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Una publicación de la asociación SER

El odio sobre la razón

Ayer, martes 10 de marzo del 2015, las esperanzas e ideales por un país mejor fueron destruidas. El Perú pudo poner fin al odio y comenzar a construir una sociedad basada en el respeto y la justicia, pero no lo hizo. Ganaron el miedo, la falsa moral y la hipocresía. El odio venció a la razón.

Las palabras inmortales “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” hoy parecen fantasmas; sólo son palabras que en la práctica no importan: Los derechos de la minoría siguen siendo pisoteados. Lo que sigue vigente es el absurdo y la incongruencia de llamar “privilegios” a derechos ancestrales y universales. No se trata de privilegios ni de derechos especiales. Se trata de los mismos derechos que compartimos todas las personas; se trata del respeto pleno a los derechos ya existentes.

El absurdo pretexto de la familia

El congresista Carlos Tubino, no conforme con vociferar sus comentarios discriminatorios e inadmisibles durante el debate, comentó para la prensa que el Perú ganó porque primó la protección y defensa de la familia, y que somos un ejemplo frente a los demás países. ¡Cuánta bajeza en un legislador!

Cierto es que la Constitución define a la familia como una institución natural y fundamental para la sociedad. Sin embargo, el documento no define un concepto único de familia, y no lo hace, simplemente, porque las instituciones jurídicas deben evolucionar al mismo ritmo que la sociedad, si no quieren que el derecho deje de ser eficaz y útil. Por ejemplo:  El Tribunal Constitucional, en la Sentencia 06572-2006-PA/TC, señala que el instituto de la familia no debe relacionarse necesariamente con el matrimonio, pues los cambios han generado familias con estructuras diferentes, como la unión de hecho, con hijos o sin ellos, las monoparentales o las denominadas “reconstituidas”.

Creer que la Unión Civil pone en riesgo la institución de la familia no tiene sustento legal ni lógica. Es ridículo creer que la unión civil es una especie de plaga que va promover las uniones homosexuales, que va corromper a los heterosexuales, logrando que también “optemos” por una vida o unión homosexual. La homosexualidad no se contagia, no es una opción.

Entonces, ¿por qué sólo los heterosexuales podemos tener diferentes tipos de familia? ¿Por qué nosotros sí tenemos privilegios y ellos no tienen derechos?

No tomar el nombre de Dios en vano

“Las relaciones entre personas del mismo sexo atentan contra las enseñanzas religiosas y los valores tradicionales”. ”La homosexualidad es una aberración de la naturaleza y un atentado contra Dios”. “La homosexualidad es una maldición de Dios por no cumplir sus mandamientos”. ¡Por favor! ¡Basta!

Todas las personas tienen derecho a la libertad de expresión y la diversidad de creencias. Sin embargo, la Constitución Política garantiza que el Estado no base sus decisiones en ninguna religión. Por tal motivo, la falsa moral religiosa del cardenal Cipriani, de monseñor Bambarén y de cuánto colectivo fanático-religioso exista, no tiene valor alguno ni poder para influenciar en una decisión legal; menos, si se trata de derechos fundamentales. Ni el Estado, ni la sociedad pueden imponer tradiciones, cultura y creencias religiosas contra los derechos de una persona. Dios no castiga, Dios no maldice, Dios no restringe derechos. El ser humano sí.

¿Cuánto más vamos a esperar? ¿Qué tiene que pasar para que nos demos cuenta? ¿A qué le tenemos tanto miedo?

Yo quiero vivir en un país sin discriminación, donde ser diferente no sea un crimen; quiero que la religión deje de ser un pretexto, y que la protección de unos deje de ser a expensas de las minorías; quiero un país donde mis derechos no valgan menos ni más que el de los demás; quiero que aprendamos a cambiar el odio y el miedo por respeto y valor.

Quiero que lo ocurrido en el Congreso no nos reduzca, y que nos dé, más bien, una voz más potente y más fuerzas para seguir luchando. Nuestros derechos nos exigen que lo hagamos.