Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

¿Cómo se llegó a la Reforma Agraria de 1969? I

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Estamos a pocos días de conmemorar el medio siglo de la Reforma Agraria decretada por el Gobierno Militar del General Velasco Alvarado.  Para entender cómo se llegó a tamaña decisión, que cambió profundamente la sociedad y la economía del país, es necesario conocer los antecedentes del período inmediatamente anterior, entre 1956-1969.  Como en otras ocasiones, recurrimos a la traducción de algunas secciones del libro sobre Historia del Perú del historiador norteamericano Daniel Masterson.

*          *          *

Durante el segundo gobierno de Manuel Prado Ugarteche (1956-1962): “Tras una breve recesión en 1957, la economía, liderada como siempre por el crecimiento de las exportaciones, se recuperó.  La transición económica en la Sierra reflejaba el curso de la modernización y presagiaba grandes cambios en la agricultura y en los patrones de tenencia de la tierra.  El valle del Mantaro en el Departamento de Junín, y Huancayo como su ciudad comercial satélite, prosperaban pues esta región abastecía las necesidades alimentarias cotidianas de una Lima que crecía velozmente.  En los departamentos del Norte, una lucrativa ganadería lechera estaba reemplazando la agricultura de subsistencia tanto entre los hacendados como entre los productores indígenas.  Pero la situación en las más remotas y empobrecidas áreas del Sur peruano, según [el historiador norteamericano Peter] Klarén, “permaneció [a nivel de] subsistencia y estancada, sino en franco declive”.  Las condiciones ecológicas, como una severa sequía que afectó el Sur del Perú a finales de la década de 1950 intensificaron el descontento campesino, que ya venía incrementándose debido al cada vez más anacrónico e injusto sistema gamonal” (p.157).

“Mejores carreteras y la comunicación entre los campesinos y, en el caso del Departamento de Pasco, entre los mineros, ayudó a coordinar los movimientos de protesta de los pobladores indígenas de la región para finales de la década de 1950.  Grandes despidos en las minas de cobre de Cerro de Pasco ocasionaron una ola de huelgas.  La falta de respuesta de [la compañía norteamericana] Cerro de Pasco [Copper Corporation] tuvo entonces que enfrentar la invasión de sus tierras ganaderas por los campesinos, en su mayoría mujeres y niños enarbolando la bandera peruana y entonando canciones tradicionales en quechua.  Estas invasiones tenían un parecido muy similar a los métodos utilizados por los migrantes de la Sierra que ocupaban lotes urbanos sin construir en Lima.  Al principio las invasiones no estuvieron cuidadosamente vinculadas con un contexto más amplio.  Pero para inicios de la década de 1960, sin embargo, [el politólogo norteamericano Howard] Handelman mostró que la movilización de los ‘sindicatos campesinos’ se unió a grupos de estudiantes en las ciudades, sindicatos obreros, abogados y líderes políticos favorables, para ampliar el impacto de sus acciones radicales.  A fines del gobierno de Prado, el descontento rural se había extendido por la mayor parte de la Sierra central y sur.  Surgieron dirigentes como Hugo Blanco que radicalizaron aún más el movimiento campesino.  Blanco operó en el valle de La Convención, en el Cuzco, y pasó de ser un organizador campesino local a una posición de liderazgo en la confederación campesina del valle.  Blanco promovía las invasiones armadas de las haciendas de la zona.  Arrestado finalmente en 1963, Blanco se convirtió en una de las figuras emblemáticas de movimiento ‘sindicalista’.  Elocuente y dinámico, Blanco atrajo después la atención del gobierno militar reformista como un posible vínculo con los campesinos en la Sierra” (p.157).

“Puede decirse que a inicios de la década de 1960 los grandes hacendados estaban previendo que muy probablemente sus propiedades serían objeto de alguna forma de redistribución agraria.  Propuestas alternativas, como la colonización de la región de la Selva, se sugirieron, especialmente por [Fernando] Belaúnde Terry.  Su “Carretera Marginal de la Selva” se convirtió en el centro de sus propuestas de desarrollo, pero fue mayormente un gesto quijotesco que no tendría ningún significado a menos que se proveyera de la infraestructura adecuada, así como medidas de comercialización y apoyo agrícolas.  Y no lo fueron.  El Perú suplió sus crecientes necesidades alimentarias cambiando la producción de algodón por la de alimentos a lo largo de la década de 1960” (p.158).

*          *          *

El gobierno de Prado fue interrumpido por una Junta Militar (1962-1963), que: “tomaría medidas limitadas de reforma, presagiando los cambios mucho más amplios que serían proclamados a partir de octubre de 1968, cuando el gobierno de Velasco tomó el poder.  La Junta inició un programa piloto de Reforma Agraria en la región del Cuzco, creó el Instituto Nacional de Planificación, y construyó un número importante de unidades de vivienda públicas, como muestra de buena voluntad con respecto a su compromiso reformista” (p.160).

Las nuevas elecciones dieron el poder a Belaúnde (1963-1968), que tuvo que enfrentar la situación: “La pequeña agricultura en el Perú, que empleaba de 8 a 10 trabajadores agrícolas, recibió sólo una cuarta parte del crédito proveniente del banco agrario gubernamental.  Esto también ocurría con los bancos comerciales peruanos, los cuales, como el gobierno, favorecían a la agricultura a gran escala con sus préstamos.  Como ya se indicó, la impresión generalizada de que una Reforma Agraria era inevitable desincentivó a muchos grandes terratenientes a continuar con la capitalización de sus propiedades.  Buena parte del capital que hubiera sido invertido en la agricultura fue así redirigido a la construcción de propiedades urbanas.  Es comprensible que la producción agrícola declinara durante el gobierno de Belaúnde.  Nunca completamente entendidas, sin embargo, fueron las consecuencias de la Reforma Agraria una vez que esta había sido iniciada.  Esto hizo al presidente y a sus asesores muy conservadores en su aproximación a este crucial tema.  De hecho entonces, su Plan de Reforma Agraria puede caracterizarse como muy limitado y [aplicado] muy tardíamente” (p.162).

“La Ley de Reforma Agraria fue presentada al Congreso peruano en agosto de 1963.  La prudencia inicial de Belaúnde se vio reforzada por la alianza Aprista-Odriísta en el Congreso, que efectivamente bloqueó la mayor parte de los planes de reforma del presidente.  Esto se hizo pese a que la Reforma Agraria era justificada y ampliamente esperada por los campesinos peruanos.  Con todo, el gobierno de Belaúnde tuvo inicialmente buenos logros con la construcción de 2,600 kilómetros de nuevas carreteras, 50,000 nuevas escuelas y 2,000 edificios comunales.  Muchas de estas estructuras fueron construidas por el programa [de voluntariado] de “Cooperación Popular”, similar a los “Cuerpos de Paz” [“Peace Corps” del gobierno norteamericano]” (p.162).

“Pero el gobierno enfrentaba una tarea enorme.  Al menos una de cada tres familias de agricultores no tenían tierras.  El Perú tenía uno de los porcentajes de tenencia de tierra per cápita más bajos del mundo.  Esto, por supuesto, tenía mucho que ver con el terreno montañoso, tierras no irrigadas, y amplias zonas de tierras de bosque tropical [casi 60% del territorio].  Pero es un hecho que las civilizaciones precolombinas de los Andes hicieron un uso más eficiente de las tierras de lo que ocurría en el Perú del siglo XX.  Para mediados de la década de 1960, una cuarta parte de Producto Bruto Interno del país provenía de la agricultura [25%], pero 6 de cada 10 trabajadores peruanos realizaban esta actividad [60%].  Significativamente, menos de 1,000 hacendados y empresas gigantescas, como la [Casa] Grace, dominaban la tenencia de la tierra en el Perú.  Incluso más problemático era el trabajo obligatorio al que muchos campesinos eran sometidos en las haciendas locales.  Estos se extendían a servicios personales para el hacendado y su familia en la casa-hacienda, e incluso a veces en sus casas de Lima.  Continuaba el feudalismo [servidumbre o “feudalismo andino”] y su rígido sistema de clase persistía ampliamente en la Sierra peruana como un vestigio anacrónico del pasado colonial del Perú.  Los líderes políticos peruanos durante el gobierno de Belaúnde fueron renuentes o incapaces de afrontar este gran problema histórico.  Este fracaso por sí mismo podría haber sido suficiente para traerse abajo la presidencia de Belaúnde.  Al final, una buena cantidad de las tierras expropiadas bajo la Ley de Reforma Agraria de 1964 se ubicaron en los Departamentos de Pasco y el Cuzco, donde las invasiones de tierras y las actividades de las guerrillas eran más prominentes.  Cerca de 600,000 familias obtuvieron títulos sobre 1.43 millones de acres de tierra.  Pero buena parte de esto fue el reconocimiento ‘de facto’ por parte del gobierno de tierras que ya habían sido ocupadas por los campesinos.  Lo que faltaba era una aproximación sistemática que ampliara a otras partes del Perú que no había sido aún tocadas por la Reforma Agraria” (pp.162-163).

“El fracaso más visible de los reformadores agrarios fue su renuencia a expropiar las vastas propiedades de la Cerro de Pasco Corporation.  Adquiridas bajo infames circunstancias en la década de 1920, las tierras de la Cerro debieron haber sido las más sujetas a expropiación, ya que había numerosos reclamos legales que los campesinos habían presentado contra la empresa.  Diluida por los pactos legislativos, la Ley de Reforma Agraria estaba llena de excepciones que permitían a los hacendados evitar expropiaciones a gran escala.  El artículo 25, en particular, beneficiaba a las unidades agrícolas ya más desarrolladas al establecer valores diferentes para tierras irrigadas, de secano y de pastos.  Desde un inicio, la Reforma Agraria careció de suficiente financiamiento y la aplicación de su reglamento fue completamente irregular” (p.163).

“Debe entenderse que la primera prioridad de Belaúnde para el problema agrario no era la redistribución de tierras sino más bien la apertura de nuevas tierras en la Selva.  Su proyecto de Carretera Marginal debía unir al Perú con sus vecinos, abrir nuevas tierras cultivables en la “ceja de montaña”, y ayudar a reducir el flujo masivo de migrantes de la Sierra hacia Lima.  El financiamiento para este proyecto fue insuficiente, y nunca llegó a ser completado.  Irónicamente, la infraestructura que llegó a ser construida ayudó al desarrollo del narcotráfico en el valle del Alto Huallaga en la década de 1970.  Al final, sólo 1,900 campesinos recibieron títulos saneados a sus tierras bajo los auspicios del programa de Reforma Agraria.  Esto representaba el 0.1 por ciento de los minifundistas y campesinos sin tierras en el Perú” (p.163).

 

Esta historia continuará.

 

- -

Traducido de: Daniel Masterson, ‘The History of Peru’ (Westport, Conn.: Greenwood Press, 2009).

Howard Handelman [1943-2018], Struggle in the Andes: Peasant Mobilization in Peru (Austin: University of Texas Press, 1975).

James F. Petras y Robert LaPorte, Cultivating Revolution: The United States and Agrarian Reform in Latin America (New York: Random House, 1971).

 

= = =