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Una publicación de la asociación SER
Cusqueño de nacimiento. Con estudios de Filosofía y Ciencias Religiosas en el Instituto Libre de Filosofia y la Universidad Ibero Americana (México,D.F). Diplomado en Antropología en la PUCP.

Iglesia Católica Peruana: La urgencia de conocer la verdad

“El que obra mal odia la luz” señala San Juan en su Evangelio y por consiguiente el que obra bien, ama la luz, porque finalmente el mundo existe gracias a la voluntad divina. Por ello, deseo invitar a la prensa libre y responsable, para que investigue y así ayude a los fieles de la Iglesia católica, para que se haga luz sobre algunos personajes controversiales de la Iglesia peruana. Somos laicos y somos ciudadanos que tenemos derecho a la verdad y la transparencia de nuestras autoridades.

Conozco algo de la vida de nuestra Iglesia, y por eso me atrevo a escribir sobre asuntos que la prensa y el poder judicial tendrían que investigar. El primero está relacionado a los vínculos políticos y económicos de algunos miembros de la jerarquía católica con el gobierno de Fujimori, del que fueron y siguen siendo defensores incondicionales. El cambio que dieron de ser opositores de la candidatura de Fujimori en 1990, a ser sus colaboradores más fieles, se debió precisamente a haber recibido cargos donde se disponía de abundantes recursos económicos y poder político. Lo que requiere investigación es, ¿cuánto dinero recibieron y en qué lo utilizaron?, y ¿de qué personas se rodearon?, para hacer lo que hicieron.

Así como hoy se descubre la red de corrupción tejida desde intereses económicos y políticos en contra del bien público, hay personas e instituciones de la Iglesia que se vieron envueltas en esa telaraña de poder y riqueza mal habida. Así como en la sociedad civil el daño es inmenso, de igual manera dentro de nuestra Iglesia es un verdadero escándalo y una falta muy grave. Algunos miembros de la jerarquía en vez de destinar los bienes de la Iglesia -que no son suyos- a favor de la educación o de los pobres, se beneficiaron económicamente o los destinaron a fines nada urgentes. No quisieron “ser pastores que huelan a oveja” como pide el papa Francisco, por el contrario, usaron los bienes de la comunidad para la ostentación y el lujo. No les importó la pobreza ni la terrible violencia que sufrían los campesinos en aquellos años.

Lo segundo que habría que investigar es la relación de la jerarquía local con la adopción de niñas y niños ayacuchanos que fueron entregados a parejas que venían de Lima o de otros países. El arzobispado de Ayacucho y las congregaciones religiosas -a cargo de las casas o puericultorios- como las madres Hijas de Santa Ana, la Franciscanas “Centroamericanas” y la congregación peruana de las Canonesas de la Santa Cruz, tendrían que dar luz sobre los cientos de niños y niñas que salieron del país –con destino a Estados Unidos o Europa- ayudados precisamente por estas instituciones, donde se hablaba de dinero y de tramites no muy transparentes, porque los huérfanos no tenían quien los defendiera de estas transacciones a veces muy rápidas. Lo que es hoy la Dirección General de Adopciones, junto con el Poder judicial y la fiscalía de aquel entonces, son las instituciones que deberían ser investigadas.  Este es un tema en el que tenemos la obligación de conocer dónde y cómo están los cientos de huérfanos que salieron de las zonas declaradas en emergencia en esos años.

Un tercer tema son los vínculos de la iglesia con las fuerzas del orden en las zonas de emergencia. Se conoce que varios obispos y sacerdotes trabajaron como capellanes castrenses en instalaciones y cuarteles  del ejército, la marina y la policía donde se detenía, torturaba y desaparecía de manera sistemática sobre todo a jóvenes. Recuerdo que el año 1989, cuando ayudaba a una familia que buscaba a un hijo, llegamos a saber - por medio de unas prostitutas- de la existencia de un horno en el cuartel Los Cabitos de Ayacucho, hoy declarado santuario de la memoria. La información que recibimos fue “ya no lo busques, lo han bañado en brea y después lo han metido al horno a tu primo”. Igual teníamos conocimiento de la famosa Casa Rosada donde los ayacuchanos decían que se torturaba a los detenidos y sobre la que el cineasta Palito Ortega hizo una película. Y lo sabíamos, porque las familias que vivían cerca a ese local siniestro, hablaban de los gritos que se oían a ciertas horas de la noche.

La Iglesia tenía capellanes castrenses que visitaban las instalaciones militares donde daban servicios religiosos y sacramentales a los miembros de la marina, el ejército y la policía. Sería bastante fácil, conseguir la información de quiénes eran esos capellanes y quiénes sus obispos respectivos. Esta relación entre el poder militar y un número indeterminado de miembros del clero, tiene que ser aclarada. En Argentina, se ha logrado en parte, saber de esta horrorosa relación, pero en el Perú todavía no se ha empezado por que en nuestra sociedad se tiene miedo a “chocar con la Iglesia”.

Un cuarto tema que me parece clave es exigir verdad y justicia en el campo económico, donde muchos miembros de la jerarquía eclesial tuvieron autoridad para decidir sobre alquileres, compras y ventas de bienes de la Iglesia. Los fieles tenemos derecho a saber y a fiscalizar esos bienes que pertenecen a la comunidad eclesial, y no a las autoridades que están para administrarlos y ponerlos al servicio de los pobres en especial. Hay información fidedigna sobre compras y ventas de bienes de algunas congregaciones, y existe el caso de unas religiosas a las que se habría obligado a vender un colegio para ser entregado a gente allegada a dichas autoridades. De otro lado, según mi percepción, el conflicto por la Pontificia Universidad Católica habría sido precisamente por un interés de ese tipo. Asimismo el problema con el grupo religioso de Agua Viva, parece consistir en ambiciones materiales.

Incluso en el escándalo del Sodalitium que levanta tanta indignación por la pederastía denunciada, hay personas que podrían ser investigadas –con una posición poco evangélica- por no colaborar de manera efectiva para que se consiga que Figari y otros implicados sean llevados a juicio. En muchos de estos delitos está presente el interés por el dinero y los bienes de las víctimas. Los libros “Mitad monjes y mitad soldados” de Salinas y Ugaz y “Justos por pecadores” de Quiroz, nos dan una idea de éstos horrores, y nos muestran como “el fin justifica los medios”  de quienes con justificaciones religiosas han constituido “santas mafias” donde se roba, se expolia, se aprovecha y negocia. Y han terminado siendo los fariseos a los que denunciaba Jesús “bajo capa de largas oraciones y ayunos roban los bienes de la viudas y los huérfanos, les encanta ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en los banquetes”.

Finalmente recordemos que en las distintas escuelas espirituales se dice que, el demonio, lo primero con lo que tienta al hombre –religiosos incluidos- es con el deseo de riqueza material, una vez que el hombre es seducido, el segundo escalón de esclavitud al que se desea alcanzar, es el de recibir honores y fama, y “caer en todos los vicios”.  Muchos miembros de la Iglesia actual, están atrapados en ese laberinto y muy difícilmente quieran salir de él, por el contrario se convierten en servidores del poder económico y político, que usan y disfrutan. “Al buen entendedor pocas palabras”, dice el refrán. Muchos cristianos católicos se alejan de la Iglesia precisamente por este comportamiento nada coherente con el evangelio. El alejamiento y entrada en otras Iglesias de muchos laicos peruanos, se debe a esta corrupción que tiene al enemigo dentro. En esta misma línea, va el cobro indebido por la administración de los sacramentos.

Muchísimos religiosos varones y mujeres, viven cómodamente, seguros de sus bienes y beneficios. Tienen rentas e ingresos que les dan comodidades y un bienestar que no  tenemos la mayoría de peruanos, menos aún los pobres campesinos y nativos. No sienten ni ven la urgencia de justicia y fraternidad que gritan los verdaderos pobres de nuestro Perú. Mientras esto siga así, el evangelio que proclaman con la boca, es desmentido por su ejemplo, el cual desautoriza su prédica.

El famoso Concordato entre el Estado peruano y la Iglesia católica, es una muestra más de esta incoherencia que la Iglesia peruana no desea modificar, por lo menos hasta hoy, a pesar de los llamados del Papa Francisco, pero sobre todo de la moral más elemental, así como la presencia exigente de los pobres a quienes debemos servir. Sin embargo la esperanza no la perdemos ya que siempre Dios nos envía profetas y buenos pastores para que nos convirtamos y entremos por la vía de la vida verdadera para conseguir la libertad que nace del verdadero amor.