Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

De la banalidad del amor

En estos días de miel y crema chantilly, de abrazos, besos, promesas y cadenas inacabables con corazones palpitantes, del bombardeo hollywoodense, he retomado la lectura del libro de José Carlos Agüero “Los rendidos. Sobre el don de perdonar”. Un libro para adultos. Para ser leído con pausa, en silencio, para asimilar la dureza de la guerra y de la muerte y de su larguísima estela de consecuencias en las que se enfrentan -ahora sí- el amor y la ley del talión.

He recordado que, en su momento muchos -con el mejor sentido de realismo seguramente- se opusieron a que la Comisión de la Verdad fuera también de la Reconciliación y compruebo que, después de la destrucción de las tumbas de senderistas en el cementerio de Comas, no hemos avanzado un paso hacia esa utopía.

En su texto número 13, Agüero narra un episodio de su trabajo entre comunidades campesinas en Ayacucho, cuando, justamente, estaba recogiendo testimonios para la CVR. Escribe: “Juan me enseñó las tumbas donde habían enterrado a los senderistas y a sus propios vecinos que habían sido de Sendero en la zona. Era el secreto de la comunidad. Así habían demostrado a la base militar que ellos no eran terrucos (…) Juan me dice que no les importan tanto las reparaciones, que están bien, pero que sobre todo quieren una cosa. Me dice que le pida a la Comisión de la Verdad que les ayude a reconciliarse con sus hermanos de la comunidad de Ichu. Que les perdonen (…) Cuando la camioneta está por arrancar, Juan me insiste… Su mirada muestra ansiedad. Como si la oportunidad se le estuviera escurriendo entre los dedos… Que la Comisión les ayude para que los perdonen los de la comunidad vecina. Que entiendan que muchos fuimos obligados, o que lo hicimos sin saber mucho, yo mismo fui, niño era, a esa batalla, cuando les matamos dirigidos por Sendero. Desde allí nos odian. Y estamos arrepentidos”

Sentir el odio de los vecinos, de los conocidos, de los ex parientes o ex camaradas del partido, debe de ser una losa terrible de sobrellevar. Distinto del odio de sus enemigos que dicen sentir determinados líderes políticos, porque, al fin y al cabo, el odio de desconocidos, por más que sean muchos, se diluye en la estadística y resulta inofensivo. Por eso siguen tan campantes en la política. Pero no es el caso de estos comuneros que mataron a sus vecinos y hoy están arrepentidos. Porque no han perdido su humanidad, porque sin haber leído a Sófocles, están del lado de Antígona y del buen samaritano.

Pero a la conservación de nuestra humanidad se opone la ley más fuerte que nos amarra al pasado: la ley del ojo por ojo, diente por diente; sobre todo cuando sufrimos, en carne propia, un asalto y justificamos, entonces que la policía mate, sin preguntar, al sospechoso. O cuando queremos desollar al abusivo que pega y hasta mata a la madre de sus hijos. O al cura violador de niños. Dura vida, durísima. Aun así y aunque nos dirijamos a ese futuro sin esperanza retratado en la novela de P.D. James que Alfonso Cuarón convirtió en la película Niños del Hombre, hago votos porque el desgaste de la palabra “amor” no impida que avancemos hacia la reconciliación entre peruanos. Y hago votos, también, por el perdón para Juan y sus vecinos.