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Una publicación de la asociación SER

El último cuento

Foto: Letraslibres.com

A propósito de la muerte del actor Peter Fonda, recordaba el otro día que Víctor Hurtado, nuestro hombre en San José de Costa Rica, escribió una vez que “los buenos filósofos son como los buenos histriones: saben que no hay pequeños papeles sino pequeños actores”. Y lo hacía, recordando el film Easy Rider (traducida como “Busco mi Destino”), en el que el desempeño de un desconocido Jack Nicholson en un papel secundario, fue de tal calidad que, literalmente, le robó los aplausos del público y la crítica, al hijo del gran Henry.

Y recordaba también a Cledy, quien, siendo niña, había sido reducida al papel de una roca - por  monjas que la miraban mal - en una actuación escolar. Su consigna fue permanecer inmóvil y callada, lo que practicó con estoicismo durante las semanas previas del estreno. Pero, llegado el gran día y con el auditorio lleno de padres, madres, abuelos y hermanos, decidió que la posición de la roca en el paisaje no era la más adecuada, por lo que, como estaba convencida que nadie se fijaba en una roca, fue deslizándose en forma intermitente hasta su nueva ubicación, para desesperación de la directora del montaje y el jolgorio de la platea. Al final, cuando se descubrió quién había hecho de piedra, resultó la más aplaudida.

Todo esto viene a cuento porque se ha dado a conocer El Hombre de Negro, el último relato de Mario Vargas LLosa[1] que gira principalmente en torno a la descripción de un personaje que parece haberlo olvidado, cuando escribió “Los cuentos de la peste”, una recreación teatral de ocho de los cuentos del “Decamerón” de Giovanni Bocaccio. Más que una trama o un episodio destinados a conmover o sorprender al lector, resulta una narración que llega a crear una atmósfera misteriosa que invita a más de una lectura.

Es un cuento singular porque trata sobre una obra de teatro del autor del cuento, que hace intervenir en la historia a los mismos actores y actrices ubicados en primera fila del teatro español. Aitana Sánchez Gijón, quien ya había interpretado otros dramas de Vargas Llosa, en febrero del 2015, bajo de la dirección de Joan Ollé, acompañada de Marta Poveda, Pedro Casablanc y Óscar De la Fuente, junto con nuestro paisano, la llevaron a escena.

Es un cuento sobre el teatro o en el teatro, como si MVLL tratara de corregir su drama y complementarlo con este no-personaje que es “el hombre de negro”, extraído y adaptado del teatro japonés. Sin tener un desenlace teatral e inesperado, una segunda y una tercera lectura van descubriendo escondrijos, recovecos y rincones no iluminados como en las escenas donde tiene que no-actuar, casi no existir, como la piedra de Cledy, el hombre de negro, un actor cincuentón, mediocre y venido a menos, Antenor Montalvo, migrante peruano en Madrid.

Como sabemos, Vargas LLosa no es un neófito en las tablas. Desde “La Señorita de Tacna” de 1981, “Kathie y el hipopótamo” (1983) y “La Chunga” (1986) hasta “Los cuentos de la peste” (2014), se cuentan diez las obras teatrales escritas por él, aunque sólo en “Las mil y una noches” (2008 en Madrid, 2011 en México) y en “Los cuentos de la peste”, intervino como actor[2].

Pero el teatro es para MVLL “aventura arriesgada [y hasta] temeraria” como él mismo ha dicho, pues, siendo un narrador, persuade con un discurso escrito a un lector que lo lee en silencio, mientras que en el teatro, en cambio, debe crear esa atmósfera extraña -que extraiga al espectador de su vida cotidiana de apuros y contrariedades- a partir de palabras dichas y la actuación, las voces, los silencios, la iluminación y la música o los ruidos de las artes escénicas, para que un conjunto de espectadores inmediatamente lo premie con su venia y sus aplausos o por el contrario, lo castigue con su silencio o su desdén. Aunque, claro está, qué sería de los autores teatrales sin los directores y sin los actores y actrices que dan vida a unos personajes apenas esbozados por ellos.

(Los políticos, que tienen mucho de actores, son también las primas donnas de puestas en escena donde intervienen publicistas, periodistas, encuestadores, financistas, intelectuales y empresarios que ayudan a venderlos a los ingenuos electores como salvadores de la patria. Aunque a diferencia de los artistas, a sus imitadores, más temprano que tarde, se les descubren los trucos. Cuanto más pequeños actores, menos tiempo de vigencia, aunque no siempre se dan cuenta que sería saludable que hicieran mutis por el foro, como se los reclama ahora la nación entera, aunque no necesariamente con el estilo teatral de AG).

El cuento aborda un tópico tratado por innumerables autores: el del fracaso o el éxito en la vida y cuáles son los resortes ocultos que los disparan. En este caso, el protagonista es un hombre que ya se ha convencido de su fracaso y que acepta ese extraño papel, como alternativa al suicidio, pues, casi no tiene para comer. Y porque quiere conocer los motivos de Aitana.

Este cuento puede ser leído también en clave amorosa, aunque sea el de un amor silencioso, contenido, inefable y mudo, que nace de la admiración y pasa a la contemplación embelesada (”Estaba descalza y tenía unos pies muy blancos y bonitos, armoniosamente dibujados”), cuando el actor, que anda fuera de los circuitos teatrales, cuando ya sus sueños se habían agotado, cuando por obra del azar -aunque en verdad es por recomendación de la primera actriz- pasa más de ocho semanas junto a una verdadera estrella, lejana para el común de los galanes, para sólo gozar del placer de su cercanía. Y no hubiera sucedido nada más, si él no descubre el secreto de Aitana.

Un momento clave de la narración ocurre en las siguientes líneas que también puede ser leído como la batalla decisiva en que el hombre tímido y cobarde no sufre derrota alguna, sino que da un estratégico paso atrás, para no perderlo todo:

“Pero, a la hora de los postres –helados, tartufo o tarta de fresa–, en una pausa, Antenor se atrevió a dirigirse a ella directamente, en voz baja:

–En esa escena en que das vueltas a la fuente, cuando la historia de “El halcón” –comenzó a decir, pero no pudo continuar porque vio que Aitana palidecía de golpe y sus ojos se atolondraban; pestañaba como presa de un ataque de terror, miraba a uno y otro lado como queriendo escapar de aquello que Antenor quería decirle o preguntarle. La vio tan turbada, que no se atrevió a continuar. “¿Sí, sí?”, la oyó decir, mirándolo con unos ojos en los que –Antenor no tuvo la menor duda– había una súplica manifiesta, tan elocuente, que él se apresuró a cambiar de tema.”

Siendo un maestro de la narración Vargas Llosa, deja un punto ciego fuera del alcance del lector, como ingrediente de toda narración magistral, según ha subrayado Javier Cercas en su libro del 2016. En este caso es la pregunta que se hace Antenor: ¿por qué Aitana lo recomendó para el papel del hombre de negro? Al que se agrega la intriga que genera el giro de su última frase.

 

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[1] Se titula “El hombre de negro” y se lo puede leer gratuitamente en:

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/el-hombre-negro

[2] Vargas Llosa iba a participar en la lectura dramatizada de la obra escrita por Mariana de Althaus, referida a su vida, programada para la reciente FIL de Lima. Lamentablemente él canceló su participación. Ver en https://manoalzada.pe/cultura/mariana-de-althaus-no-presentara-obra-sobre-vargas-llosa