Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Licenciado en Filosofía por la PUCP. Especialista en conflictos sociales con interés en temas de reconocimiento, filosofía política e interculturalidad. Melómano.

Cuando el ciudadano es el enemigo

Como señalé en un artículo anterior, que la política peruana se está rigiendo por una dinámica de enemistad hacia los ciudadanos a quienes dice representar y gobernar. Y me refería específicamente lo pensaba desde el Congreso de la República.

Describí distintas formas de expresar dicha enemistad hacia la ciudadanía, pero hay otras que podemos considerarlas perversas, extremas, dañinas y hasta peligrosas. Las observamos en los “debates” en el Congreso (¡otra vez!), en las declaraciones de algunos “líderes de opinión”, periodistas, autoridades políticas, empresarios y hasta en el ciudadano común y corriente. Me refiero a maltratar al que discrepa y convertirlo en una especie de enemigo o un otro a quien invisibilizar o aniquilar.

Tzvetan Todorov en su libro Los enemigos de la democracia, preocupado respecto a las relaciones de muchos europeos respecto a los migrantes escribía: «… como si la vida pública de un país necesitara un enemigo al que rechazar, y después de que desapareciera el rival comunista, la población debiera colocar sus miedos, sus inquietudes y sus rechazos en otro grupo cualquiera». Así, «el inmigrante, personaje multiforme, ha ocupado el lugar de la amenaza ideológica anterior».

El juego de enemistades tiene un punto de apoyo: la capacidad de crear enemigos, adversarios, antagonistas o rivales de las posturas ideológicas.  En nuestro país tenemos un buen ejemplo: el “terruqueo”. Después de la derrota del terrorismo, el fantasma que promovía la unión entre peruanos era la lucha contra la subversión. No había nada más aglutinante y moralmente aceptable que combatir y “aniquilar” a las “huestes senderistas”. Y esto dio muchísimos réditos políticos al fujimorato que después de la caída de Abimael Guzmán se atribuyó la categoría de “salvador de la patria”.

Así, mientras Fujimori se afianzaba como un gobernante fuerte por “haber derrotado al terrorismo” a la par se consolidaba la corrupción. Y esto a muchos les parecía irrelevante y “perdonable”, ignorando esos robos al fisco peruano y sus evidentes atropellos a la democracia. Derrotar al enemigo terrorista era la prioridad en vez de obedecer las denuncias en contra del régimen. Total, “en este país siempre se ha robado”.

Encarcelados los terroristas, se ha creado otro “enemigo público”: los simpatizantes de los “terroristas”. Aunque estos tienen sus variantes: “rojo”, “caviar”, “izquierdista”, “resentido social”, “comunista”, “chavista”, “antiminero”, etc. Estos compartirían un solo objetivo: atacar nuestra forma de vida tradicional, nuestros valores e imponer una supuesta dictadura “del pensamiento único”. Semejante, según afirman, a lo que pretendía el terrorismo en nuestro país.

Entonces, un sector de nuestros políticos y quienes son afines a ellos han creado la figura del “neo marxista” o “filo terrorista” quienes supuestamente socavarían los fundamentos de la sociedad peruana con imposiciones ideológicas como la igualdad de género, el feminismo, la defensa de los derechos humanos, el respeto por el medio ambiente, el respeto a las minorías, etc.

Es cierto que también desde la otra orilla existe el recurso de la descalificación. Sobre todo, cuando se refiere al fujimorismo. Por ejemplo, las últimas campañas electorales presidenciales han tenido como base la oposición férrea a cualquier forma que represente o despierte sospecha de estar inspirado en el “legado” de Alberto Fujimori. Pero solo quedan en el recurso retórico si tenemos en cuenta que este mismo fujimorismo tiene una mayoría en el Congreso y que en los dos últimos años ha ejercido su poder legislando en contra de los derechos de varios sectores de ciudadanos de nuestro país.

Resumiendo, en nuestro país la forma de promover la vida política se ha convertido en un ejercicio de crear enemigos a quienes reducir o acabar para justificar ideologías, opiniones, distorsionar la historia o emprender acciones inaceptables que desfavorecen la convivencia ciudadana.

Padecemos en estos tiempos extraños una extendida pobreza de ideas, ignorancia y demagogia por parte de nuestros políticos; que es aceptada y celebrada por muchos ciudadanos. Reemplazando así al pensamiento ético en nuestras relaciones mutuas. Por esto, cualquier intento de debate o promoción del diálogo se reduce a adjetivos, descalificaciones, ataques o acusaciones que en cualquier sociedad respetuosa de sus ciudadanos serían consideradas como inaceptables por su carácter difamatorio y atentatorio a la dignidad de las personas.

Estas formas no debemos tolerarlas. Revisemos la historia. El terrorismo se inició en el Perú promoviendo los discursos de odio hacia los otros. No lo olvidemos.