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Una publicación de la asociación SER

En nombre del gobierno: memoria y compromiso en Ponciano del Pino

Quiero recomendarles En nombre del gobierno. El Perú y Uchuraccay: un siglo de política campesina (Universidad Nacional de Juliaca – Estación La Cultura, 2017), del historiador Ponciano del Pino. La brevedad de esta columna me impide hacer una reseña que le haga justicia a esta investigación, por lo que solo compartiré algunas impresiones que dejó en mí la lectura de este libro.

Pocas veces he tenido entre manos un trabajo sobre memoria del período de violencia que alcance un nivel de profundidad como este. Las primeras investigaciones en este campo ya indicaron que la memoria, basada en los enunciados de los testigos, es selectiva, y por eso resulta conveniente escudriñar también los silencios. Adentrarse en lo no enunciado resulta una tarea mucho más compleja y no suele ser emprendida por la mayor parte de investigadores. No ocurre así en este texto que, para el conocido caso Uchuraccay, no se limita a reconstruir los hechos a partir de los testimonios de los protagonistas campesinos, sino que describe e interpreta los silencios y los pactos comunales en torno a ellos. Así, al identificarlos y nombrarlos los convierte en parte de una historia que no quiso reconocerlos.

Pero el libro no gira solo en torno a este trágico acontecimiento y a los avatares de la mencionada comunidad. Los sucesivos capítulos van ampliando el ámbito geográfico en el cual se mueven las comunidades campesinas (la provincia de Huanta, el diálogo con el gobierno nacional, y hasta una suerte de relación más trascendente con una naturaleza historizada) a la par que va retrocediendo en el tiempo para proponer explicaciones a los sucesos del presente a partir del análisis de procesos de larga duración. Capítulo tras capítulo, queda la sensación de estar hablando de la misma realidad, pero cada vez desde un enfoque distinto, con una aproximación que combina los recursos de la memoria y de la investigación histórica.

Las características enunciadas otorgan un valor académico inusual a esta investigación. No se trata solo de la aproximación a nuevos conocimientos. El movimiento que el autor propone nos coloca no solo en el lugar del académico, sino que nos invita una y otra vez a compartir la mirada del testigo. Y, adicionalmente, los constantes “cambios de zoom” nos obligan a pasar de una a otra mirada, para luego volver a la anterior. En otras palabras, un ejercicio de permanente descentramiento que no te deja indiferente ante el análisis que el autor desarrolla. No se trata, por tanto, de un mero ejercicio intelectual; la lectura de este libro puede ser comparada con una experiencia estética.

Tal vez este conjunto de características es la que hayan motivado que la Latin American Studies Asociation (LASA), en su edición 2018, haya reconocido esta publicación como la mejor publicación de ciencias sociales y humanidades de América Latina.

Al final del libro, Ponciano del Pino realiza una declaración personal en la que liga el interés académico del estudioso de la memoria histórica con la aún pendiente de la sociedad peruana con los familiares de los desaparecidos durante la época de la violencia. En ambos casos hay un dinamismo común: la búsqueda, sea de las interpretaciones de testimonios y de silencios, sea de cuerpos cuyas historias fueron violentamente silenciadas. El autor lo expresa así:

 

Mi interés al trabajar las memorias y la historia de la violencia parte por atender estas vidas humanas, vidas que vienen y van, sencillas y complejas, de luchas y búsquedas, de padeceres y esfuerzos por reconstituirse. Esa dimensión subjetiva y política de la vida tiene una impronta histórica que la enmarca. Así como quedan memorias sueltas, silenciadas, que buscan ser incorporadas a la historia, como la de Severino Morales Ccente, quedan cuerpos sueltos que requieren ser velados y reintegrados junto con los suyos en un panteón comunal, como espera Teodulfo Calderón. Estas memorias, estos cuerpos nos deja la guerra y lo que sigue significando este episodio para la sociedad: una experiencia suspendida, sin ser integrada del todo en nuestra historia e identidad. Theodor Adorno advertía que superar el pasado no es marcar una línea que sancione hasta cuándo se debe pensar en el pasado y cuando olvidar. Por el contrario, implica el reto de reelaborar y asumir seriamente lo pasado, a romper su hechizo mediante la clara conciencia. Ese sigue siendo el desafío que tenemos como sociedad que llama a redoblar esfuerzos y compromisos que deben ser renovados siempre. Si no se asume ese pasado, este volverá de tiempo en tiempo para imponer su ritmo y trastocar nuestro presente. No pueden quedar regados esos cuerpos.

 

 

Twitter: @RivasJairo