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Una publicación de la asociación SER

De África llegó mi abuela

Hace nueve años, el 4 de junio fue declarado el Día de la Cultura Afroperuana y desde el año pasado, junio es el mes de la cultura afroperuana. Ambos reconocimientos resultan históricos y relevantes desde un Estado que ha omitido, decolorado y ocultado la presencia, el aporte y la resistencia de los pueblos afroperuanos. Junio se tiñe de festejos y es en nosotras, mujeres y hombres afronegros del Perú, que recaen las brochas que teñirán junio de retos, de cuestionamientos y aportes. Pondremos el cuerpo y las ideas, la memoria y los saberes, y nuestras historias, esas que se transmitieron, resguardaron y recrearon desde el primer embarque forzoso; las que no se detuvieron con el inicio del desembarque forzado.

Hace más de cuatro siglos empezó el viaje sin retorno de millones de personas. Hace casi quinientos años, millones de familias fueron separadas, embarcadas para un viaje que transcurrió mecido por las tormentas y las calmas del Atlántico. El miedo y los recuerdos se trenzaron en un solo cuerpo, dotando de valor de uso y desuso ese mismo cuerpo. Y fue ese mismo cuerpo el que resistió y trenzó sus manos con otras manos, otras piernas, otros brazos, otras espaldas y otros vientres para fundirse en la tierra, para nutrir y nutrirse en estas tierras.

Ante los ojos y en los ojos de hombres y mujeres afrodescendientes fueron registrados y enfrentados procesos de colonización, virreynato, independencia, república, guerras, reforma agraria, golpes de Estado, dictaduras, movimientos y luchas sociales, sindicatos, desapariciones y democratizaciones, en un país colmado de diversidad. Pero en cada uno de estos episodios cuesta encontrar, desde la Historia, estas voces y rostros, más allá del rol servil-esclavista colonial de América Latina.

Las historias de nuestros pueblos se cuentan, existen y resisten fuera de los libros, fuera de la Historia. Se recrean en la sala de una casa, acompañadas de comida, música y risas. Surgen en relatos  que iluminan los ojos gastados de abuelas y abuelos, al recordar apodos y periodos de esa Historia, entre duendes, sustos y mitos de la chacra o la ciudad; donde hombres y mujeres, se hermanaron, en la soledad y la solidaridad, por el hecho de vivir las mismas condiciones, en un territorio que asimilaba tanto como rechazaba.

La existencia de nuestros pueblos se nutre de las memorias de nuestras familias, esas que nacieron del racismo, el deseo y el amor, en un mestizaje, muchas veces forzado; esas que sobreviven, generación tras generación, y resisten desde las casas, a puertas abiertas, cuando nos hacemos primas, hermanos, sobrinas, tíos y tías de crianza, por el cariño de compartir los días, las penas y alegrías; familia de cariño, para trasgredir la genética que te hace querer a tus consanguíneos; familia de cariño, desafiando las diferencias de los tonos de piel, desenredando y trenzando el pelo con sueños y fomentando otras formas de familiaridad.

“Soy de aquí, de los que sobrevivieron”, de Lima, Azapa, Zaña, Esmeralda, Malambo, Bahía, Huaral, Portobelo, Cañete, Matanza, Chincha, San Andrés y Yapatera, desafiando nuestros orígenes y cimientos, aportando y apostando por nuevas historias afroperuana, afronegras, por una nueva familia en donde las voces de nuestras madres, abuelas, niñas se abran paso ante los otros relatos, en otros escenarios, reafirmando que en el Perú, durante casi quinientos años, existe y resiste nuestra familia, africanizando América y americanizando una gran familia, la diáspora.