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Una publicación de la asociación SER

Dilemas electorales limeños

La cosa está que arde. Los electores limeños informados, que son una minoría, están muy preocupados por el curso de los acontecimientos, que podría llevar al sillón de la Alcaldía a algún personaje cuestionado por sus antecedentes non sanctos. ¿Cómo es posible  -se preguntan - que en medio de una dura batalla contra la corrupción en las altas esferas del Estado, estemos a punto de elegir a reemplazantes de la misma calaña? Porque ya no se trata de una oferta política escasa o espuria, que obligue al elector a escoger el mal menor, pues esta vez hay candidatos (y candidata) para todos los gustos. Entre improvisados, hermanones, municipalistas, tránsfugas, corruptos disfrazados[1] y pocos buenos, ¿Cómo escoger al mejor?

El problema es que los que tienen que trabajar duramente para sobrevivir, que son la inmensa mayoría de los limeños y peruanos, no tienen tiempo para informarse y casi siempre deciden  a última hora y lo hacen por impresiones, pálpitos, gustos, o arrastrados por las corrientes de opinión ligera e interesada que generan la tele, la prensa y las encuestas. Así, se forman mayorías gelatinosas que encumbran gobernantes que dejan pronto de apoyarlos porque deben volver a la lucha cotidiana por el pan de sus hijos. Y la política y los negocios quedan libradas en manos de los de siempre.

Estamos en un círculo vicioso de crítica dura y justificada de los políticos corruptos e incapaces, pero que no pueden ser reemplazados por decentes y capaces, porque éstos le hacen ascos a la política como ocupación profesional para salvar al sistema.

Algunos creen que la salida está en buscar un Antauro o un Pinochet que manu militari arrase con todo y vuelva a construir el Estado desde las bases. No les faltan simpatizantes entre tanta gente que añora el pasado y quisieran que el Perú fuera un combinado de cuartel y convento, sostenido por trabajadores y campesinos semiesclavos a los que se les dé hartas telenovelas y fútbol para entretenerlos.

Otros han pensado que el círculo vicioso se puede romper convocando a una Asamblea Constituyente que siente nuevas reglas de juego en la relación entre el Estado, las empresas y los ciudadanos. Pero esta salida, si no va acompañada de propuestas y batallas parciales en todos los terrenos, puede ser legalista en una sociedad poco apegada al cumplimiento de las reglas y, sobre todo, sin un conjunto de partidos dispuestos a encarar con seriedad un debate sobre el tema.

Hay también los que, sin caer en pesimismos paralizantes o en gestos anárquicos, están proponiendo que el descontento ciudadano contra esos políticos de pacotilla, se manifieste el 7 de octubre en un masivo voto en blanco o en el voto nulo.

Ahora bien, ¿los votos en blanco o nulos favorecen al que gana?, es la pregunta que se escucha en calles y plazas. No, de ninguna manera, no favorecen a nadie, puesto que no son válidos. Así lo dice el Art.287° de la Ley Orgánica de Elecciones: “El número de votos válidos se obtiene luego de deducir, del total de votos emitidos, los votos en blanco y nulos”.

Pero si los votos en blanco y nulos se produjeran mayoritariamente, ¿podrían tener alguna eficacia? Sólo en el caso previsto por el segundo párrafo del Art. 36° de la Ley de Elecciones Municipales, concordante con el Art. 184° de la Constitución Política, que dice: “Es causal de nulidad de las elecciones la inasistencia de más del 50% de los votantes al acto electoral o cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superen los 2/3 de los votos emitidos”

Esas circunstancias se han presentado en el Perú, pocas veces, en distritos pequeños. Pero en circunscripciones de cientos de miles o millones de votantes, nunca han ocurrido, salvo en la ciudad ficticia de la novela Ensayo sobre la Lucidez, del Nóbel de Literatura José Saramago donde un día, todos votaron en blanco produciendo una crisis política monumental. En las elecciones regionales del 2014 en ciudades como Bagua hubo 24% de votos blancos y nulos, en Sullana 21% y en Cajamarca, Huaraz y Tumbes hubo más del 19%, sin contar a los que no acudieron a sus locales de votación.

Teniendo en cuenta que las encuestas de Lima indican que alrededor de un tercio de los ciudadanos han decidido que ningún candidato merece su confianza, he revisado las estadísticas de tres distritos representativos de los sectores sociales con niveles de ingreso E, C y A (Carabayllo, Breña y San Borja, respectivamente) para ver los promedios de votos en blanco y nulos en las cuatro últimas elecciones municipales. Y los promedios son 14.6% para Carabayllo, 12.1% para Breña y 8.4% para San Borja. Los expertos dirían que los electores más pobres son más prudentes a la hora de votar o más escépticos que los mejor acomodados o que los candidatos para Carabayllo no mostraban las cualidades esperadas por sus ciudadanos; a diferencia de los exitosos en la vida de San Borja que creen más en el sistema que les ha permitido progresar o que, en todo caso, votar por cualquiera de los candidatos no les va a afectar sus negocios o sus vidas.

Ahora bien, en una situación muy especial como fueron las Elecciones Complementarias para elegir sólo a los regidores de Lima, en reemplazo de los que fueron revocados en el 2013, y en donde, para todos, la elección no tenía mucho sentido ni beneficio, la protesta tuvo distintas manifestaciones. Así, el ausentismo en Carabayllo fue del 16.8%, más alto que el promedio de 12% de las elecciones municipales, pero más bajo que en San Borja, donde el 23.5% de los ricos no fue a votar y pagó su multa, cuando su promedio había sido de 14.7%. Pero el voto en blanco y nulo en Carabayllo saltó del 14.6% al 24.8%, mientras que en San Borja pasó del 8.4 al 17.7%, el doble.

La gran pregunta es si los electores limeños enfrentan las elecciones de octubre con actitud similar a la que tuvieron a fines del 2013, cuando, al parecer hasta ahora, ninguno de los candidatos ha logrado encantar al gran público. Sin embargo, es más probable, preveo, que opte por alguno de ellos a última hora, pues, pese a todo, la inmensa mayoría vota por el orden y no por la aventura o la protesta. Pero votar por el orden no está reñido con la sorpresa y pueden haber muchísimos sorprendidos el domingo 7, fecha de aciaga connotación.

 

[1]                    Vean mi artículo ”Candidazos: una guía para electores ocupados”