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Una publicación de la asociación SER

¡Arica no se rinde!

Foto: Miluska Pizarro

Pablo Najarro Carnero

La voz que recorría de boca en boca en Arica los días previos a la ofrenda de los defensores del morro, era de valientes, de arrojados, pues sabiendo que todo esfuerzo era inútil ya que Lima los había abandonado, y sabiendo que la muerte era inminente, ellos se quedaron a defender el último bastión de la patria, liderados por el valiente Coronel Francisco Bolognesi.

Eran 21,000 chilenos contra un tercio de defensores. De locos esperar ganar sabiendo que toda defensa era imposible, tal como lo dijo el parlamentario Salvo al pedir la rendición.

Alguno dirá ¿Que tiene qué ver hablar de Arica hoy?

Aquí vamos atento lector. Hace no menos de una semana, un congreso obtuso entendió que podía interpretar las leyes según su soterrado parecer. Entendió que el ex presidente Vizcarra era un “incapaz moral permanente”. En forma rauda, el vacador aceleró el proceso y se nombró presidente del congreso y por defecto presidente del Perú. No duró una semana.

El pueblo salió a pesar de las voces autorizadas que decían que podían contraer el malhadado virus. Lo sabido era que se esperaba una segunda ola, la cercanía a otras personas era causa segura de adquirir el virus, la posibilidad de muerte era de suicidas – como los del morro – pero, vaya cosas del momento que vivimos, quienes salieron no fue el pueblo de siempre ni los partidos políticos. Salieron los jóvenes.

Aquí en mi tierra, Puno, los del SUTEP se quisieron aupar a la organización juvenil. De manera astuta se sumaron a la marcha y en su momento quisieron dirigirla. Los jóvenes los desdeñaron. Se empoderaron de su indignación frente a los gobernantes, frente a los de siempre, a los que no hacen nada.  

Pensamos – incluso yo – que esos jóvenes paraban más interesados en sus celulares, en sus juegos, en sus chateos, en sus tik toks. Que mal pensado he sido.

Volviendo a Arica. De verdad fueron suicidas, fueron arrojados. Arriesgaron sus vidas por el Perú. Usaron sus celulares y se autoconvocaron por todo el Perú. No salieron cien “gentitas”, no salieron mil, fueron miles en todo el Perú. Con mascarillas, cuidando la distancia, cantando, tocando músicas juveniles y protestando, pero también desafiando al covid-19.

El sistema que quería sostener a Merino a través de todos los medios, no auguraban noticias buenas. Decían que en quince días, cuando se incube el virus, ahí verían el daño que se hicieron por salir. Los mensajes eran ingentes.

Pero desafiando a la muerte, salieron. Ya lo sabemos. Se tumbaron al auto proclamado presidente. Han esperado a que asuma el vero presidente del congreso.

A dos no los mató el virus, los mató la prepotencia de los poderosos de siempre. Los mató esos ciento cinco congresistas que avalaron la ilegalidad. Los mató la corrupción que salió a defender con uñas, con perdigones, ese momento de gloria para defender a quien pusieron  en el poder como siempre les ha gustado hacerlo. Usaron como siempre a los inocentes policías para sus fines. Fue efímero menos mal.

Se les llama la generación del bicentenario. Se lo merecen. Bueno, algunos viejitos como yo, salimos en el anonimato. Con sana envidia. Mis respetos.

Ya juramenta Sagasti. Tenemos que seguir luchando por la verdadera democracia. Hay todavía en el congreso 105 hombres sucios que fueron puestos allí por los que ponen presidentes. De boca propia: la Confiep. Perdón por no cumplir la regla gramatical, se merecen el ninguneo.