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Una publicación de la asociación SER

El genocidio cauchero, la necropolítica y Benjamín Saldaña Rocca

Christian Elguera

Notas sobre Benjamín Saldaña Rocca. Prensa y denuncia en la Amazonía cauchera (Pakarina ediciones, 2020)

La biopolítica puede ser entendida como un dispositivo propio de las sociedades de control. En tales sociedades, los sujetos son controlados, pero no exterminados. En este sentido, una diferencia crucial de la biopolítica con la necropolítica es la decisión de matar como una forma de ejercer poder. Achille Mbembe, en su fundamental texto titulado “Necropolítica”, explica que el concepto de biopolítica no basta para entender sistemas coloniales donde la muerte se convierte en una expresión de soberanía. Asimismo, Mbembe detalla que un término como “estado de excepción” tampoco es suficiente. Así, este autor cuestiona a Agamben que plantea que los estados de excepción son pasajeros, con un ciclo histórico específico. En este sentido, Mbembe subraya que sujetos racializados, quienes han habitado geografías necropolíticas como las plantaciones, viven un constante e inacabable “estado de excepción”.

Así las cosas, caucheros como José Inocente Fonseca o Normand impusieron un régimen necropolítico en la Amazonía inicios del siglo XX. Caucherías como La Chorrera y El Encanto, propiedades de Julio César Arana, fueron espacios donde la muerte de las poblaciones indígenas era una práctica cotidiana. Considerando este contexto, la lucha del periodista Benjamín Saldaña Rocca debe ser entendida como una resistencia ante una campaña colonizadora. En este sentido, la publicación de sus periódicos La Sanción y La Felpa es un rescate de suma importancia para entender ese periodo atroz de nuestra historia. Así, con fortuna, Dante Gonzales, a través de su sello Pakarina ediciones, nos ofrece el libro Benjamín Saldaña Rocca. Prensa y denuncia en la Amazonía cauchera. Este texto ha sido editado por el profesor Leopoldo Bernucci y la investigadora Ana Varela Tafur.

La frase “Es un horror ir al Putumayo. Yo preferiría ir al infierno” remarca las atrocidades cometidas en Iquitos. Sobre Abelardo Agüero se dice que asesina indígenas “con el objeto de ejercitar el pulso como tirador, o por simple distracción” (278). Los caucheros estaban convencidos que no mataban a seres humanos. Flagelaban, quemaban, cercenaban, cuerpos sin valor, sin derechos. No consideraban que sus actos fueran delitos, porque, para ellos, aquellos indígenas no existían. Matarlos, no obstante, era una forma eficaz de enfatizar su poder. Los caucheros fueron exponentes de la necropolítica en su grado más radical. En el número 13 de La Sanción (3 de octubre de 1907), se describe cómo los caucheros quemaron vivos a un grupo de indígenas. La decisión de matar expresa el poder colonial. Saldaña Rocca narra lo siguiente: “Fidel Velarde, seleccionó a veinticinco de ellos, alegando que eran perezosos para el trabajo; esta exposición por parte de Velarde, fue suficiente para que Víctor Macedo y su congénere Loayza, ordenaran que a guisa de túnicas se le pusiera a cada uno de los indios un costal empapado de kerosene y se les prendiera fuego” (85). 

Cuando Anacleto Portocarrero narra los descuartizamientos de cuerpos indígenas, resalta que estos actos eran una práctica cotidiana. Portocarrero afirma que vio: “la cabeza de un indio, el otro bulto la de una mujer, el tercero la de una criatura y así lo demás” (48). En medio de este escenario de muerte, son constantes las referencias a mujeres indígenas que son asesinadas a balazos o convertidas en objetos sexuales. Así, citemos este pasaje del número 5 de La Sanción (5 de septiembre de 1907): “y obtuvieron del gerente Macedo tal autorización, para cederle esa mujer [indígena] como su concubina al ya citado Zumaeta” (57). Sin dudas, el episodio de la explotación del caucho debe ser entendido como un ejemplo de genocidio indígena en la historia peruana. Dicho genocidio no solo fue motivado por agentes individuales como los caucheros, ni por la iniciativa de empresarios como los llamados “barones del caucho”. Por el contrario, se trataba de una maquinaria enraizada en un proyecto nacional civilizatorio. Para las clases dominantes peruanas, la empresa cauchera se encargaba de imponer el progreso y la civilización en espacios que eran considerados primitivos. 

Uno de los primeros aspectos que resalta de los periódicos de Saldaña Rocca es su malestar e impaciencia ante las demoras de los jueces por procesar sus denuncias. Le asombra que, a pesar de las pruebas que presenta, las autoridades judiciales demoren sus decisiones, permitiendo la continuidad de los abusos. Saldaña Rocca no ignora que estos retrasos se deben a sobornos cuantiosos proveídos por los empresarios caucheros y sus aliados. Y aquí destaca otro aspecto de las lides de este periodista. Sabe y hace público que no solo se enfrenta a un sujeto como Arana o a un grupo criminal como los capitanes de las caucherías, sino a un séquito de letrados, periodistas, políticos y diplomáticos. Así, La Sanción y La Felpa develan que la explotación del caucho fue un sistema colonial con múltiples aristas y engranajes, que no solo operó en Iquitos, sino que se diseminaba a nivel transnacional.  Este sistema involucraba tanto a las oficinas de Arana en Inglaterra como aquel repartidor que compró todo el tiraje de La Sanción, para así evitar que sus demandas fueran conocidas. Sobre este último punto leemos: “Como casi todo nuestro primer número se lo ha robado el repartidor que teníamos, para venderlo a cierta casa comercial, interesada en que no se publiquen los crímenes horrendos que se cometen en el Putumayo”.

Este sistema colonial hizo uso de diversos discursos con la finalidad de legitimar su proyecto extractivista y prácticas necropolíticas. Al respecto, mencionemos el recurso de “lo nacional”. En aras de evitar ser acusados por los crímenes que cometían, los empresarios del caucho se encargaron de notificar que aquellos territorios donde dichos crímenes acontecían no eran legislados por Colombia ni por Perú. En efecto, como Saldaña Rocca explicó, dichas tierras estaban bajo jurisdicción especial, mas no así quienes masacraban a las naciones indígenas. Arana utilizó a su favor las tensiones fronterizas entre uno y otro país, celebrando la llegada de soldados colombianos a Iquitos o manifestando su defensa de la nación peruana. Su naturaleza acomodaticia buscaba evitar, a toda costa, cualquier amenaza a sus negocios.

Para Saldaña Rocca el principal responsable del genocidio indígena es Julio César Arana. En el número 6 de La Sanción (9 de septiembre de 1907), claramente afirma: “Porque la casa Arana es autora de los delitos de sus empleados” (61). En más de una ocasión, los ex trabajadores que lo denuncian, resaltan que este empresario estaba claramente informado de las mutilaciones y torturas a las que eran sometidos miles de sujetos indígenas. Así, para nuestro periodista nada diferencia la crueldad de los caucheros de los planes mercantilistas de Arana. Estas denuncias se hacen más notorias en las ediciones de La Felpa. Al respecto, destaquemos que los editores Bernucci y Varela se han preocupado, con gran detalle, por reproducir las caricaturas incluidas en cada ejemplar. Para Saldaña Rocca, este registro visual resultó una herramienta clave para expandir sus reclamos. Las caricaturas permiten mostrar cómo Arana era el símbolo de la necropolítica cauchera. En el número 5 de La Felpa (1 de noviembre de 1907), vemos a Arana rodeado de calaveras. Combinando lenguajes escritos y visuales, la sección “Grabados” incluía una descripción de la imagen. Aquí leemos: “El Genio del Mal ostenta / su arrogante majestad / y una base de osamenta / le sirve de impunidad”. Elegante, bien trajeado, con un mirar altivo, para Arana las muertes indígenas son necesarias para aumentar sus riquezas (Figura 1). Sobre la conexión entre extractivismo y genocidio, Saldaña Rocca hace la siguiente observación: “Si el producto que ellos [Arana y sus socios] mandan pudiera estar en relación con las vidas que cuesta, creo que bien se podría sacar de él algunas arrobas de sangre y cuántas lágrimas!” (La Sanción, numero 33, 14 de noviembre de 1907).

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Figura 1. La Felpa (no. 5, 1 de noviembre de 1907)

En el número 10 de La Felpa (29 de diciembre de 1907), Arana aparece como un hombre sin conciencia, elucubrando delitos, sintiéndose inmune ante cualquier acusación (Figura 2). En este caso, la caricatura lo responsabiliza por la muerte de  Eugene Robuchon. En un primer momento, Robuchon, miembro de La Sociedad de Geografía de París, fue contratado para realizar un estudio científico sobre los dominios de Arana. Se proyectaba como una investigación que buscaba desmentir los crímenes del Putumayo. Sin embargo, como sugiere Saldaña Rocca, Robuchon publicó información que confirmaban las torturas sufridas por los indígenas. En tal sentido, en el número 14 de La Felpa (25 de enero de 1908) se incluye una imagen que reproduce una fotografía tomada por Robuchon . Como puede apreciarse, esta foto muestra, en primer plano, que la necropolítica de los caucheros no tenía límites. En la ya mencionada sección “Grabados” se les compara con “émulos de Belcebú”. Citemos la descripción de la imagen: “Y así, al indio aniquilando, / émulos de Belcebú, / van las selvas despoblando / del Oriente del Perú”. 

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Figura 2. La Felpa (no. 10, 29 de diciembre de 1907)

A pesar que Arana era defendido por sus aliados y que su poder que se extendía por Perú y Colombia, Saldaña Rocca no desistió en su compromiso. En el número 3 de La Felpa (30 de septiembre de 1907), afirma lo siguiente: “Yo desprecio de Arana el poderío, pues vencido serás por mí en la lid, con profundo desdén de ti me río, si tú eres un Goliat, yo soy David”. Se reconoce a sí mismo como un contrincante en desventaja, pero dispuesto a continuar con sus ataques. Lo motiva el deseo de justicia, pero, sobre todo, la defensa de los derechos humanos de numerosos sujetos indígenas. Para Arana, estas muertes eran una prioridad para aumentar sus negocios. Para el Estado, dichos sujetos no existían, eran obstáculos que debían ser exterminados y Arana cumplía con tal objetivo. En contraste, para Saldaña Rocca se trataba de seres reales, vulnerados, víctimas de una empresa sádica. Cuando siente que pierde la batalla, de inmediato publica la carta de un ex cauchero. Las descripciones son crueles, detalladas, enfatizando el poder sanguinario de cada trabajador en La Chorrera y El Encanto. Pero no edita este mensaje por una cuestión de morbo o espectáculo. Decide incluir esas misivas porque, considera, esa es la única manera de hacer visibles esos delitos. Entre torturas y escritos, los sujetos indígenas existen, son visualizados, como cuerpos destruidos, como residuos sin importancia.

Bernucci y Varela, como editores de este volumen, nos recuerdan esa masacre. Su edición materializa una historia que pareciera lejana, que se pierde e incluso desaparece en el mapa de los sucesos socio-políticos del país. Los indígenas amazónicos han sido invisibilizados en nuestra historia. Por esto, un libro como Benjamín Saldaña Rocca. Prensa y denuncia en la Amazonía cauchera recupera la memoria de un exterminio. Pero no se trata, infelizmente, solo de un acontecimiento del pasado. Leyendo las páginas de este libro descubrimos la continuidad de discursos nacionalistas, desarrollistas, que marcan la línea divisoria entre civilización y barbarie. La violencia de Sendero Luminoso contra la nación Asháninka, el Baguazo de Alan García, la actual amenaza extractivista en la Amazonía, son eventos que, en diversos grados, actualizan el genocidio del caucho. Los territorios amazónicos, en Perú o Brasil, por ejemplo, continúan siendo traducidos como suelos que deben ser explotados, y los derechos de sus habitantes indígenas desaparecen ante proyectos extractivistas.