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Una publicación de la asociación SER

Comentarios ante un suicidio

Foto ©Perú21

I

La primera vez que me impactó un suicidio fue el de José María Arguedas. Más conocía de su fama que de sus obras, pero tenía un amigo muy aficionado a la lectura uno de cuyos escritores favoritos era precisamente el autor de El Sexto, la primera de sus obras que leí. Por esos años estudiaba en el Seminario Mayor de Trujillo y fue un tema de conversaciones y reflexiones, alentadas además por los regentes sacerdotes españoles muy abiertos al diálogo con la pluralidad de expresiones culturales contemporáneas.

El siguiente fue el de Salvador Allende tal como lo propagaba la información oficial, frente a la cual en concentraciones y marchas se escuchaba repetidamente la arenga “el pueblo ya entiende quién mató a Allende”. No porque se adjudicara responsabilidad de su suicido a otros, sino porque no se creía en ese hecho y se pensaba que en realidad había sido asesinado.

Después, he visto el dolor y la sensación de vacío en algún amigo o amiga de quienes alguna persona muy cercana había tomado tan dramática decisión.

Todos sabemos también que los cristianos llevamos muy en la mente y en nuestra experiencia de fe el suicidio de Judas Iscariote.

Últimamente he conocido el caso de Lucrecia, aquella dama romana que, violada por el hijo del emperador, optó por tan desmesurada medida.

II

Dicho esto se podrá entender que, sobre el suicido del ex presidente de la República Alan García, como acto y decisión personalísima no considero tener algo que decir.

No obstante, en la medida que este lamentable hecho tiene múltiples dimensiones culturales, sociales y políticas, me atrevo a escribir estas líneas.

He leído en estos días con atención a veces y con estupor otras las mil expresiones escritas y dichas sobre el tema. Están en mi mente como elementos del telón de fondo y horizonte en los cuales uno escribe.

1. Como promotor de una escuela primaria en el distrito de Carabayllo, a la que asisten decenas de niños y niñas de escasos recursos económicos, es claro que no puedo poner una opción así como un ejemplo, como un acto paradigmático. Siento, más bien, que se refuerza la necesidad de hacer ver el valor de la vida y la afirmación y defensa de la propia vida.

Y si tuviera hijos pequeños, que ya no los tengo pues han crecido grandemente, no les diría que sea un camino hacia algo ni una salida ni una conducta imitable.

2. Una cosa que me ha llamado poderosamente la atención son las exageraciones frente al hecho, formuladas especialmente por seguidores o simpatizantes; genuinos o no, carece de importancia.

En esta línea de argumentación se comienza afirmando que no fue un suicidio, sino un asesinato. Que no ha sido Alan García quien disparó, sino otros. Así, se contrapone un hecho real a un hecho figurado. El primero, el gatillar el arma, es un hecho real; el segundo, otros dispararon, es obvio que se toma en sentido figurado. Porque aquella trágica mañana él estaba solo en su habitación.

El segundo paso consiste en endosar la responsabilidad -moral, política y hasta se pretende penal- de una decisión adoptada tan en lo íntimo de la persona a otros (en este caso, culpables). Y así, en ese imaginario que se quiere construir e imponer a la sociedad, aparecen los periodistas que han investigado el caso, jueces y fiscales, oenegés que han ahondado en el tema, colectivos ciudadanos, el presidente de la República y hasta el presidente de un país extranjero que en un momento determinado, no otorgó el asilo solicitado cuando el juez dictó impedimento de salida del país contra la persona a quien abusivamente se desea inscribir en el martirologio nacional.

¿Tiene el Partido Aprista en el cual militaba y al que por casi cuatro décadas dirigió, el derecho de proclamarlo héroe, mártir y ejemplo para sus militantes actuales y futuros? Pienso que sí, pero a lo que no tienen derecho es a pretender que toda la sociedad peruana así lo considere y que el Estado lo reconozca como tal pues a eso apuntan, a que los libros de historia que instruyan a las futuras generaciones así lo consideren. No me parece ni educativo ni legítimo.

Toda esta faena cultural avanza a su verdadero objetivo y señala que no solo son personas las responsables, sino un sistema, el sistema de administración de justicia, al que se amenaza con desmontar, la libertad de prensa, a la que se amenaza con controlar y, en fin, todo aquello que ha permitido que vayamos sabiendo y desenmascarando el sistema de corrupción en el manejo de los asuntos públicos montado desde 1990 y vigente todavía. A eso se apunta en definitiva. A que la corrupción prosiga.

III

Vale la pena, entonces, preguntarse qué hacer.

a) Una primera cosa será ayudar a los niños, niñas y adolescentes a reflexionar apropiadamente respecto a un hecho de esta naturaleza. Conforme pasa el tiempo, quizás vaya quedando más serenidad y tranquilidad de espíritu para que, acalladas las pasiones, podamos mirar apropiadamente el límite existencial en que una persona puede ser puesta para adoptar tan dramática situación. Y, repito, afirmar el valor de la vida, de la propia vida.

b) Impedir el aprovechamiento político me parece una tarea de primer orden porque lo que se pretende ahora, especialmente por parte del partido fujimorista Fuerza Popular y el Partido Aprista (con el apoyo de diversos aliados, ocasionales o permanentes) es aprovechar la circunstancia para argumentar, en el borde de lo aceptablemente razonable, que la responsabilidad es del sistema de administración de justicia, que “aquí ha habido un asesinato”, y que por tanto, ante las amenazas de nuevos suicidios, ya no se investigue con la fineza, firmeza y severa rigurosidad con que se viene haciendo.

Ése es el verdadero perverso objetivo y la razón de toda la alharaca de vilcatomas, alcortas, velásquez, garcías, barnecheas y demás, que debe ser atajado y que busca impedir que los corruptos sean investigados y reciban la pena que en verdad merecen.

En ese sentido, la defensa de los fiscales y jueces encargados de este tan crucial asunto, y de su forma de trabajar tan en relación con la ciudadanía, me parece fundamental si queremos pensar en que es posible desmontar el sistema de corrupción que el fujimorismo construyó en la década de los noventa y que hasta ahora gangrena nuestra casi bicentenaria República.