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Una publicación de la asociación SER
Abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

Echóse a andar

Entonces todos los hombres de la tierra 
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; 
incorporóse lentamente, 
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

César Vallejo
 

 

Las últimas semanas fueron una montaña rusa en picada constante e interminable. En un proceso que ya venía enrarecido y nos dejaba con un vacío en el estómago desde mucho antes, por tantas cosas y por pésimas actuaciones de algunas autoridades electorales. Pero fue desde el 10 de abril —cuando se definió la segunda vuelta— que entramos en un túnel que parecía oscurecerse cada vez más. Asfixiaba ver cómo la mafia se reía a carcajadas en nuestra cara, cómo de manera insolente se compraban votos, regalaban tapers con dinero, un jurado electoral especial incluso cambió la ley a su antojo para justificar sus resoluciones, insultaban, pisoteaban derechos. Y no pudimos hacer mucho, como si el golpe de la elección de 73 congresistas fujimoristas hubiese dejado al país tumbado.

Cuando salió la denuncia de la DEA, respiramos. Pensando ilusamente que con eso se frenaría este descenso vertiginoso del país. Pero no fue así. Las cifras seguían favoreciendo al fujimorismo.  Y el remate fue un debate en el que la candidata nos recordó a su padre por sus tantas mentiras y difamaciones juntas, con esa sonrisita cínica en la que parecía burlarse de todo un país y que nos decía que de llegar al poder no sería igual que el gobierno de Alberto Fujimori, sería peor.

En ese túnel cuesta abajo cada vez más oscuro las denuncias se multiplicaron. Cada día sabíamos algo nuevo: manipulaciones burdas de los medios de comunicación, denuncias de periodistas, amenazas a  quienes denunciaban la manipulación, la defensa de su primer viceministro pese a esta grosera maniobra de audios, los nexos con el narcotráfico, la fotos en la fiesta de la hija de Olluquito —dueño de una empresa donde se encontraron más de 300 kilos de coca—,  la defensa del hermano por los 100 kilos de coca hallados en su almacén, la defensa de su secretario general pese a las investigaciones de la DEA. Cada nuevo descubrimiento, cada denuncia fue como una bombarda fuerte y retumbante en nuestra memoria, no sabíamos si podríamos salir de esta.

Verónika Mendoza fue uno de los frenos, su mensaje en castellano y en quechua fue viralizado y difundido por todo el sur del país. Luego la manifestación masiva del 31 de mayo con miles de personas saliendo a las calles en contra del retorno del fujimorismo al poder, fue sustancial.

Porque lo teníamos bien claro, no solo sería lo mismo que en los noventa:  desapariciones forzadas de estudiantes y campesinos, ejecuciones extrajudiciales de familias enteras incluidos niños, esterilizaciones forzadas de casi 300 mil mujeres ,  corrupción, compra de canales, compra de políticos, malbarateo de las empresas estatales para robarse toda la plata, para pagar los estudios de sus hijas e hijos en el extranjero, para pagar millonarias CTS a Montesinos, para electrocutar a quien denunciara la venta de ropa donada, la mano dura para poder perpetuar un régimen de terror; sino que esta vez podría ser peor.

Y fue hermoso ver a tanta gente, volver a ver caras de personas que no veías hace 20 años también marchando contra Fujimori, marchando ahora con sus hijas, con sus hijos, a veces hasta con nietxs, gritando a viva voz y hasta quedar afónicos, que no querían que este nuestro país llegara a ser un Narco Estado. Muchas personas aportando tanto: quien no pudo ir a la marcha, ofreciendo su casa como guardería; quienes viven fuera, organizando marchas o plantones en sus países de residencia; los familiares de las víctimas de Fujimori, abriendo la marcha con valentía; los policías que custodiaban, incluso bailaban con el sonido de los tambores y los coros; los colectivos feministas, dejando el alma en cada arenga, porque sabían que lo primero que recortarían serían nuestros derechos sexuales y reproductivos. Los sindicatos en pleno, por la memoria de Pedro Huillca y tantos otros compañeros asesinado y porque recortarían sus derechos y petardearían sus organizaciones.

A mí, quienes más me emocionaron fueron ese grupo de niñas chiquitas, que ni siquiera han llegado a la primaria, pero que en su colegio se organizaron entre ellas para convertirse en superhéroes y defender a su país, y que no dejaron de hablar de política pese a que una profesora les dijo que no lo hicieran.

Por eso salimos a las calles, nos levantamos y a pesar que lo teníamos todo en contra salimos y dimos la cara, por amor a nuestro Perú y porque la íbamos a pelear hasta el final. Fuimos miles, fuimos tantas y tantos que abrazamos a nuestro país y pese al poder y el dinero del narcotráfico logramos revertir la tendencia de la caída en picada. Los años que vienen no serán fáciles pero tenemos esperanza y amor por nuestra tierra, y esto no nos lo robarán.