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Una publicación de la asociación SER
Profesor Asistente en el Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile.

Belaúnde, balance pendiente

Legado político y espacio público: Acción Popular y Fernando Belaúnde Terry

Imposible no reconocerlo. Ese gesto gallardo con que me saluda la estatua al salir del Starbucks de la Residencial San Felipe hace innecesario siquiera leer la placa o preguntar a quién representa. Se trata, por supuesto, del Arquitecto. Y la estatua que me saluda es solo una de las varias formas de representación con que el Arquitecto se mantiene vivo en calles, parques y avenidas de la capital.

¿Es Belaunde la figura política más omnipresente en el espacio público limeño? Quizás no en general, pero sí es el expresidente que ha recibido más homenajes bajo la forma de estatuas y placas recordatorias. Porque además de la ya mencionada en San Felipe, donde su nombre se hace presente metros después en una placa que recuerda que la Residencial se construyó durante su gobierno, existe otra en el Museo de Arte de Lima, inaugurada el año pasado por el centenario de su nacimiento; y una más al interior de la Universidad San Ignacio de Loyola, develada en 2008 por la inauguración de su nuevo campus. Las calles, no obstante, le fueron más esquivas, ya que solo una lleva su nombre en Lima, de acuerdo a la Guía de Calles de Lima, privilegio que comparte con otro expresidente: Alberto Fujimori. Antes que ser simples elementos decorativos, estas estatuas, parques, calles y placas dicen mucho sobre la forma cómo recordamos a la clase política del país y cómo esta logra maniobrar –no sin tensiones– para perpetuar el recuerdo de ciertos líderes y desplazar el de otros.

En ese sentido, pareciera que Acción Popular (AP) ha logrado posicionarse exitosamente en el espacio urbano, lo cual pareciera contrastar con su performance en el plano político. Como los demás partidos, ha logrado articularse en torno a un líder carismático con una doctrina, sobreviviendo incluso a la muerte del mismo sin que nadie haya podido reemplazarlo, un problema que fue solucionado en el APRA cuando García llenó el vacío de Haya de la Torre. Asimismo, AP logró colocarse dos veces en el Gobierno (1963-1968, 1980-1985), sumándose a quienes consiguieron un récord similar en el último siglo: José Pardo Barreda, Augusto B. Leguía, Alberto Fujimori y Alan García.

Pero lo más importante es cómo se ha logrado construir la imagen de Fernando Belaunde Terry y mantener a flote al partido, ensalzando una serie de virtudes y características y relegando otras, quizás un tanto incómodas para la imagen de cualquier político. Belaunde Terry se yergue como un noble anciano, un patricio de cabello blanco rodeado de cierta majestuosidad –casi un Papa de la frágil democracia peruana– y cuya imagen cansada es el resultado de años de activismo y enfrentamiento a regímenes dictatoriales. No por casualidad, precisamente para incrementar el recuerdo del Belaunde combativo, se colocó en 2006 una placa frente a la Iglesia de la Merced, el mismo lugar donde en junio de 1956 fue derribado por el potente chorro de agua de un rochabús mientras se dirigía a defender su candidatura.

Si algo se extrañó en 2012, con motivo del centenario del nacimiento de Belaunde Terry, fue la falta de debate en torno a sus dos gobiernos. Si bien el primero generó una serie de expectativas en grupos de clase media y con un discurso que buscaba a su vez integrar a la población andina, su administración terminaría generando las condiciones para que nuevamente los militares se instalaran en Palacio, esta vez por doce años. Su retorno no fue más auspicioso, marcando el inicio del doble flagelo que asolaría al país a lo largo de la década. Las reacciones que tuvo no fueron las más adecuadas en momentos en que se necesitaban decisiones firmes, y su responsabilidad como Jefe de Estado al permitir que tanto la inflación como el terrorismo se expandieran es innegable.

Aun así, la imagen que se mantiene del Arquitecto es positiva y ha logrado salir no tan maltrecho como líder político, en parte por su presencia en el espacio público. Considerando que –con excepción tal vez de Valentín Paniagua, curiosamente de su mismo partido– ninguno de los demás expresidentes gozará de su mismo prestigio y mucho menos tendrá estatuas o parques con sus nombres que gocen de semejante aceptación popular, cada imagen de Belaúnde nos recuerda que continúa haciendo falta un balance de su legado político, tanto por parte de la sociedad civil como de su partido.