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Una publicación de la asociación SER

Carlos Boloña Behr

Ha muerto el creador del “modelo económico” que tantas satisfacciones dio a Alberto Fujimori, a sus grandes beneficiarios y también, hay que decirlo, a sus sucesores; aunque la pretensión de consagrarlo como el único que nos llevará a las puertas de la OCDE y al que solo se opondrían los simpatizantes de Sendero, es a estas alturas ridícula, cuando tenemos los procesos Lavajato y Lavajuez en pleno desarrollo, y a sus defensores, a un paso de la cárcel.

Un obituario exige la revisión objetiva de los actos de un hombre en su trayectoria vital. En el caso del personaje que nos ocupa, recordar su paso por las universidades del Pacífico en Lima, la de Iowa y la de Oxford en la que recibió su doctorado, sin imaginar que a los 41 años de edad tendría la oportunidad de hacer un viraje decisivo en la historia económica del Perú. Su juventud hizo que el mismo Fujimori lo bautizara como “car’e bebe”, lo que facilitó el trabajo de los humoristas maquilladores del régimen ante las masas hambrientas de regalos y espectáculo.

Sus admiradores, haciendo malabares verbales dicen que se le debe la recuperación de la economía nacional después del desastre de la hiperinflación de AG, cuando esa se basó en el proceso de privatizaciones y no en el crecimiento productivo real. Querrían hacer un corte de bisturí –como hicieron en el óbito de Jorge Camet- entre sus actos de gobierno y los de Fujimori y Montesinos, fingiendo que sus decisiones fueron “técnicas” que fueron aprovechadas por políticos y por corruptos, para sus propios beneficios. Nada más alejado de la verdad, puesto que fueron de su inspiración los 126 decretos legislativos promulgados en 1991 que malbaratearon casi todas las empresas públicas; que redujeron la capacidad del aparato estatal; que facilitaron el financiamiento externo y la compra de bonos de la deuda externa por sus amigos; que modernizaron la recaudación tributaria; que aumentaron el presupuesto de defensa; que recortaron los derechos laborales; que crearon las universidades privadas de medio pelo; que copiaron la legislación de las AFP chilenas; todas las cuales fueron consagradas en la Constitución de 1993 con su mayoría genuflexa.

Ya se sabe que, según las rigurosas investigaciones de Alfonso Quiroz, buena parte del ingreso de las privatizaciones fue a parar a los bolsillos de 815 miembros de la mafia y sus familiares enjuiciados en el 2001. Humberto Campodónico determinó que el 78% de los 4,359 millones de dólares de las privatizaciones se desviaron para financiar acuerdos de la deuda externa, compras de armas y gastos políticamente afines (con sus respectivas coimas). [1]

Siendo humano y con apetitos, no pudo resistir la tentación mientras veía el festín de los golosos y aceptó una coima calculada en 400,00 dólares de acciones de la AFP Horizonte, de la que, sin temblarle un párpado, pasó a ser su presidente de directorio apenas dejó el ministerio, en el verano del 93. El hecho no pasó desapercibido para la Federación de Empleados Bancarios, que lo enjuició por un evidente delito de colusión. Pero en los tiempos de Blanca Nélida Colán, la fiscalía padecía de miopía selectiva y la denuncia fue prontamente archivada.

Una herencia palpable de su gestión nos queda a los que padecemos del caos vehicular en Lima y las grandes ciudades: combis y mototaxis fueron introducidas gracias al decreto legislativo del 91 que declaró el tránsito libre para “facilitar” la multiplicación del llamado capitalismo popular, otra paja de su carnal Hernando de Soto.

Y para los que les quedara alguna duda sobre las reservas morales del personaje, hay que recordar que fue ministro de julio a noviembre del 2000, cuando ya era vox populi que estábamos ante el gobierno más corrupto de la historia republicana. El largo brazo de la justicia sólo le pudo alcanzar en al año 2002 cuando fue condenado por corrupción por haber autorizado el pago de 15 millones de dólares al fugitivo Montesinos como supuesta “indemnización laboral”, para que huyera a Panamá.

Quiso ser presidente y heredar las sumas del fujimorismo. En el 2001 candidateó con un cascarón llamado Solución Popular. Hizo el gesto de ir a una casita popular en un cerro de Lima, pero no le alcanzó ni para el té. El castigo popular se manifestó en la exigua cosecha de votos: sólo el 1.7% de los votos válidos.

“En julio de este año, el ex ministro fue denunciado por su hermano, Fernando Boloña, por supuestamente haber vendido la casa de su madre, una mujer de 90 años sin el consentimiento de ella, ni de la familia”, informó el diario Perú.21, el día que se conoció su fallecimiento.

 

[1] Quiroz Alfonso W. Historia de la corrupción en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos, Lima 2013, p. 494. “No hay lonche gratis” fue la frasecita que burlón acuñó para oponerse a los economistas de izquierda de la revista Actualidad Económica que puntualmente criticaban sus actos de gobierno y conmovidos, como todos, por la miseria que campeaba entre las familias peruanas, proponían una política de subsidios a los consumidores para paliar los golpes de la mano negra del mercado.