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Una publicación de la asociación SER

Extremismo político y construcción partidaria

Tras la derrota del candidato republicano Mitt Romney (de la cual, por los detallados diagnósticos que propios y extraños hacen hoy, pareciera que estaban muy seguros de ella desde hace mucho tiempo pese a que, como todos sabemos, el desenlace de las elecciones en EEUU estaba abierto a múltiples escenarios) todas las culpas están apuntando al tea party, el grupo de extrema derecha que en los últimos años ha ido conquistando las bases del Partido Republicano (GOP).  Entendiendo las preocupaciones que la supervivencia de tal sector desatan en buena parte de la opinión pública y las ganas que existen de desaparecerlo, tiendo a ser escéptico ante tal sentido común.

Mi escepticismo se basa al descubrir tanto el valor del tea party no solo para la campaña republicana sino también para ese partido y, más aún, para la derecha americana como las implicancias que tal aseveración tiene para el estudio de los partidos políticos. Respecto a la política americana ¿de donde salieron los activistas, tan importantes para una campaña, partido y movimiento social exitoso? ¿qué hubiera pasado con un candidato tan soso como Romney si no hubiera tenido el apoyo militante del tea party? Si bien creo que después de las primarias los estrategas del candidato republicano debieron apostar a un corrimiento al centro enfatizando de forma inteligente (es decir, sin estridencias que alejen a la clase media) los errores y supuestos peligros de un segundo periodo de Obama dado que ello de por si hubiera forzado a la movilización de las dinámicas bases de extrema derecha, me parece errado sugerir que el extremismo político no permite el fortalecimiento partidario y que, a partir de ello, el GOP tendría que apostar por el centrismo. Y más errado aún me parece tratar de importar esa estrategia a otros contextos.

La apuesta por el centrismo como una estrategia exitosa de construcción partidaria tiene sus orígenes en los partidos llamados “atrapa todo”. Estos, inicialmente muy dogmáticos, concluyeron que para poder imponer sus ideas tenían que ganar elecciones y que eso solo lo conseguirían llegando a sectores más allá de sus bases (muy ideologizadas y leales) a través de la moderación. Finalmente consiguieron ganar y establecer algunos de sus principios. Pero, sobre todo, lograron establecerse como actores fundamentales en sus sistemas partidarios, convirtiéndose en ejemplos recurrentes de acción política. Sin embargo, una observación más detallada y de largo plazo lleva a ver los límites de este modelo. El centrismo, en su afán de satisfacer a todos, provoco que se dejara de crear y recrear ideas por la cuales luchar permanentemente lo cual hizo que los fuertes vínculos programáticos que estos partidos construyeron en sus inicios con su militancia se debiliten. Así, su existencia y relevancia ha venido residiendo cada vez más en vínculos clientelares o carismáticos establecidos con sus bases (cada vez más reducidas) y líderes intermedios. Sin embargo, en contextos en los que no existen los recursos suficientes ni las organizaciones con la experiencia o el alcance para hacer clientelismo (como el peruano, por ejemplo) y ante la debilidad manifiesta de los vínculos carismáticos para la construcción partidaria –la polítóloga Melissa Navarro  señala (1) que hay casos como el fujimorismo que demostrarían lo contrario pero la herencia carismática probablemente es la excepción que la regla-, ¿cuan recomendable es persistir en el centrismo?

Por lo demás, por su propia razón de ser el centrismo ha llevado a que se preste mucha atención al desempeño electoral antes que a factores organizacionales que en última instancia son los que terminan sustentándolo. La relevancia que han ido cobrando los medios de comunicación masiva en las campañas electorales ha hecho que se minimice el aporte de las organizaciones políticas –entendidas principalmente como militancia de base en estado de disponibilidad permanente- para ganar elecciones. Sin embargo, se ha terminado olvidando que la razón de ser de todo partido está en la militancia de base. Antes de la adopción del modelo “atrapa todo”, fueron las bases sumamente activas las que originaron el nacimiento y crecimiento electoral inicial de los partidos. Y hoy en día su importancia se asienta en contextos en los cuales el voto es voluntario (como el americano) o en los que hay altos niveles de fragmentación y volatilidad electoral (como el peruano). Es decir, en los que la existencia de una organización sigue siendo una ventaja frente a los demás. Especialmente en el caso peruano, hay trabajos sobre los grupos que actualmente son los más organizados del país (el APRA (2) y el fujimorismo(3)) que muestran como la militancia leal les ha brindado competitividad a través de maquinaria electoral en provincias disponible para las elecciones generales en el caso aprista y del voto duro que permitió pasar a segunda vuelta o tener una bancada influyente en el caso fujimorista. Es así que en tales contextos suena contradictorio recomendar fortalecimiento a través de una estrategia centrista cuando esta debilita los vínculos programáticos que permiten que las bases estén movilizadas y puedan contribuir a la competitividad electoral.

Ciertamente, sustentar un partido en bases extremistas tiene sus riesgos. Ejemplos claros de ello son el dilema que la excesiva ideologización plantea a muchos candidatos a la hora de pretender salir de sus bases para buscar votos en otros sectores que tienden a ver con desagrado el radicalismo político y que, a su vez, son la clave para llegar al poder o conseguir mejores resultados electorales así como los riesgos que una polarización ideológica tiene para la democracia (principalmente en democracias jóvenes y frágiles como la peruana). Sin embargo, respecto a lo primero es menester mencionar que ello no es tan problemático como usualmente se hace parecer. De hecho, han habido muchos partidos sustentados en bases ideologizadas que han podido competir electoralmente con éxito. Por ejemplo, el APRA en 1985 pudo correrse al centro para atraer a las clases medias sin ser abandonado por sus militantes más recalcitrantes porque supo jugar tanto con las expectativas del electorado así como con las de sus bases a través de discursos ligeramente diferenciados pero claves para sostener ambos apoyos. Es lo que se ha tendido a llamar la “escopeta de dos cañones” aprista. El caso aprista es interesante porque es un partido que ha logrado mantenerse en el tiempo trabajando mucho con los discursos hacia su militancia. Se preocupa por mantenerla recreando constantemente su identidad y, a partir de ello, manteniéndola activa. Algo de esto ha hecho el fujimorismo en los últimos diez años aunque en la última campaña electoral tuvo el dilema mencionado líneas arriba, ¿Cómo ser liberal demócrata cuando las bases rechazan ello? Sin embargo, de forma parecida a la fallida campaña republicana, creo que se desconfió demasiado de la lealtad de las bases cuando era probable que, pese a algunos cambios, su apoyo se mantendría frente a lo que representaba la otra opción (4).    

Es así que el riesgo potencial que plantea el radicalismo político como estrategia de construcción partidaria es el debilitamiento de la democracia. Sin embargo, esto también puede ser superable con instituciones políticas más fuertes que pongan barreras al desborde emocional en la política y con líderes que tomen conciencia de cada una de sus acciones y puedan maniobrar exitosamente con todos los sectores que los apoyan. Es difícil pero no imposible. Muchos lo han hecho (y lo siguen haciendo) de manera exitosa.  

Retomando las ideas esbozadas en este texto, el desdén por las bases y por la ideología no es un buen consejero al momento de querer construir partidos en contextos de alta volatilidad. Ambos elementos brindan ventaja competitiva y razón de ser cuando la acción colectiva es difícil y no hay incentivos institucionales ni tradición de clientelas políticas como para reconstruir vínculos políticos fuertes. Si Mitt Romney y Keiko Fujimori (salvando las distancias) perdieron, ello sucedió por sus errores de campaña (específicamente por no saber maniobrar con sus bases y con el electorado centrista) y no necesariamente por la existencia de sus respectivos “tea parties”. Al contrario, gracias a ellos llegaron a donde llegaron pese a sus inmensos pasivos. El deshacerse de sus bases radicales (tal como lo desean muchos) los dejaría sin base. Y si no tienen base ¿quién les va a hacer campaña a los republicanos en un contexto post crisis? ¿cómo va a pasar Keiko a la segunda vuelta? ¿cuánto tiempo más durará el fujimorismo? En ese sentido, arriesgándome a que la historia me de la contra, pienso que lo que probablemente tendrían que hacer tanto republicanos y fujimoristas no es deshacerse de su base militante y virar completamente al centro sino hacer más política. Y es que en la política esta la clave para lidiar con el extremismo político y los otros retos que impone el contexto.    

Notas:

* Bachiller en Ciencias Sociales con mención en Ciencia Política y Gobierno de la PUCP.
1)  Navarro, Melissa. Tras el líder: Oportunidades de un partido personalista para lograr la continuidad luego del alejamiento del líder fundacional: el caso del fujimorismo. En Politai Revista de Ciencia Política Año 2, N° 3. Lima: Asociación Civil Politai, 2011.
2)  Cyr, Jeniffer. ¿Por qué el APRA no muere? En Carlos Meléndez (ed.) Post-Candidatos: Guía analítica de sobrevivencia hasta las próximas elecciones. Lima: Mitin, 2011
3) Urrutia, Adriana. Que la Fuerza (2011) esté con Keiko: el nuevo baile del fujimorismo. El fujimorismo, su organización y sus estrategias de campaña. En Carlos Meléndez (ed.) Post-Candidatos: Guía analítica de sobrevivencia hasta las próximas elecciones. Lima: Mitin, 2011
4)  En la segunda vuelta del 2011 vimos como el ex presidente Alejandro Toledo y el escritor Mario Vargas Llosa (enemigos jurados de los fujimoristas) endosaron su apoyo a Ollanta Humala. Entonces, era claro por quien los fujimoristas no iban a hacer campaña ni a votar.