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Una publicación de la asociación SER
Sociólogo sanmarquino

Confrontar y gobernar

La columna “Confrontar o gobernar”, de Roberto Abusada, publicada el viernes pasado en El Comercio, suena políticamente correcta. Pero con la mayor objetividad, sin apasionamientos y poniendo por delante al país, esa dicotomía es tramposa.

Me explico. Como otros, Abusada considera que el conflicto político entre el Ejecutivo y el Congreso es la madre de todos nuestros males presentes, y futuros, económicos e institucionales. Habría que contextualizar bien y manejarse con evidencias. Para empezar, la confrontación no es siempre negativa. Confrontar, enfrentar, carear, compulsar, muchas veces es indispensable. Veamos un tema concreto. Y menos atribuible como una característica inherente a alguna corriente ideológica o política per se.

La confrontación es la principal explicación de los avances y logros en materia de lucha contra la corrupción. Si Vizcarra, Vela, Pérez, Carhuancho, Gorriti y muchos más no hubieran sido confrontacionales con los cabecillas, las organizaciones criminales y sus defensores interesados en mantener un orden establecido concebido para auspiciarlos y protegerlos en el sistema político y de justicia, todo sería felicidad y correcto. Y Lava Jato y los “cuellos blancos del Callao” estarían durmiendo el sueño de los injustos, como ha ocurrido con una larga lista de casos con mucha evidencia y prueba procesal bastantes consistentes.

Gracias a las decisiones de confrontar la corrupción, la justicia ha avanzado a niveles inéditos de encausamiento de sanción penal para ex presidentes, altos funcionarios públicos, congresistas, autoridades subnacionales, empresarios, abogados, entre otros oficios y ubicaciones funcionales al dominante ordenamiento corrupto. Cada caso es una evidencia que si se hubiera procedido como antes, sin confrontación, no contaríamos en los importantes avances de los procesos judiciales y la difusión de sus modus operandi.

Pero no están plenamente derrotados. Hay aún muchos implicados que pasan piola. Y con cierta cuota de poder, capacidades y medios para defender posiciones y pasar a la contraofensiva contra quienes le han infringido afectaciones significativas a sus mal habidos negocios y sus proyecciones de seguir desfalcando el erario nacional. Y lo hacen confrontando mañana, tarde y noche y de la peor manera contra quienes los vienen derrotando. En estos día sobre un nuevo frente de batalla, como el de reformar nuestro lumpenizado sistema político. Miremos nomás, por ejemplo, y sin ojeriza ideológica, a los congresistas Bartra, Mulder, García Belaúnde y hagamos el esfuerzo para identificar si en su actuar, hablar, votar o propuestas legislativas están dirigidas a la gobernabilidad, un mejor clima para la inversión privada, el fortalecimiento de la democracia o la lucha contra la corrupción. Casi todo es para el blindaje a los suyos y el ataque artero contra los que confrontan a los corruptos.

¿Hay que voltear la página, mirar al costado y priorizar alguna salida win win con las fuerzas que defienden la corrupción? No hay evidencia que ello sea necesario y positivo para la salud de la institucionalidad y moral pública, el crecimiento económico y el desarrollo social. La corrupción es un parteaguas, y es indispensable cerrar filas con los que de verdad quieren derrotar nuestra antigua y sistémica corrupción. Y si ello implica apelar y concretar recursos constitucionales como la cuestión de confianza y cierre del Congreso, se abrirán escenarios inciertos pero ninguno tan indeseable y dañino como el presente.

Por cierto, la lucha contra la corrupción necesita de un buen gobierno. Que ponga la agenda, que elija bien los resultados a obtener, que persista en la articulación intergubernamental pero también apueste –con audacia e innovación– por vinculaciones activas con el público objetivo de sus políticas públicas como en la provisión de bienes y servicios. Y que predique con el ejemplo en materia de lucha contra la corrupción, al menos que de señales claras en los sectores más sensibles e involucrados con la corrupción conocida.