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Una publicación de la asociación SER
Profesor Asistente en el Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile.

El siglo de Asia: nuevas miradas sobre la Guerra Fría desde el Pacífico

Que China va a ser la próxima potencia mundial es algo inevitable. Estados Unidos, que luego de la caída de la URSS estaba llamado a ser el líder mundial por al menos otro siglo más, nada puede hacer al respecto, debido al rápido declive en que se encuentra. Rusia tampoco puede hacer mucho para evitar el ascenso chino, ocupada como está en intervenir en la política norteamericana y consolidar la presencia de Putin. Hasta hace unos años vaticinar la hegemonía china –y por ende asiática– podía ser una apuesta arriesgada. No obstante, habían diversas señales de que el siglo XXI sería asiático. Y muchas de estas señales pueden encontrarse en el período inmediatamente posterior al fin de la Segunda Guerra Mundial, un periodo que conocemos como la Guerra Fría.

Asia y el Pacífico durante la Guerra Fría (Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica y UC, 2018, 331 pp.), volumen colectivo editado por Robert Cribb (Universidad Nacional Australiana), Juan Luis Perello (Universidad de Tokio) y mi colega de la Universidad Católica de Chile, Pedro Iacobelli, reúne 18 ensayos escritos por especialistas. Estos ensayos nos obligan a mover nuestra perspectiva desde el norte marcado por Estados Unidos y Europa hacia el continente asiático, incluyendo India y el espacio marítimo del Océano Pacífico. Se trata de un viraje necesario para poder comprender este nuevo escenario que se abre, en el que América Latina tendrá que renegociar su posición geopolítica y dejar de mirar al norte y más hacia el Oeste.

Los ensayos que componen el libro, acompañados de mapas bastante útiles, explican de manera clara las diversas trayectorias que siguieron los países asiáticos durante los convulsionados años de la Guerra Fría (el Índice puede ser consultado en este enlace). En lo que sigue, explicaré estos dos ejes y su importancia.

Asia

Para cuando la Segunda Guerra Mundial había terminado, Asia distaba mucho de ser el escenario más apropiado sobre el cual mostrar cómo debía forjarse el futuro post-bélico. En realidad, Europa no estaba necesariamente en una mejor situación. Pero Asia había sido el campo de batalla final del enfrentamiento entre las tropas aliadas y las del Eje, una vez derrotados Hitler y Mussolini. La detonación de dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, es un trágico recordatorio de la crueldad con la que se buscó terminar esta guerra. Pero como se señala apropiadamente en el libro, no siempre las dinámicas temporales que funcionaron para Occidente fueron las mismas que se dieron para el espacio asiático. Así, el fin de la guerra solo trajo nuevas tensiones en China, Japón, el sudeste asiático, las dos Coreas y la India, solo por mencionar las más importantes. Vale la pena repasar algunas de estas.

Japón es uno de los países que sufrió directamente el legado de la Guerra Fría. La derrota por Estados Unidos fue seguida por un periodo de ocupación que, como bien lo recuerda Iacobelli, tuvo tres objetivos inmediatos y profundos: desmovilizar, desmilitarizar y democratizar. Desde la óptica norteamericana, lo que se buscaba era modernizar la isla de modo tal que pudiese servir como área de contención del comunismo. No obstante, ello tuvo un costo, que fue el de reforzar a los sectores tradicionales nipones y limitar el liberalismo de la primera etapa de ocupación. Pese a ello, hasta 1973, la isla experimentó un marcado periodo de crecimiento y desarrollo, que sería conocido como el “milagro japonés”. Aún con estos logros, el pasado japonés como país agresor y colonialista de las décadas de 1920 y 1930 provocó una serie de roces con países anteriormente sometidos por la isla, como China (Manchuria) y Corea.

India, por otro lado, es un actor que no suele aparecer en la dinámica asiática, marcada principalmente por la presencia china y japonesa. Sin embargo, Felipe Luarte Correa hace un muy buen trabajo repasando los principales acontecimientos ocurridos en dicha nación después de su independencia del Imperio Británico y los esfuerzos por construir un estado-nación, sobre todo con la dupla dirigente de Sri Pandit Jawaharlal Nehru e Indira Gandhi. Este esfuerzo se entiende mejor si tomamos en cuenta la diversidad lingüística, de castas y religiosa del país, que se trató de respetar desde el Gobierno a la vez que servía de motor de distintos proyectos políticos. De igual modo, la partición de 1947, que creó Pakistán y posteriormente Bangladesh, y que marcó el nacimiento de la India, no estuvo exenta de una alta dosis de violencia y dejó un conflicto latente en Cachemira. Con todos estos problemas, India pudo posicionarse como una tercera vía frente al binomio EEUU-URSS, aprovechando la Conferencia de Bandung (1955) y el Movimiento de Países No Alineados (1961).

El Pacífico jugó también un rol fundamental en esta historia. El ensayo de Paul D’Arcy rescata el espacio marítimo desde la perspectiva del colonialismo y la ocupación no solo de masas litorales sino también de las pequeñas islas hasta mediados del siglo pasado. Un aspecto que lo afectó directamente durante la postguerra fue su transformación en un área de pruebas atómicas. Asimismo, la descolonización llevó a que las naciones recién formadas busquen asegurar un acceso soberano al mar y a los recursos marítimos por medio de tratados internacionales. La atención de D’Arcy por las pequeñas repúblicas que emergieron de las islas, especialmente de Oceanía, va de la mano con una necesaria explicación sobre la reciente “descoordinada y hasta conflictiva” presencia asiática. Se trata de un movimiento que está despertando nuevas alertas y reacomodos entre países, de manera similar a lo que viene ocurriendo en las áreas continentales. La declaración, por ejemplo, de 2007 como “Año del Pacífico” por el gobierno norteamericano debe entenderse como una suerte de despedida ante una presencia que se desvanece rápidamente.

 

Repensando la Guerra Fría

La tensión entre el Occidente capitalista y el bloque soviético y comunista ha recibido el nombre de Guerra Fría. Aún cuando se tiende a pensar que se logró mantener los conflictos abiertos en un nivel mínimo (como durante la Crisis de los Misiles en Cuba), en Asia estas tensiones se manifestaron en guerras de ambos bandos, como ocurrió entre Corea del Norte y Corea del Sur en 1950 y la Guerra de Vietnam a fines de los años 60. A diferencia de lo ocurrido en Cuba, se trató de conflictos caracterizados por su larga duración, como el de Corea (si bien se han obtenido notables avances a nivel diplomático) o por el revés que significó para las fuerzas estadounidenses la derrota a manos del Viet-Cong.

Así, la Guerra Fría adquirió un perfil distinto en esta región (la Guerra de Vietnam involucró a la población civil); pero también se puede encontrar similitudes entre las dos Coreas y las dos Alemanias a causa de la separación de familias que supuso la división de fronteras. La violencia se desbordó en casos como los del Khmer Rouge, la sangrienta organización camboyana liderada por Pol Pot y responsable de una de las peores masacres del siglo. La variación de intensidad de un conflicto global como el de la Guerra Fría está presente en los ensayos del volumen que comentamos, señalando todos estos matices. Pero además, los editores y autores son muy cuidadosos para evidenciar que el legado de esta tensión entre los bloques capitalista y comunista no se cerró con la supuesta victoria del primero en 1991 sino que encontró nuevas formas de recrearse, mientras determinados actores buscaban a su vez aprovechar la perpetuación de estas fisuras para beneficio propio.

Uno de los méritos de los textos reunidos, es que escapan a la explicación fácil o a los determinismos. Es decir, los autores y las autoras presenta una diversidad de alternativas que se fueron produciendo a medida que las relaciones entre las superpotencias se “enfriaban” o “calentaban” a medida que pulseaban al bando opuesto. Y a esto habría que añadir los intentos de algunos países por escapar a esta camisa de fuerza entre EEUU y la Unión Soviética buscando un perfil propio y de hegemonía frente a los demás países.

El libro permite asimismo establecer varias conexiones con otras regiones, tanto en territorios como Europa y Estados Unidos, pero también permite pensar los vínculos con América Latina. Precisamente ahora estamos experimentando una rápida expansión china, cuyos antecedentes durante y después del maoísmo son examinados muy hábilmente en el texto de María Montt Strabucchi. Dicha expansión ya no solo se da en África sino en los países latinoamericanos en la búsqueda de materias primas mientras su gobierno reactiva el interés por el idioma chino a través de sus centros culturales. De hecho, como lo reportó hace unos días la revista Bloomberg, ya hay una presencia activa de China en la Antártida a través de estaciones de investigación y una flota permanente.

El cambio de paradigma de Occidente por Asia puede que sea beneficioso –a mediano o largo plazo– para nuestra región, pero solo lo sabremos mientras comprendamos mejor las etapas previas de este proceso. Escrito de manera didáctica y accesible para un público amplio, Asia y el Pacífico durante la Guerra Fría es un texto muy sugerente para extender nuestra mirada fuera de la región y comprender, en su complejidad, el escenario que enfrentaremos en las próximas décadas.

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