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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

El caso Villarán: ¿todos son iguales?

Foto: Canal N

Para justificar su decisión de coludirse con importantes empresas e intercambiar preferencias en materia de contratos y obras por contribuciones a sus campañas políticas, la exalcaldesa de Lima, Susana Villarán, ha aducido que su intención fue “impedir que la mafia se apoderara de la ciudad”. ¿Y cuál hubiera sido el problema con que la mafia se apoderara de la ciudad, cabe preguntarse? Pues, entre otras cosas, que los mafiosos se coludan con importantes empresas e intercambien pagos por preferencias en materia de contratos y obras.

Los defectos de ese interesado razonamiento son obvios, así que no me voy a detener en explicarlos. Pero sí diré que lo que Villarán y sus cada vez más escasos defensores nos piden con él es que distingamos entre dos tipos de corrupción, cuya forma sería la misma (plata por preferencias) pero cuyo contenido sería distinto. Una corrupción mala, la de la mafia, y otra buena, la suya, que hubiera permitido “darle gobernabilidad a Lima” y “proseguir con las reformas”, según sus palabras.

Esa distinción es inaceptable. Es probablemente cierto que Villarán y la mayoría de sus colaboradores directos hicieron lo que hicieron por motivos que imaginaban en última instancia altruistas, no buscando apoderarse de fondos públicos para el enriquecimiento personal, y eso sin duda debe influir en el juicio que hagamos sobre ellos como individuos. Pero ese juicio es en realidad irrelevante. Este no es principalmente un asunto de moral privada sino uno de ética pública.

El problema con Susana Villarán y su solicitud de contribuciones a Odebrecht, OAS y quién sabe quién más no es lo que llevaba ella en su corazón, sino lo que sus acciones primero y sus mentiras después le han hecho a la vida institucional de la ciudad. Y ese es el mismo problema de fondo con la corrupción pública en todas sus formas (si no lo fuera, “roba, pero hace obra” sería una justificación válida).

En esa medida, en tanto que gestores y partícipes de actos de corrupción, Susana Villarán y los suyos realmente no se diferencian de sus enemigos. La distinción que nos piden es espuria. Sus intenciones, sean las que hayan sido, no les sirven de excusa.

Y también hay, creo, un aspecto político que considerar, de equivalente importancia. En el Perú, la lucha contra la corrupción es uno de los temas más fundamentales y profundos de la política, y no solo porque las prácticas corruptas afectan todos los aspectos de la vida nacional o porque ningún programa o proyecto puede ponerse en práctica sin atención a ellas. Lo es también porque la corrupción es en sí misma un fenómeno político: define el carácter y la naturaleza del Estado, determina los vínculos entre este y los ciudadanos, y proporciona los mecanismos para que los varios grupos y clases negocien sus intereses y sus conflictos. En muchos aspectos, además, hoy las estructuras de la corrupción son las que definen el poder en el Perú, y no a la inversa.

En este contexto, un proyecto transformador debe plantearse siempre, necesariamente, como resistencia a la corrupción, sus agentes y sus procesos; debe plantearse así y debe hacerlo en la práctica. De lo contario, no es nada más que una continuación del status quo, aunque hable en otro lenguaje y lleve otra vestimenta.

Esto, por cierto, no es exclusivamente el caso para la izquierda; si en el Perú tuviéramos una derecha seria o un liberalismo con espina dorsal, aplicaría también para ellos. Pero en el caso de la izquierda, la lucha contra la corrupción, además de ser un reclamo ético ineludible, es doblemente esencial para demarcar un espacio político: en nuestro país, no confrontar la corrupción es no confrontar al capital en sus múltiples formas, pues hay muchos terrenos en los que “capital” y “corrupción” son una y la misma cosa. Y una izquierda que no confronta al capital, sus excesos y sus depredaciones, no es izquierda, aunque se llame a sí misma de esa manera.

Susana Villarán decidió hacer política como si lo anterior no fuera cierto. Decidió jugar el juego en los términos establecidos, con el tablero y las fichas de siempre, calcando las movidas de sus enemigos, aliándose ilícitamente y bajo cuerda con las mismas empresas que ellos para continuar en el poder y darle viabilidad a su carrera. En ese proceso, traicionó algo más que sus deberes de función y la confianza de sus electores.

Gracias a ella, hoy quien diga “todos son iguales” y justifique así el que las cosas sigan como están, el que quienes se la llevaron siempre se la sigan llevando, el que quienes sufrimos diariamente las mil y una miserias de la vida limeña las sigamos sufriendo de forma indefinida, tendrá un poco más de razón que la que tenía ayer. El resultado neto del paso de Susana Villarán por la alcaldía de Lima va a terminar siendo una pérdida aún mayor de la esperanza de transformación en esta terrible ciudad nuestra, y va a ser mucho más difícil de lo que ya era salir de esa trampa.