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Una publicación de la asociación SER

Lágrimas que no cesan

Diciembre de 2017. Acompañé a Ayacucho al equipo de la Dirección General de Búsqueda de Personas Desaparecidas, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Primero, reuniones varias en Huamanga. Después, visita a varias comunidades del distrito de San José de Ticllas.

En Huamanga, con el apoyo del Centro Loyola, participamos en una reunión con dirigentes de organizaciones de desplazados. Luego de que un funcionario de la mencionada Dirección explicó la labor que empezaban a realizar, intervinieron los líderes, en su mayoría mujeres. Ocurre entonces una escena que he observado muchas veces: empiezan a contar sus casos particulares, el de un padre, un hermano, un familiar desaparecido. Aparecen los detalles, las fechas, los lugares, los responsables… en algún momento del relato, la persona se quiebra. Aparecen las lágrimas. Se hace silencio. Las personas que están al lado – también víctimas o testigos de casos similares – intentan animarlo. Alguien alcanza un vaso de agua. Con algo más de calma, el relato continúa.

La misma escena la observamos días después en las comunidades de San José de Ticllas. He participado muchas veces en diálogos como este, y no dejo de preguntarme por qué, pese al tiempo transcurrido y a las múltiples intervenciones del Estado y otros actores de la sociedad civil con la población afectada por la violencia política, las víctimas siguen expresando dolor por acontecimientos ocurridos hace varias décadas, como si no los hubieran terminado de procesar internamente.

Pese a algunos esfuerzos realizados – aislados y discontinuos, hay que reconocerlo – lo que hemos hecho como sociedad y como Estado para aliviar y transformar este dolor es a todas luces insuficiente. Muchas personas continúan cargando el peso de recuerdos dolorosos. Y aunque el paso del tiempo y la vida cotidiana harían pensar que estas heridas ya no son importantes, basta un diálogo como el descrito para que se revivan y se desborden estos sentimientos dolorosos.

No está en mis capacidades ofrecer una explicación sobre la persistencia de estas memorias dolorosas. Intuyo que algo afecta a las posibilidades de reconstitución de la vida en otros términos, después de la vivencia de un hecho trágico. Sin embargo, me parece pertinente reiterar la necesidad de una estrategia integral de atención psicosocial que contribuya a la sanación del dolor que aún sienten los familiares. Una estrategia de este tipo puede comprender distintos niveles de intervención, como los que se mencionan a continuación:

  1. Intervención individual-familiar.Consiste en el acompañamiento psicosocial que se brinda a las víctimas y a sus familiares sobrevivientes. Implica un proceso de acompañamiento cuya duración variará según la complejidad de la intervención, y puede incluir acciones puntuales de contención en momentos críticos.
  2. Intervención grupal. Consiste en reunir a un grupo pequeño de personas que, de manera voluntaria, deseen vivenciar una experiencia de recuperación emocional. Requiere una metodología que permita, a lo largo de un conjunto de sesiones, trabajar y transformar los sentimientos de dolor y pérdida que experimentan las personas.
  3. Intervención comunitaria. Su implementación depende tanto del contexto como de la aceptación de la población que vive en una comunidad determinada, y su aplicación puede tener al menos dos posibles orientaciones: una para aquellas comunidades donde el trabajo de recuperación emocional requiera un ejercicio de memoria colectiva, considerando especialmente aquellas comunidades donde no se han realizado antes reflexiones de este tipo; una segunda orientación puede trabajarse en comunidades donde cualquier intervención traiga consigo el riesgo de reavivar fracturas intracomunitarias (por ejemplo, en lugares donde conviven perpetradores y víctimas sin que los resquemores que produce esta convivencia se hayan explicitado y resuelto del algún modo). En cualquiera de los dos casos, se requiere la aceptación de la comunidad y su implementación debe asegurar el concurso colectivo de la población, garantizando espacios diferenciados para propiciar la participación de las mujeres.

Iniciativas de este tipo son aún necesarias en el Perú, justamente para aliviar ese llanto que parece no cesar.

 

Twitter: @RivasJairo