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Una publicación de la asociación SER

Mario Zolezzi: “Estamos ante un desborde popular inverso”

Omar Rosel

La pandemia del Covid-19 está generando profundos efectos en la realidad económica y social de nuestro país, entre ellos una gran oleada migratoria de retornantes de ciudades de la costa hacia la sierra, situación que ha colapsado la capacidad de los gobiernos regionales para dirigir un traslado con controles sanitarios, para evitar la propagación del coronavirus. Considerando que los efectos el Covid-19 tendrán larga duración y generarán falta de empleo en las ciudades costeras, es altamente probable que éstas oleadas migratorias hacia la sierra continúen, lo cual cambiará el rostro de la ruralidad y demandará nuevos retos al Estado para atender a esta población, tal como lo sostiene Mario Zolezzi, Sociólogo urbano e investigador del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, DESCO, a quien Noticias SER entrevistó para profundizar en el análisis de este tema actual.

¿Cuáles serán las características de la migración de retorno mientras dure la pandemia? 

Esta migración de retorno es de varios tipos. Una parte es producto de las migraciones temporales sin arraigo que ocurren, desde hace un par de siglos en el Perú, en los meses de verano, que empezaron con los llamados “golondrinos”, trabajadores de la sierra que bajaban a la costa a trabajar en el campo y el comercio. El típico caso actual es el heladero en las playas, para dar un ejemplo. Otro grupo responde a la voluntad de superar el corte radical que ha significado está cuarentena, son personas que por razones de abastecimiento, comercio, salud, trabajo temporal están en ciudades que no son de su residencia más o menos permanente. Y en tercer lugar están quienes buscan regresar para atender a sus familiares que requieren ayuda, principalmente personas mayores.

¿Considera que será un fenómeno permanente de abandono de las grandes ciudades?

Podemos suponer otras dos etapas de la migración dentro de la emergencia. Una compromete a muchos estudiantes de colegios, institutos, universidades, incluso postulantes que estaban  en ciudades distintas a la de su origen, y que ante las nuevas condiciones de educación a distancia por internet no tienen razón para estar lejos de su familia generando gastos de alojamiento y alimentación. La otra etapa será probablemente la migración de las personas y familias en búsqueda de refugio de largo plazo, principalmente a ciudades intermedias o semirurales donde tendrán más oportunidades y mejores condiciones de vida qué en los precarios asentamientos humanos de Lima y otras ciudades, donde viven hacinados, sin servicios básicos y con muchos costos para generarse ingresos o abastecerse en condiciones de restricción de la movilidad. Lo que ha ocurrido en los últimos 90 años, fue básicamente la litoralización de la población serrana, el traslado a la costa, porque antes éramos un país básicamente rural andino. Ahora quizá veamos una migración hacia ciudades intermedias de la sierra y la selva y no sólo huyendo de la pandemia, sino en búsqueda de oportunidades de supervivencia y de trabajo que no se van a conseguir en Lima por las eventuales restricciones a la generación informal de ingresos, la crisis laboral y la recesión económica.

¿Cree que cuando cesen gradualmente los efectos de la pandemia, los retornantes volverán a las ciudades de la costa?

No sabemos lo que va a pasar. Estamos hablando de una crisis que va a durar varios años y dependerá mucho de lo que hagan los municipios, así como las propias economías locales a donde llegarán. Además se trata de una generación que tiene otras ideas y otros retos. No son los migrantes de los años 40, 50 o 60 del siglo XX que respondían a un patrón de migración que ahora se altera sustancialmente.

¿Históricamente tenemos registros de experiencias similares o es un fenómeno único?

Tuvimos el Programa de Apoyo al Repoblamiento, que era el reasentamiento de población que huyó de sus comunidades en la época de violencia, pero es una experiencia muy pequeña. Otras formas de reasentamiento se han dado en la construcción de grandes proyectos mineros o en la construcción de carreteras, como la que conecta Recuay con Chavín que obligó a mucha gente a migrar a Barranca o Pativilca. Pero lo que sucede hoy producto de la pandemia es un fenómeno único por lo repentino y masivo.

Además de los riesgos sanitarios que pueden generar los retornantes, ¿qué impactos adicionales producirán en los lugares de retorno?

Diría con tristeza que el principal impacto será que llevarán el virus a zonas alejadas que estaban en aislamiento. Los hijos y los nietos de los comuneros que trabajaban o estudiaban en Lima y otras ciudades, regresarán en algunos casos con el virus. Se prevé un escenario duro y trágico en ese sentido. De otro lado, las familias retornantes que están habituadas a una vida urbana, aunque no tuvieran trabajo ni servicios de educación, salud y recreación, demandarán a los gobiernos regionales y locales, carreteras, infraestructura productiva, agua potable, servicios de desagüe y recojo de basura. Además llevarán la informalidad a esos sitios o incrementarán el trabajo callejero. Y siendo optimistas, quiero suponer que llevarán algo de innovación de algunos valores positivos de la vida urbana en un escenario de crisis y una fuerte recesión.

Vemos que el sector rural no cuenta con las condiciones para atender a los retornantes ¿qué retos nos plantea ese contexto?

El sector rural no está preparado para atender a los retornantes, lo que nos plantea un reto que no se ha querido asumir hace décadas, que es avanzar en el acondicionamiento territorial del país, que incluye la redistribución de la población, el fortalecimiento de los circuitos de mercados internos, la planificación para la prestación de servicios de salud y educación, sobre todo en función de las cuencas y de los valles, incluyendo las distintas jerarquías y las primacías urbanas. Estamos frente a lo que puede ser el comienzo de la repatriación provinciana, estamos ante un “desborde popular inverso”, algo que jamás imaginó Matos Mar.

¿Cómo evalúa lo que viene haciendo el Estado frente a la migración de retorno?

El Estado no está preparado para enfrentar la pandemia, y es muy pronto para evaluar lo que se está haciendo. Se requiere capacitación y asesoría a los municipios sobre este nuevo fenómeno social. Es una oportunidad para los gobiernos regionales que deberán tener una lectura atenta de éste proceso, aunque por ahora se han limitado a abrir padrones de migrantes, darles comida, buscar alquilar buses y hasta aviones como el caso de Arequipa, con personas infectadas dentro.

¿Qué papel deberían jugar los gobiernos regionales y locales en este proceso a corto mediano y largo plazo?

Lo primero es organizar el recibimiento de esta ola migratoria de los que huyen del temor y la pobreza y, apuestan por una nueva ruta de esperanza y una nueva forma de vida, como cuando se trasladaron a Lima y a las principales ciudades del país. En lo posible hay que cuidar a los más vulnerables de las familias de los retornantes, porque hay alto riesgo de contagio. La ley obliga a los gobiernos regionales a facilitar la movilización de la primera ola, que son los retornantes, pero eso sólo es el primer paso y deberán darse más. A mediano plazo hay que poner en práctica una descentralización sostenible y ese es un reto muy grande. Muy pocas regiones están preparadas y se necesita con más urgencia lo que siempre se ha demandado: mejorar la rentabilidad de la agricultura, atender la atención escolar, promover el empleo local, una industria menor, servicios, comercio, minería, y diversificar, porque lo que tenemos ahora es que el turismo cayó a cero. El problema principal es que los gobiernos regionales y municipios son entidades endebles, principalmente los municipios más pequeños del interior del país, que no tienen capacidad de planificar mirando hacia el futuro que hoy es incierto para todos.