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Una publicación de la asociación SER
Pontificia Universidad Católica del Perú

En diálogo con mi promo Lurgio *

El presente texto[1] toma como base dos libros recientemente publicados por Lurgio Gavilán:

  • Memorias de un soldado desconocido (Lima, IEP, segunda edición, 2017)
  • Carta al teniente Shogún (Lima, serie Debate, Penguin Random House Grupo Editorial, 2019)

 

El 24 de enero de 2013 Cecilia Méndez, Carla Granados y yo con ayuda de algunos integrantes del Grupo Memoria, llevamos a cabo el Coloquio “Diálogos por la paz y la memoria” en el local del IEP 2.[2] En aquella oportunidad hicimos algo osado: presentamos el libro del querido Lurgio Gavilán, Memorias de un soldado desconocido, conjuntamente con el publicado por la Comisión Permanente de Historia del Ejército Peruano, En honor a la verdad. Fue un momento importante ya que académicas y académicos nos sentamos en la mesa con miembros del Ejército peruano y con un ex senderista que también había sido niño soldado. Perro, pericote y gato juntos, pero no revueltos, nos sentamos a conversar y estos libros abrieron la posibilidad de mirarnos, interpelarnos y compartir un mismo espacio. Seis años después volvemos a sentarnos a discutir otro gran libro que nos entrega Lurgio, la Carta al teniente Shogún, que sirve para reunirnos a discutir sobre nuestra historia reciente.

Carta al teniente Shogún está escrito con una prosa delicada. Lurgio escribe a Shogún y nos habla y a través nuestro, resquebraja la distancia con su dilecto ellos-nosotros, ellos somos también nosotros, nosotros somos también ellos. Lurgio va contándole los avatares de su vida y también lo que es vivir para él. A Shogún y a Rosaura que aparecen en este último libro los conocimos desde la primera edición de Memorias de un Soldado Desconocido donde aprendimos sobre las muchas vidas de Lurgio y a través suyo sobre las historias de los niños soldados. En la segunda edición de Memorias, Lurgio se extiende e incluye encuentros con amigos, los otros “cabitos” con quienes como niños-soldados se enfrentaron al mundo. El cabito Andrés, el cabito Vicente, el cabito Lurgio, sus caminos se encontraron en el cuartel Los Cabitos de Ayacucho. Eran niños que habían vivido tanto que fueron capaces de enfrentar un conflicto sin terminar de entender por qué peleaban. En el camino se hicieron hombres y ciudadanos, y como cuenta uno de ellos sin entender tampoco cómo ni por qué el Ejercito le quemó su casa.

Lurgio luego se detiene en el epílogo de la segunda edición de Memorias en Adela, que tampoco entiende nada. Ella ha perdido tanto. La guerra, como Adela le cuenta a Lurgio y él a todos, “se tragó a su padre, esposo, hijos, hermanos y tíos” (2017: 227).  Ella se la pasa lavando ropa sin casa. Adela vivió la guerra desde dentro de Sendero Luminoso. Vivió escapando de su comunidad, de los ronderos. Un día decidió volver a su pueblo para oír el rumor detrás suyo, el murmullo atemorizador a su alrededor. Se quedó sin familia, sin amigos, sin “compasión” como ella misma dice. La guerra le arrebató todo. “¿Qué diría el partido de mi historia?”, se pregunta Adela (2017: 241).

Recojo de este epílogo esas otras voces que ya desde hace pocos años han comenzado a contar sus historias. Las voces de este epílogo muestran no solo el claroscuro del conflicto, además problematizan la propia noción de perpetrador. Ya no es una figura definida, ya no tenemos un sujeto delineado. Tenemos los delitos que son los crímenes, pero tenemos las personas de carne y hueso sometidas a torturas, disciplinadas y también deshumanizadas. El trabajo de Lurgio nos hace ver también aspectos poco trabajados sobre este periodo y es esa sensación de haber sido una guerra entre jóvenes: soldados (cabitos) y militantes que abrazaron las armas y una ideología, que con poco conocimiento sobre el país se enfrentaron y se ensañaron entre sí. Resolvieron estrategias de guerra, jugaron a la guerra tomando referentes propios, que aún es necesario comprender de donde vinieron. Entre estos, Rosaura como Shogún salvaron a Lurgio de esa crueldad y de ese horror mientras la ternura de los bucles de su hija, lo anclan en el presente. Es esta oscilación de tiempos, espacios y distancias que aparecen en la Carta y la hacen tan presente.

Hay muchas maneras de leer la Carta al teniente Shogún. Si bien está dirigida a una persona, la carta está abierta para todos porque nos da cuenta de algo que preocupa a Lurgio desde su libro anterior y es que “Cada quien vivió sus guerras, teniente. Y hay tantas como tanta gente pasó por ellas.” (2019: 66).  Cada quien vivió sus guerras y sin embargo se le estudia como única, cuando vemos la polifonía de voces que la componen. En esta intrínseca heterogeneidad descansa la complejidad de entender el fenómeno y sus consecuencias inevitables que vivimos hasta hoy.  Aunque es importante, se vuelve insuficientes el Informe Final, los miles de testimonios, los estudios realizados, el mismo LUM, sin dejar de reconocer que son importantes. La guerra no terminó en algunos lugares del Perú continuó bajo estados de emergencia o enfrentamientos y bases militares. La guerra dejó muchas huellas diferentes incluso como describe en algún momento, dejó “una geografía devastada por el odio del hombre” (2019: 83) e instaló, me atrevo a decir, la desconfianza como base de las relaciones que tejemos como ciudadanos con el Estado y entre nosotros.  Las guerras atravesaron nuestros cuerpos en todas sus dimensiones, humanas, no humanas, Estado.

El soldado peruano es un hombre común, nos dice Lurgio (2019: 87). El Ejército comparte con Sendero Luminoso “la disciplina, la obediencia y la subordinación de sus agrupaciones que cimientan subjetividades y hacen ver cómo las ideas del mundo, ideas sobre ellos mismos y sobre los otros, se convierten en última instancia, en cárceles de sus propios sinos. Esa fue la casa donde vivimos, mi teniente” (2019: 87).

Aprisionados en cuarteles y en ideologías extremistas. Resistir a ambas es en sí mismo un acto político de rebeldía y se convierte en un acto heroico. Recordar la guerra se vuelve necesario. Lurgio cuestiona y condena a Sendero Luminoso por el espiral de violencia. ¿Valió la pena tanto dolor? Agradece a Shogún por su vida, su familia, sus amigos, pero también le cuestiona por esa cárcel donde vivieron en el Ejército, por ese escaso o nulo reconocimiento a los niños-soldados (“los cabitos”) de esta historia que aún debe escribirse de la mano de Alberto, Carlitos, Halcón, Jaguar, el Loco, el cabito Andrés, el cabito Vicente y tantos otros más.

Esa historia sigue siendo presente y necesaria para comprendernos, y una forma de hacerlo es dejar de pensar que fue una única guerra. Como dijo Lurgio en la presentación que tuvimos en el LUM el 7 de setiembre, “Atreverse a decir”, con la carga semántica y simbólica que implica es también aprender a escuchar sin prejuicio para comenzar a discernir las muchas guerras que se vivieron y que aún continuan de tantas maneras.       

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*Aparecemos en el libro de Carta al teniente Shogún en el maravilloso viaje que compartimos a Salvador de Bahía, gracias a la invitación de Carla Dameane y Romulo Monte Alto, y que nos juntó a Lurgio, Edilberto Jiménez, Karina Pacheco, Rocío Silva Santisteban, Mauricio Delgado y a mi. Las conversaciones sobre Rosaura, Shogún, los dibujos de Edilberto fueron muy importantes para este diálogo.

[1] Partes de este texto fueron presentadas en el Coloquio “Historias y memorias de soldados desconocidos: ¿una generación excluída en los debates post conflicto?” LUM, 07 de setiembre de 2019, otras fueron alimentadas por la discusión. Agradecimientos a Carla Granados por la organización y a Lurgio Gavilán.

[2] Véase las ponencias presentadas en el siguiente enlace: https://iep.org.pe/noticias/mira-los-videos-de-las-ponencias-del-i-coloquio-dialogos-por-la-paz-y-la-memoria/