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Una publicación de la asociación SER

Brasil: La victoria de la barbarie cultural

Y ocurrió lo más terrible. El triunfo electoral de un misógino, racista, homofóbico, xenófobo, antiambientalista, machista, anti indígena, belicista y amante de las dictaduras y justificador de las torturas, como es Jair Bolsonaro, el electo presidente de Brasil para los próximos cuatro años. Entre las causas más resaltantes se presenta el descontento y desencanto de importantes sectores de la población respecto a más de un decenio de gobierno de izquierda involucrado en graves actos de corrupción, en no haber encarado con más firmeza la lucha contra la pobreza y contra la inseguridad social, además de una indecorosa y millonaria campaña de mentiras contra la candidatura del PT, financiada por corporaciones empresariales brasileras y sostenida por importantes grupos religiosos evangélicos fundamentalistas. Un factor importante de estos dramáticos resultados es la ausencia del candidato más popular y carismático, Lula Da Silva, sentenciado por supuestos actos de corrupción. Como un hecho más a comentar (en política no hay coincidencias), es que el juez brasilero Sergio Moro, quien sentenció a Lula e impidió su candidatura, ahora ha aceptado ser el Ministro de Justicia del nuevo gobierno de Bolsonaro.

¿Qué implicancias tiene el éxito electoral de Bolsonaro para la cultura en Brasil? y ¿qué perjuicios irreparables pueden generarse si es que los pueblos y las instituciones democráticas no reaccionan a tiempo para evitar que se actúe con impunidad sobre los derechos más elementales del pueblo, y en particular de los sectores sociales más vulnerables?

Los éxitos en el fortalecimiento de la democracia y en la mejora sustancial de la calidad de vida no solo se miden con índices de crecimiento económico sino con la construcción y consolidación de valores y principios que refuerzan la tolerancia, el diálogo, la inclusión, la equidad, el reconocimiento de que no somos los únicos, sino que existen también los otros y otras. Esta aspiración de vida se encuentra fuertemente amenazada con el nuevo gobierno de Brasil.

Bolsonaro amenaza con la agresión y afectación de los derechos que las personas podemos tener frente a la orientación sexual, recurriendo a lo más oscuro y retrógrado del discurso homofóbico, aliado a los sectores más conservadores y fundamentalistas de la iglesia evangélica que posee un peso político e ideológico importante en Brasil. El discurso de odio, de enfrentamiento y de mentiras puritanas se está imponiendo transitoriamente frente a la razón y la convivencia humana.

Bolsonaro amenaza con extender la destrucción de los ecosistemas amazónicos, combatir a los activistas ambientales y a las comunidades nativas quienes con su resistencia histórica cultural han luchado persistentemente por la defensa e integridad de sus territorios y bosques, fundamento de su existencia como sociedades. A la par que su impresentable admirado Trump, se dispone a desconocer la agenda ambiental de Brasil y a retirarse del Acuerdo Climático de París. El temor de una Amazonía más plagada de invasores, motosierras, cargadores frontales, agroquímicos, transgénicos, carreteras y represas se hace inminente.

Bolsonaro amenaza con el retorno de un sistema dictatorial y represivo que tanto admira e idolatra, y lo ha catalogado como la solución a los males de inseguridad social que afectan severamente a Brasil, considerando que con violencia se eliminará este gran problema de la humanidad, que está más bien relacionado con la carencia de oportunidades que el propio sistema económico ha generado con su estructura de exclusión e inequidad. Violencia que podría llegar a situaciones impredecibles con la impunidad que suelen tener las fuerzas del orden para actuar sobre las poblaciones, y si además cumple con el ofrecimiento electoral de autorizar masivamente el uso de armas de fuego para que la gente se auto defienda, con lo aterrador que eso puede significar si recordamos los tristemente célebres escuadrones de la muerte u otras formas de grupos paramilitares.

Bolsonaro amenaza con extender su agresión a todo el importante y reconocido espacio de promoción de la cultura popular y democrática que ha caracterizado Brasil en los últimos años, porque según la estrechez e intransigencia de este personaje fascista, lo que él llama “marxismo cultural” intoxica y contamina las conciencias de las personas y destruye sus valores tradicionales. Que no sorprenda la intervención violenta a las universidades, instituciones culturales, centros juveniles, como práctica de la irracionalidad política de este gobernante que al igual que otros como Hitler llegó al poder, irónicamente gracias a esta democracia, que nos muestra sus limitaciones extremas cuando se olvida o neglige de otras formas tan o más importantes de hacer vida democrática.

Bolsonaro amenaza con ponerse al servicio de lo más irracional y salvaje del capitalismo, olvidando sus primigenios principios liberales. No les bastó a los grandes capitales ya haberse enriquecido lo suficiente en anteriores regímenes democráticos. Ahora, además, pretende hacerlo arrasando, aún más, derechos, territorios, ecosistemas y culturas. Bolsonaro será su instrumento para hacerlo. Hasta el proceso de integración económica propiciados desde el Mercosur, con todas sus limitaciones, se ve amenazado por la insensatez de una persona avalada por las corporaciones que apostaron millonaria y tramposamente por su triunfo. Habrá que hacer mucho para evitar que este sea el devenir de la globalización controlada por el capitalismo salvaje expresado en los Trump, Bolzonaro y otros que quizás vayan apareciendo.

Se puede decir que ahora y por ahora en Brasil ganó la barbarie antes que la democracia. Pero hay plena confianza que la verdadera cultura brasilera logrará pronto imponerse sobre la bestialidad y miseria social que pretende desarrollar Bolsonaro. Triunfará la cultura que se expresa en los Puntos de la Cultura constituido por miles de hombres y mujeres en los diversos Estados de Brasil, trasmitiendo arte, valores, costumbres de lo más profundo de la gente; en las activistas mujeres que se movilizaron por millones contra el misógino de Bolzonaro, exigiendo un derecho elemental a ser respetadas y tratadas por igual; en los otros millares de personas, hombres y mujeres que exigirán sus derechos de decidir sus orientaciones sexuales sin exclusión ni odio; en las capacidades intelectuales que brotan de las universidades brasileras, reconocidas por su solvencia y excelencia formativa; en las luchas de los pueblos amazónicos y de los activistas aliados a estas acciones, resistiendo por el derecho a sus territorios y a ser considerados como sociedades con sus propias formas de vida, conviviendo en tolerancia con otras sociedades.

Algo particularmente importante: es momento de aprender de los grandes errores del pasado; recrear la vida política sin los vicios de la corrupción, el clientelismo y la borrachera de poder; forjar ciudadanía y valores de tolerancia e inclusión desde las familias, los barrios y comunidades; construir instituciones sociales y políticas sólidas al servicio de la gente, no solo para ejercer gobierno sino para generar poder alternativo a todo nivel y en todos los espacios incluyendo las calles, el culto, la academia. Hay que seguir construyendo democracia de calidad.

Como señala Caetano Veloso, cantautor brasileño: “El Brasil que yo descubrí con mi padre, el que llevo en el corazón, no puede ser simplemente negado. No lo consiguieron 21 años de dictadura y no lo conseguirán ahora los bozales”.

Ahora más que nunca Brasil debe recordar y difundir los mensajes de su recordado pedagogo connacional Paulo Freire: “Mirar el pasado sólo debe ser un medio para entender con mayor claridad qué y quiénes somos, para poder construir de forma más inteligente el futuro”. Y “Respetar la diferencia es una de esas virtudes sin las cuales la escucha no se puede dar”

Creo que son millones de hombres y mujeres en el mundo quienes estamos por que Brasil retome, con aprendizaje y correctivos serios, su vida en democracia, inclusión y tolerancia. ¿La mejor forma de hacerlo? Desde nuestros propias realidades, como las que ahora en Perú estamos viviendo, con esa suerte de descomposición política a la que nos han conducido quienes han tenido el control de las instituciones públicas y el rumbo económico sustentado en buena medida en informalidad, corrupción y criminalidad, expresado claramente, pero no solo, en el fujimorismo. A su vez, se debería reconocer la complicidad y complacencia de muchos, quienes quizás hemos hecho muy poco para revertir ese estado de cosas. Evitemos más Bolsonaros y participemos en la construcción de una nueva institucionalidad democrática, política y social para el Perú, incluyendo la elaboración de nueva Carta Magna.