores agropecuarios. Con estos datos, no sin limitaciones, podemos hacernos una idea del papel relativamente menor que tienen los propietarios de la tierra independientes frente a la masa de trabajadores rurales que mantiene vínculos laborales.

Considerando los datos sobre los productores agropecuarios, sin embargo, se hace evidente, que estamos lejos de una acomodada pequeña burguesía agraria. Lo que se nos presenta es, más bien, una producción agrícola de baja escala y productividad, que guarda estrecha relación los indicadores de pobreza encabezados por las regiones serranas. El campo peruano, especialmente en la sierra, presenta una estructura marcada por el minifundio. Así, Puno aparece como la región con el mayor número de parcelas con 807 mil 979, seguida por la región de Cajamarca con 532 mil 432, Ancash con 503 mil 432 parcelas y, finalmente, Cusco con 464 mil 453. En conjunto, estos departamentos agrupan el 44,9% del total de parcelas que existen a nivel nacional. En la sierra, de un total de 1 millón 407 mil 32 unidades agropecuarias, 1 millón 230 mil 593 (más del 87%) van de ¡0.1 a las 5 hectáreas!

Además, se debe tener en cuenta que el 40,7% de los productores agropecuarios complementan sus rentas vendiendo su fuerza de trabajo, sea dentro del mismo sector agrario o en otras ramas de la producción. En la costa más de la mitad de productores agropecuarios trabajan en agricultura, ganadería y pesca, el 18% complementa sus rentas en el comercio, y un 7% en construcción. En la sierra ganadería, pesca y agricultura ocupan al 43% de los productores agrícolas, mientras que 19% y 18% complementan rentas en el comercio y la construcción respectivamente. En la selva, el 66% de los productores complementan rentas en actividades extractivas, 11% en comercio y 8% en el sector construcción.

Esta información da cuenta de condiciones de producción bastante diferentes de aquellas que corresponderían a una clase conservadora y no proletarizada. La porción de propietarios de la tierra, y en general de la población rural, tradicionalmente identificados como campesinos, no es, en lo absoluto, autosuficiente en términos económicos y se ve compelida de forma recurrente a personificar la mercancía fuerza de trabajo, es decir, a vender su fuerza de trabajo ante la imposibilidad de reproducir su vida apenas de la explotación de sus parcelas y el comercio. Estos datos, demuestran que las movilizaciones que se han desarrollado a nivel nacional desde fines del año pasado han tenido un contenido fundamentalmente proletario, más allá de que la forma en que se presente sea “campesina” o se afirme en su condición de movimiento regional opuesto al centralismo capitalino.

Como se hace evidente, comprender el papel desempeñado por un dirigente político, así como las limitaciones de su programa, es un ejercicio bastante más complejo que limitarse a constatar sus orígenes campesinos. De otro lado, afirmar el carácter conservador de la población rural peruana, limitándose a citar autores marxistas, sin intentar desentrañar lo básico acerca de su reproducción no pasa de un ejercicio escolástico. Una vez que hemos constatado que en el campo peruano predomina una tendencia a la proletarización por la baja productividad de las tierras, particularmente en la región serrana, pero no solo en esta, se debe descartar la “tesis” que explica los límites de las movilizaciones recientes y de la izquierda peruana por una suerte de dirección y/o composición “pequeño-burguesa” y “campesina”.

La necesaria crítica a Pedro Castillo y el programa político que este defiende debe realizarse por otros caminos y no a partir de simplificaciones y esquemas teóricos exteriores a la realidad, que en nada ayudan al esclarecimiento de los trabajadores y el pueblo. Esa crítica pasa, entre otras cosas, por la superación de la agitación política que ve en la convocatoria de una Asamblea Constituyente la única alternativa a la descomposición política y social a la que nos ha llevado la clase dominante peruana y que (no casualmente), tanto el columnista de Diario Uno como el ex presidente Castillo defienden.