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Una publicación de la asociación SER

“Benditos”: ¿de qué hablamos cuando hablamos de fútbol?

La apuesta del periodismo literario del libro “Benditos. 13 historias no aptas para incrédulos2(Lima: Magreb 2018) escrito por Kike La Hoz y Renato Gómez,  resulta interesante porque hablan de fútbol, pero lo hacen también como una excusa para hablar de otras cosas. Las bajas tallas de los jugadores son también una forma de hablar de la desnutrición que se sufre en nuestro país. Como señalan los autores: “En el país que se empacha con sus ferias gastronómicas y con su cocina gourmet, la desnutrición crónica sigue siendo motivo de sonrojo. Por eso no debería sorprender que el Perú sea uno de los tres países clasificados al Mundial con menor estatura (178.3 cm), solo por delante de Japón (178.1 cm) y Arabia Saudita (176. 2 cm.) (96). Junto a los jugadores “con cuerpo de jockey”, está la historia de los héroes de color. Nuestro fútbol habla también del racismo y la forma como se crean los héroes y las historias heroicas en nuestra nación imaginada. Como han señalado La Hoz y  Gómez, tomando una cita de “La balada de un gol perdido” (1998) de Abelardo Sánchez León: “En el Perú, el ídolo está en estricta relación con la situación de postración y humillación de las mayorías sociales. El ídolo será, casi siempre, un cholo o un negro. El blanco podrá ser buen jugador, pero no un ídolo”. (40) Una hipótesis dura que sirve para contextualizar opiniones del padre de Claudio Pizarro en el capítulo tres, y el caso mismo de cómo la raza y la procedencia socioeconómica podrían ser un criterio que moldean al héroe que el Perú reconoce como propio.

La raza, entendida como un problema, ha cobrado particular notoriedad en el fútbol. Hace unas semanas en señal abierta, en horario familiar, “En boca de todos” un programa de América TV colocaba el siguiente subtitulo en su pantalla: "¿Cuánto deben gastar nuestros seleccionados para hacerse unos arreglitos y lucir como modelos en las figuras del Mundial?". Seguido, en la imagen aparecía un jugador de la selección con el tabique intervenido para reducir su amplitud y tener, como dijeron los comentaristas, “rasgos de blanco”. Ricardo Rondón, el presentador, estaba interesado en mostrar cuántas intervenciones eran necesarias en los rostros de los jugadores para que parezcan blancos. Sí, blancos. A la luz de este caso (y muchos otros, que no vamos a analizar), me pregunto, ¿por qué el ídolo, el héroe, es un sujeto que en realidad, fuera de la cancha es subalternizado y humillado? Un sujeto al que le miden la nariz, las orejas, y le hacen un riguroso análisis eugenésico en el que queda claro que la belleza significa blancura. Entonces, ¿cómo es esta heroicidad que aclama el peruano? ¿Acaso solo ocupa la cancha y los 90 minutos de juego? ¿Qué pasa con Christian Ramos cuando sale de la cancha? Deja de ser el que “da tranquilidad”, y se convierte en “la sombra”, tal como lo conocen. Y señalo el caso de Ramos porque en este programa, tuvieron la inefable idea de invitar a un cirujano plástico para que contara qué “arreglitos” necesitarían “nuestros jugadores”. Transcribo y cito:

Cirujano: “Él [Christian Ramos] no tiene mucho para hacer, porque por la raza tiene la nariz ancha y no hay mucho por hacer. Yo creo que con la nariz arreglada quedaría bastante bien. Con 2000 dólares podríamos ver cómo queda. Porque tiene bonitos rasgos y sus demás facciones son finas”. (Ricardo Rondón): “A ver, solo con ese cambio ¿cómo quedaría? ¡Woooww! ¡¡¡Parece un árabe!!!”

Es evidente que el poder económico, mediático, e incluso, el renombre y prestigio que han alcanzado los mundialistas peruanos, no les permite trascender el cerco colonial que crece saludablemente en nuestro país.  Claudio Pizarro no es el héroe del pueblo, tal como se colige de la cita de Sánchez León, pero sale en los catálogos de Saga Falabella. Es decir, en vez de ser un objeto de estudio –además expuesto a una amplia audiencia televisiva–, es un modelo. Es la forma de entender la diferencia, sea en este caso entendida como “raza” lo que nos interesa. Al respecto, Walter D. Mignolo señaló lo siguiente: “la diferencia colonial es el espacio en el que se articula la colonialidad del poder” (2000: IX). Aníbal Quijano, pensador peruano recientemente fallecido, exploró cuál era el lugar de la raza, como variable, en la matriz de la colonialidad del poder, es decir, en un enorme aparato productor de diferencias, entendidas estas, siempre, como jerarquías. Quijano ha sido claro al señalar que en nuestro continente, “la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista”. Lo que me parece interesante de su afirmación, es que él elabora sobre “la idea de raza”, no sobre una “raza”, a secas. Quijano habla de un constructo mental que es usado para dominar, para sostener y justificar el exterminio, los más crueles abusos y por supuesto, los despojos territoriales. En sus palabras, “la idea de raza y el complejo ideológico del racismo, impregnan todos y cada uno de los ámbitos de existencia social y constituyen la más profunda y eficaz forma de dominación social, material e intersubjetiva” (Quijano, 2000). Por ello, aunque todos griten los goles de Farfán o de Christian Ramos, y griten el himno de la blanquirroja, en realidad, están verbalizando el profundo problema del Perú ahí mismo, en el paradigma del grito unísono que revela las mil fisuras de un país al que le urge de tener héroes que lo salven (de sí mismo). No obstante, es cuando crean un héroe, y lo reconocen como propio, que lo rechaza. Y este rechazo es siempre, fuera de la cancha. Dentro, le son útiles, le son “héroes”.

“Benditos”, además de hablar de este tema, se interesa por meter el dedo en una herida que pasa de soslayo pero que sigue abierta: los hijos abandonados que ven en el juego, al menos, un lugar seguro para crecer. Los periodistas exploran la historia de varios de nuestros jugadores que crecieron con un apellido paterno que funcionaba más como un adorno que como una realidad cotidiana de apoyo y complicidad. Resaltan, como contraste, el trabajo duro de las madres, de las hermanas, de las abuelas, que estaban ahí, llevándolos a los entrenamientos, supliendo espacios y carencias de todo tipo. Del mismo modo, resaltan la importante la presencia de los mentores, de estos hombres grandes que de alguna forma reemplazan también a los padres ausentes y ayudan a los jugadores a entenderse mejor en ese mundo nuevo de la pelota y los 90 minutos. El caso del libro más emblemático, quizás por lo conmovedor, es el de Oscar Montalvo y Jefferson Farfán.

La historia entonces, de nuestro paradójico héroes, estos con cuerpo de jockey, menudos, racializados, invitados a estilizarse, abandonados por sus propios padres, fundadores de una épica muy particular, son la que Kike La Hoz y Renzo Gomez exploran a través de 80 entrevistas con psicólogos, psicólogos deportivos, ingenieros en biomecánica deportiva, y también, por supuesto, a través de un importante trabajo de archivo e investigación. Ellos han leído y nos invitan a leer los mapas mundiales de estatura, para recordamos con estos, que algo de genética hay en nuestra pequeña distancia que nos separa del suelo. La momia Juanita medía 148 cm y el Señor de Sipán 166 cm, digamos, soportan la versión de que además de la desnutrición está la historia. Este libro además teje literatura (narrativa de José Antonio Galloso, de Alonso Cueto, de Jorge Eslava, de Balo Sánchez León, de Villoro, por supuesto), con la literatura del fútbol misma, la que se escribe en la cancha. Y le suma un gran recuento por el folklore argentino y sus rituales.

Al final, cada historia, cada capítulo de este libro, más que contarnos sobre cada uno de los personajes que ahora mismo están haciendo historia, nos cuenta sobre las problemáticas históricas que enmarcan nuestro presente y nuestro pasado. Las problemáticas que nos hacen gritar, confundidos, contradichos, con una alegría maltrecha, por los goles de aquellos que, sabemos, son discriminados cuando acaban los 90  minutos. Este libro, además, sale de la cancha, y mira a los que los miran. Este libro se interesa por los hinchas, por los que hacen que la historia sea escrita, por los que se agrandan ante palabras tan duras como esta: “Marginación”. Véase sino el increíble caso del gran hincha del Rímac, David Chauca Quispe, un israelita del nuevo pacto, que con todo y su túnica, su barba, y su look que imita a Jesucristo, puso la bandera del Perú en Arica y se fue a ver entrenar a los futbolistas todos los días, todos. David ahora está en Rusia, con la selección, vestido con su túnica blanquirroja, aprovechando la entrada al partido contra Dinamarca y el pasaje que el alcalde de San Juan de Miraflores Javier Altamirano, le obsequió como premio a su fidelidad a la selección. Este libro es también sobre él, sobre los “incondicionales” que están ahí más allá de los triunfos o las derrotas, aprendiendo a pensar más allá de las pantallas que miden la raza con centímetros confunden belleza con eugenesia. Bendito entonces es David Chauca y también son benditas las madres, las hermanas, las abuelas, las que dan testimonio en este libro, y “Benditos” son todos los que aceptan ser diferente, y ser grandes.

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