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Una publicación de la asociación SER

El pasado que no pasa

En Arequipa, la tradición manda que en la madrugada del Domingo de Pascua de Resurrección se queme la imagen de Judas, el traidor. Pero este Judas peruanizado no se va compungido,  cabizbajo o derrotado. Por el contrario, desafiante, burlón, aguerrido, antes de ser consumido por las llamas y la pólvora, toma venganza en su testamento que se lee a voz en cuello y que viene a ser una sarcástica recopilación crítica de las costumbres de mis paisanos. Así, el chivo expiatorio que debía cargar con todos los males, errores, pecados y vergüenzas populares, se convierte en las postrimerías de su vida en duro fiscal y juez que se burla del falso cristianismo de sus verdugos.

Habría que ponerse en esa perspectiva para usar las armas de la crítica en este momento oscuro que atravesamos los peruanos y examinar la vacuidad de nuestra vida democrática. Porque el pasado que creíamos alejado y una pesadilla superada no ha pasado. El pasado de la hiperinflación y del conflicto armado interno, el pasado de la corrupción y de la dictadura, el pasado del gamonalismo y del racismo. Ese pasado no ha sido remplazado por la modernidad prometida, por la productividad, por la superación de la pobreza y el “emprendedurismo”, por la institucionalidad y la tolerancia, por el crecimiento sostenido y nuestra competitividad internacional.

El pasado no pasa nunca, ni siquiera es pasado, dice Javier Cercas que decía Faulkner. Y aunque varios de los que fueron los protagonistas de la vida pública en el pasado reciente han sido defenestrados vergonzosamente por la opinión popular, el pasado del odio, del enfrentamiento, de los cuchillos largos y de los dientes afilados no ha sido superado. Porque la transición hacia la Democracia fracasó. No sólo porque un gobierno “democrático” masacró a los awajún en la Curva del Diablo, sino porque el pueblo awajún masacró a una veintena de policías en Imazita en pleno “régimen democrático”. Porque el gobierno de “la gran transformación” es responsable de la muerte violenta de 70 peruanos que reclamaban sus derechos. No, no hemos dejado de ser una república bananera, ni nuestra sociedad ha superado la barbarie del gamonalismo, la barbarie del sectarismo que mata al hincha del otro equipo, que mata a la esposa, que asesina a los homosexuales.

Y la angustia que genera en algunos la vuelta al pasado puede ser una neurosis pequeño burguesa, dependiendo de qué pasado se hable[1]. El origen de mi angustia, en cambio, reside en comprobar el hecho macizo de que, al menos, un tercio de los adultos del Perú consienten con los crímenes de lesa humanidad y de corrupción y consienten con la política que hizo desaparecer a 15 mil peruanos y con la política que privatizó el patrimonio público, de la que, al menos, 2 mil millones de dólares fueron a parar a bolsillos particulares. El pasado del saqueo, el pasado de la persecución, el pasado de la vergüenza es el presente de la complicidad, del silencio, del mirar para otro lado mientras a mi familia no la toquen.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Quiénes son los responsables, aparte de los políticos “nuevos” sin doctrina, sin definición, de frases huecas y falta de compromiso, que no se han atrevido a zanjar con los protagonistas de la vieja política? Seguramente entre ellos están varios jerarcas de la Iglesia Católica, cómplices lejanos del pecado nefando de la pederastia y a los que Dante hace tantos siglos tenía bien señalados, pero cómplices cercanos de la muerte y desaparición de inocentes entre los más vulnerables. Y tampoco se escapan los obispos de las iglesias evangélicas. Esos pastores, esos nuevos Judas, que matan la fe y la esperanza y son responsables de que miles abandonen la Iglesia todos los días.

Seguramente están también entre los responsables los editores, tituleros, redactores, locutores y productores de los grandes medios, empeñados en el olvido cómplice atiborrando al espectador o lector con miles de datos perfectamente inútiles. Porque la pelotera, las aguas cruzadas, el griterío han impedido e impiden que los electores se informen bien, repasen la historia y se formen un juicio crítico. No, lo que les conviene a los poderosos es que sus publicistas metan miedo, muchos miedos, para tener atadas a las gentes al pasado, aunque hablen y vociferen de las promesas del futuro, de un mañana que nunca llegará, aunque la plata exista para solucionar los principales problemas del Perú, Kuczinsky dixit.

Ese periodismo amarillo que fomenta la descalificación del Congreso como institución básica de un Estado democrático (aunque los pretextos no falten). Ese mismo periodismo que confunde – a sabiendas- a la izquierda democrática y legal con el stalinismo, el polpotismo o el senderismo.

¿Y qué se puede decir de los dirigentes y periodistas deportivos que han convertido un deporte que fusiona y eleva las almas y hace que los niños y jóvenes quieran ser mejores, en un vulgar negocio, en el nuevo opio del pueblo y fomentan la pasión y la violencia verbal de sus estrellas, aunque se laven las manos por el asesinato del joven Oyarce?

¿Y qué decir de los maestros invadidos por la abulia, el desinterés, la indolencia, cuando no del criticismo escéptico e infecundo, del individualismo estéril que mata la esperanza de que es posible un mundo mejor en los adolescentes y jóvenes?

Y son también responsables los incendiarios que gritan y agitan “fraude, fraude”, en estos días oscuros, porque no quieren someterse a la decisión de nuestras debilísimas instituciones y del voto de las mayorías. Porque son demócratas precarios, falsos, más bien adoradores de la ley del embudo, pescadores de río revuelto. Esos que siguen cantando que “la sangre del pueblo tiene rico perfume”, con la secreta intención, acaso, de que todo vuelva a empezar…


[1]La filósofa Giselle Velarde ha escrito (El Comercio 29/03/16) que“[Verónika] Mendoza representa el riesgo de regresar al pasado y permanecer en él en varios sentidos”, y su temor se entiende cuando nos enteramos que para ella es un “principio de realidad… (3) Los seres humanos no nacen iguales ni son iguales, pero debe haber igualdad ante la ley”. Claro, ese principio le impide ver que no nos hemos alejado un ápice del pasado económico que generó miseria e incendiarios, por igual.