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Una publicación de la asociación SER

España y su gobierno progresista

Foto: rtve.es

Jairo Rivas Belloso

El pasado 8 de enero, Pedro Sánchez, líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) asumió el cargo de Presidente de Gobierno. Un día antes había recibido la investidura en el Congreso (el sistema político español es parlamentario). La novedad es que Sánchez se presentó a esta elección liderando la propuesta de un gobierno de coalición -en este caso entre el PSOE y Unidas Podemos-, el primero desde el retorno de la democracia.

A lo largo de cuatro décadas, el sistema español se caracterizó por un bipartidismo bastante estable. El PSOE y el Partido Popular se alternaron en el gobierno. Esta situación empezó a cambiar en 2011, luego de la insurgencia del denominado Movimiento 15-M, que rompió dicha hegemonía.

Desde entonces, ninguno de los procesos electorales españoles concluyó con una clara mayoría, pues las preferencias se distribuyeron entre cuatro opciones políticas (Podemos y Ciudadanos se sumaron al elenco político estable, y más recientemente Vox). La consecuencia más visible fue la dificultad para lograr la votación necesaria para formar gobierno. La virulencia y agresividad mostrada en las campañas electorales ayudaron poco a la posibilidad de generar acuerdos entre los partidos en competencia.

Todo esto cambió en los últimos meses. Una lectura inteligente de los resultados electorales mostraba la necesidad de alguna forma de colaboración. Pablo Iglesias, candidato de Unidas Podemos, fue el único que durante la campaña insistió en la necesidad de dicho pacto. Sánchez solo aceptó esta alternativa luego de conocer los resultados de las elecciones de noviembre de 2019. Pese a haberse opuesto a esta vía luego de las elecciones de abril, antes de  fin de año ambos líderes lograron un acuerdo para impulsar un gobierno progresista. Cabe destacar el sentido de la oportunidad y el buen juego político planteado por Iglesias para lograr una alianza que le había resultado esquiva apenas unos meses antes.

Con la elección de Sánchez concluye no solo un período de dieciocho meses de tránsito incierto, luego de la renuncia de Mariano Rajoy (PP) en junio de 2018, sino que se rompe la tradición de gobiernos monopartidistas. Siendo poco probable que en el futuro algún partido obtenga los escaños necesarios para formar gobierno sin depender de los votos de otros, el aprendizaje de los pactos o acuerdos políticos es la vía por la que deberán transitar los partidos españoles.

Sin embargo, no parece ser este el talante de los grupos políticos. La derecha, durante el debate de investidura, expresó en forma muy confrontacional su oposición a la posibilidad de este gobierno de coalición. Acusaron a Sánchez de pactar con el populismo (Unidas Podemos), de ceder ante el nacionalismo catalán que -según sus augurios- terminará partiendo España, e incluso de pactar con el terrorismo de ETA (pese a que este grupo se disolvió en 2018). La irrupción del ultraconservador Vox polarizó la oposición hacia el extremo, lo que terminó desdibujando las diferencias entre los tres grupos de derecha opositores al gobierno.

El nuevo gobierno progresista tiene el desafío de gobernar en medio de un escenario político polarizado y en constante crispación. Es de esperar que cada paso de su agenda (economía al servicio de los ciudadanos, defensa de lo público, reivindicación de derechos de minorías y poblaciones vulnerables, diálogo político con los grupos independentistas, promoción de la memoria histórica, entre otros aspectos) sea duramente combatido por los defensores del statu quo, quienes no han terminado de entender las profundas transformaciones políticas que ha sufrido España en los últimos tiempos.

Twitter: @RivasJairo